«Todas las revoluciones de la izquierda están hoy al servicio del capitalismo»

Publicado el Por Sara Vargas


Dice Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970) que la única forma de no marearse en un tiempo tan aturdidor como el que vivimos es levantar el vuelo y observar las cosas con vista de águila. Fijarse no en la polvareda de la actualidad (tan distinta del presente), sino en las causas últimas de lo que sucede. Esto es: tratar de definir las grandes corrientes que nos arrastran a un lugar u otro, tratar de desvelar las ideas maestras de nuestra época. Con ese ánimo, asegura, ha alumbrado todos los artículos que ha recopilado en ‘Enmienda a la totalidad’ (Homo Legens), un libro en el que saca a relucir su mirada antimoderna y tradicional, de la que siempre hace bandera.

—¿Se considera un columnista raro?

—En mi juventud tuve mucha relación con Francisco Umbral, y me reprochaba que en mis artículos tratase de defender una idea: él decía que un artículo no tenía que tener ideas. Esto ha hecho mucha escuela, y es verdad que en el columnismo actual se evita el juicio sobre lo que está sucediendo, no se explican sus primeras causas. Yo, en cambio, creo que la única manera de que el lector pueda entender lo que está pasando no es tanto glosando los mil y un episodios que cada día suceden sino tratando de explicar cuál es su origen.

—’Enmienda a la totalidad’ es un libro contra el sistema, o eso parece.

—Bueno, hablo de una serie de cuestiones que creo que son en estos momentos fundamentales. Hay una crítica al concepto de libertad tal y como la entiende el liberalismo, y a la democracia como fundamento de Gobierno frente a la democracia como forma de Gobierno. Me preocupo, también, por los procesos de ingeniería social que estamos sufriendo, de abolición del hombre, que diría C. S. Lewis. E intento demostrar cómo el capitalismo y los derechos de bragueta son el haz y el envés de una misma realidad: que el aborto, las políticas de género y todas estas cuestiones son productos muy íntimamente ligados al capitalismo global. Es una lectura política antimoderna, tradicional.

—Pasolini afirmaba en sus artículos que en la Italia de los años sesenta y los setenta todos se habían vuelto fascistas porque todos habían sucumbido al hedonismo de la sociedad de consumo. No parece muy lejano a lo que usted describe.

—Pasolini es un creador con el que me identifico mucho. Él percibe en un momento muy temprano la metamorfosis de la izquierda: se da cuenta de que la izquierda está al servicio del capitalismo, de que la nueva revolución capitalista va a utilizar a la izquierda como tonto útil. Y esto es una evidencia hoy: todas las revoluciones sociales que la izquierda promueve están al servicio del capitalismo.

—También sostiene que ya nadie cuestiona el capitalismo desde el poder.

—Es que los conservadores todavía están encarcelados en unos esquemas mentales propios de la Guerra Fría: piensan que la crítica al capitalismo es comunismo. Y la izquierda, utilizando una retórica anticapitalista, es el principal elemento para esa revolución antropológica y social que el capitalismo necesita para expandirse y para consolidarse. Realmente, en estos momentos no hay quien lo discuta. Y el capitalismo, entre otras cosas, está destruyendo la riqueza nacional, está destruyendo la pequeña empresa y está concentrando la propiedad y el dinero en muy pocas manos. Es llamativo que ni la izquierda, defendiendo a los trabajadores, ni la derecha, defendiendo la iniciativa empresarial o el tejido productivo, se den cuenta de esto.

—En ese sentido, ¿se siente solo en su lucha?

—Me siento un poco desasistido [ríe]. O incomprendido. Solo no, porque uno siempre sabe que cuenta con la ayuda divina. Aparte también creo que hay muchos solitarios como yo. Al final, cuando uno decide irse al desierto descubre que hay muchas otras personas en el desierto… Pero sí es un poco frustrante: para mucha gente de izquierdas soy un conservador y para mucha gente conservadora soy una especie de peligroso anticapitalista. Es una tierra de nadie que es un poco incómoda, pero lo mejor para el escritor es escribir desde la incomodidad.

—¿Por qué?

—Escribir desde la comodidad es lo peor para un escritor, porque lo domestica, lo aburguesa, lo amuerma y lo empocilga. El escritor tiene que escribir siempre desde un no-lugar. En este sentido, también creo que la soledad es buena, porque te ayuda a valorar más tu libertad para poder escribir.

—¿Por eso huye de las redes sociales?

—En realidad, la razón fundamental es porque las horas de la vida son limitadas, y uno tiene que hacer elecciones: es tan sencillo como eso. Por otra parte.. Las redes sociales son uno de los principales enemigos del ser humano. Yo entiendo que el ser humano es un animal político, que necesita vivir en comunidad, y eso exige unos vínculos verdaderos, que son los que destruyen las redes sociales.

