Uno de los pocos datos que se repiten en las recensiones biográficas de Terrence Malick es que no terminó su tesis sobre la filosofía de Heidegger. Es simple comprender su filmografía, puesto que, como una versión panteísta de esa tesis, en la que la relevancia del ser-en-el-planeta se cruza con el devenir histórico, con frecuencia entendido como obstáculo. De este modo ocurría en «La delgada línea roja», «El nuevo mundo» o bien «El árbol de la vida», sin ir más allá. Mas Malick no había sido jamás tan explícito en las raíces heideggerianas de su trabajo como en «A Hidden Life», que competía el día de ayer en Cannes. Se sabe que el pensador alemán fue simpatizante de las ideas nacionalsocialistas, hasta el punto de que fue depuesto de su puesto como rector de la universidad de Friburgo al entrar en Alemania las tropas aliadas. En su nueva película, Malick usa el caso real de Franz Jäggerstätter, un campesino austriaco que se negó a alistarse en el ejército nacionalsocialista, como contradiscurso a las ideas del autor de «El ser y el tiempo». Más alcanzable que en sus últimas meditaciones sobre las derivas de la fe del hombre moderno («Knight of Cups» y «Song to Song» prosiguen incomprensiblemente nuevas en España), «A Hidden Life» se plantea como la fusión, preciosa mas deudora, del Malick versista y el Malick narrador. En torno al Absoluto La historia de Franz es tan fácil como la de Jesucristo, si bien su invisible resurrección se va a dar en las montañas, en forma de Absoluto. Todo es Absoluto en Malick: el Amor que nutre a Franz en su horrible problema moral; el Mal que coloniza a los habitantes de su pueblo, hambrientos de menosprecio cuando se enteran de la traición de Franz a la patria; el Bien, que predomina en el hombre que duda, que no sabe si sus rectos principios obedecen a su orgullo o bien a la defensa de la verdad. Las mayúsculas se corresponden con la escenificación, cuyo indudable vuelo lírico –cámara en mano y en gran angular– agranda lo que otro cineasta habría contado en medio de tiempo. Imposible criticar su sentido del montaje, de una fluidez mercurial, y su habilidad para trabajar las voces en off, acá en un audaz formato epistolar en su tramo final, mas al que esto subscribe le da la sensación de que Malick prosigue empeñado en hacer autos sacramentales con historias que solicitarían un enfoque más profano. Como le ocurre a Franz, se ve más como mártir que como humano. Es todo lo opuesto de lo que le ocurre a la pintora y su modelo en la genial «Portrait de la jeune fille en feu», de la francesa Céline Sciamma. La imagen de un semblante, su representación pictórica, adquiere forma al unísono que la atracción entre la artista y la mujer a la que retrata, que está a puntito de casarse con un ignoto (estamos a fines del siglo XVIII, en una isla de la Bretaña francesa), comienza a enfocarse, se traduce en un lenguaje de ademanes que las dos reconocen como propio, en una de las más preciosas historias amorosas del cine reciente. La película es pura fibra sensible, semeja demasiado frágil para ser cierta, y le reluce la piel toda vez que Adèle Haenel y Noémie Merlant, geniales, se miran a los ojos. Almodóvar ya no está solo en la carrera cara la Palma de Oro. Eso sí no vuelve a persuadir Malick como ya hiciese con «El árbol de la vida» en 2011.

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