De igual modo que Dostoievski instaba a no olvidarse de que las causas de las acciones humanas acostumbran a ser inconmensurablemente más complejas y variadas que las explicaciones siguientes sobre ellas, el director de cine Kantemir Balagov invita en su segundo largo –basado en una novela de la Premio Nobel Svetlana Alexiévich– a no olvidar el empuje avasallador de la guerra. Ni el eco que se mueve arbitrario en el vacío de los cuerpos que una vez la vivieron. «No tengo nada en mí, Masha. Soy inservible», le confiesa tartamudeando Iya a su compañera del frente advirtiéndola de manera indirecta de su imposibilidad para tener hijos. En «Una gran mujer», la vida no vale nada y la muerte apenas sirve para algo. No extraña teniendo presente que charlamos de 1945, de Leningrado y del final de la Segunda Guerra Mundial.Balagov acerca con atinado realismo y también intencionada visión pictórica el ojo de la cámara a un ambiente devastado por las ruinas, a las edificaciones arrasados por la metralla y al hacinamiento blog post enfrentamiento en pisos rebosantes de papel pintado, temblorosos suelos de madera y lloros de criaturas que han tenido la desgracia de nacer en tiempos de apetito. No obstante, no es esta una narración tradicional masculina de los horrores del enfrentamiento. Muy contrario al análisis de las peripecias de la soldadesca que mostraba Jean Jacques Annaud en «Enemigo a las puertas», el ruso premiado con el Premio a Mejor Directivo de Cannes opta por un prisma considerablemente más plástico, estético y al tiempo profundo dando el peso interpretativo de la historia a 2 mujeres, Iya y Masha, cuya readaptación a la vida tras haber estado en las trincheras resulta igualmente irregular que los filos de la rosa de papel que le obsequia un veterano señor del bloque de pisos donde mal viven las protagonistas a Iya. 2 mujeres, 2 fuerzas, 2 impulsos maternales, 2 anhelos, 2 chillidos ahogados librando extenuantes batallas; la particular de cada una de ellas consigo mismas y la extensible al resto de la población contra la escasez, el frío y los traumas.«Desde que leí el libro “La guerra no tiene semblante de mujer” de Svetlana, tuve claro que deseaba edificar un reflejo de la circunstancia histórica desde la perspectiva femenina. Me resulta interesante de manera profunda la experiencia de las mujeres en la guerra y me sorprende además de esto que sea un territorio tan poco recorrido por el cine», comenta con incredulidad del otro lado del teléfono Balagov. Como ya hiciese con su primer trabajo como directivo, «Demasiado cerca», el realizador, de solo 28 años, hurga en la desintegración de una sociedad anquilosada que se resiste a subsistir al presente pues le cuesta en demasía despegarse de su pasado. De la historia de ese pasado toma la figura del autor, mas asimismo de la del ciudadano: «Si algo me ha enseñado la historia de mi país, como te comentaba ya antes, es que hay pocas películas en la filma Rusa que hayan mostrado interés por el papel que desempeñó la mujer en la batalla. Y asimismo escribieron la Historia. Y tanto que lo hicieron. Era mi deber personal huir de la mirada patriótica y aproximarme a una reflexión antibelicista», agrega.Advertir los paralelismos de la cinta con elementos de la literatura rusa existencialista y romántica de los siglos XIX y XX y la consecuente disección del ánima humana a la que escritores como Tolstói, Nikolai Gogol, Pushkin o bien Dostoievski se acogieron con furor prácticamente religioso semeja un ejercicio ineludible en un caso así, pese a que el director de cine opte por facilitar y reducir tenuemente el mensaje: «Aplicar el término de inescrutable en esta película respecto al tratamiento de las emociones y los comportamientos humanos podría ser atinado, mas desde entonces no ha sido mi pretensión. Mi propósito era efectuar una aportación universal por medio de la cotidianeidad de las personas. De la sencillez que en muchas ocasiones porta el dolor». Y en ese punto específico Balagov reluce. Por el hecho de que se sujeta con la belleza de un Tarkovski a los ángulos más bastante difíciles de grabar. Los de quienes temen «no ser dignos de sus sufrimientos».

Fuente: larazon.es

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