—¿Sigue pensando en la prensa como el lugar donde ha de producirse el debate público?

—Es el lugar óptimo. El periódico es la gran tribuna desde la que se puede alzar la voz para transformar a las personas, para conseguir que la gente abra los ojos. Pero la prensa libre está en una situación muy difícil, muy angustiosa, una situación como nunca había estado. La tiranía que ejercen las grandes corporaciones digitales sobre la prensa es algo monstruoso. Claro que mucho más monstruoso es que los gobiernos lo hayan permitido. Es algo repugnante. Al final, un empresario periodístico tiene que someterse al dictado de toda esta chusma de los Zuckerberg y compañía.

—Juan Manuel, ¿le queda algo de esperanza?

—Nuestra época es optimista y desesperada, yo soy un pesimista esperanzado. Cada vez tengo más la impresión de que hemos entrado en barrena, en una situación irreversible. Cuando escucho todas las cosas que están pasando con la plaga del coronavirus y esta necesidad de demonizar a la gente que no se ha vacunado… Esas cosas me parecen sorprendentes. Nos estamos asomando al abismo de una manera increíble. Y creo que hay una serie de instancias de un poder monstruoso que tienen la capacidad para manipularnos, para instilarnos pánico, para convertirnos en un gurruño de carne temblorosa. Eso me inquieta.

—¿Pero dónde está la esperanza?

—Tengo esperanzas de que esto no termine así: eso sí. Me gustaría que hubiese una gran transformación, una gran metanoia. Que esta generación que está rendida ante una nueva forma de tiranía infinitamente más aplastante que ninguna otra de ninguna otra época pues abriera los ojos.

—¿Cree que vivimos en la peor tiranía de la historia?

—Sí, sin duda, porque los mecanismos que el poder tiene para igualar las mentes y para someterlas son más sofisticados y más perfectos que en ninguna otra época de la historia. Y es una tiranía gustosa: sus sometidos son sometidos voluntariamente.

—¿No nota un cierto hartazgo del sistema en las nuevas generaciones?

—Hay muchos jóvenes que efectivamente han abominado o abominan de lo que sucede. Pero también es verdad que hay muchos que se dejan atrapar por el resentimiento, por las pasiones innobles. Y esto es peligroso, porque son muy utilizables ideológicamente.

—¿A qué se refiere?

—Basta azuzar esas pasiones innobles para que consigas que algo que podía ser luminoso, que podía ser transformador, sea inutilizado. Yo creo que lo que sucedió en el 15-M fue esa operación. Podemos se sirvió de la insatisfacción, de la repulsión que a muchos jóvenes les producía esta sociedad enferma en la que vivimos, y la utilizó para reconducir eso al sistema. No tenemos más que recordar las proclamas de Podemos hace diez años. ¿Y hoy Podemos qué hace? Decirle a la gente que no coma carne, proclamar un ecocapitalismo falso que lo único que busca es que la gente se conforme con su pobreza. Lo que le están diciendo a la gente es: tú no vas a poder comer carne, tú no vas a poder tener coche, tú no vas a poder comprar una casa… Y hay un personaje que me parece fascinante, que es el de Yolanda Díaz. Esta señora, que evidentemente está al servicio del capitalismo de forma desaforada, se presenta ante unos adeptos como la gran esperanza para combatir esa argamasa de poder a cuyo servicio ella está.

—Por cierto: en sus textos se preocupa mucho por la juventud.

—En contra de lo que mucha gente se piensa –que soy un tipo desfasado y que escribo para cuatro viejas–, la mayor parte de mis seguidores son gente joven. Y yo escribo sobre todo para los jóvenes, lo que pasa es que me los tomo en serio… Hay una generación que está siendo triturada de una manera inmisericorde. Se les quita la posibilidad de fundar una familia, se les quita la posibilidad de tener una propiedad: se les está privando de los elementos constitutivos de una vida digna de tal nombre. Y esa generación tendría que darse cuenta de que hay que buscar otra vía.

—¿Como cuál?

—A mí me gustaría que la gente que se revuelve ante las injusticias del tiempo que les ha tocado vivir le diera una oportunidad al pensamiento tradicional. Que se bajara del carro de las ideologías podridas. Honestamente: creo que es la única alternativa, la única posibilidad de una auténtica batalla cultural. Ahora que tantos líderes y lideresas de la derecha hablan tanto de la batalla cultural… Es falso. Ellos no pueden llevar a cabo esa batalla cultural, como no la puede llevar a cabo la izquierda, porque forman parte de la misma amalgama. Yo, desde una enmienda a la totalidad, ofrezco esta alternativa.

—¿Y confía en el cambio? ¿Lo ve posible?

—Las grandes transformaciones humanas se han hecho desde abajo. Y la más grande de todas se hizo con doce pescadores.


Fuente: ABC.es .

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