La conocí hace prácticamente 20 años. Lejana y enigmática, esta urbe criolla era, además de esto, una belleza de la que resultó imposible no enamorarme. En el extremo sudoccidental de la isla filipina de Mindanao, Zamboanga es un crisol de cosmopolita historia colonial. Acá se respiran los aromas del archipiélago malayo que describió Alfred Russel Wallace, se juntan por geografía los diferentes pueblos del insular sureste asiático y han convivido cristianos y musulmanes.
Zamboanga es exótica por sus 4 costados. Tiene historia.

Practicar esnórquel en las próximas Once Islas es otra forma de mirar de forma directa a su corazón

Los españoles aportaron la Fortaleza del Pilar, del siglo XVII, el día de hoy transformada en museo de historia, y como en toda Filipinas dejaron el catolicismo, parte inherente de la identidad de todo el país. La Virgen del Pilar es la patrona de Zamboanga y su capilla al aire libre, con una pequeña copia de la Virgen zaragocí, es una de los primordiales atractivos de la urbe.

Solo unas pocas familias preservan el de España como lengua de caminar por casa. En la calle, se habla una mezcla del castellano y de lenguas locales formado durante los siglos de presencia de España. Es el soez, idioma oficial de la zona y del que los zamboangueños se sienten muy orgullosos. En verdad, todo el que visita la urbe puede pasarse por el Municipio a pedir un diccionario de la lengua local.
Como un noviazgo primerizo, recuerdo esos paseos por el pasado colonial, el aroma de sentimiento nacional y los detalles de presencia americana, todo ello sentado en la terraza del hotel Lantaka (el día de hoy, cerrado), mientras que me dejaba balancear por la brisa del mar de los piratas.

José Rizal, el héroe nacional filipino, reverenciado con una plaza y un monumento, es parte del centro histórico. De la presencia de E.U. queda la construcción del Municipio, ejemplo de arquitectura colonial construido en 1905 como vivienda del gobernante militar. La plaza de John J. Pershing, que recuerda al general estadounidense que luchó contra la resistencia filipina, es el día de hoy epicentro comercial y de ocio.
Zamboanga, como novia, no tiene costo. Mas escalar hasta su balcón acarrea peligros, como prueban siglos de piratería en los mares de Joló y Célebes, o bien en las últimas décadas el terrorismo yihadista de Abu Sayyaf y la de otros conjuntos delincuentes que se dedican al secuestro en aguas próximas. Con la ayuda militar de las vecinas Indonesia y Malasia, Filipinas trata de adecentar sus preciosos mares de esta lacra y dejar espacio al turismo y al comercio.

La belleza de este amor no tiene fin. Es tan largo como la voluptuosa playa rosada que pintan los corales en la próxima isla Gran Santa Cruz, tan agradable como el frondoso Parque Pasonanca o bien las cataratas Merloquet, y tan imborrable como las aguas cristalinas de las Once Islas, nuevo destino ecoturista donde practicar esnórquel, que es otra forma de mirar de forma directa a su corazón.

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