Cuentan que uno de los escritores más señalados de la Generación del 27 tenía la costumbre de redactar desde un sitio donde los temores se vierten, los sueños se solapan y las inspiraciones comienzan a nacer. Escribía en cama, y el «culpable» de tan insólito hábito su cabeza. Y es que la vida de Vicente Aleixandre estuvo condicionada por el sufrimiento de una enfermedad que entonces se caracterizaba por el «miedo al miedo», por un miedo obsesivo a los espacios abiertos y por la imposibilidad de moverse sin ser frenado por un acceso de pánico o bien ansiedad. Ese trastorno que paralizaba al premio Nobel y a tantos otros escritores y artistas famosa como agorafobia asimismo lo padece George, una sevillana interpretada por Natalia de Molina, para la que es imposible salir de su casa más allí un número de pasos y que protagoniza el segundo film de Paco R. Baños; «522. Un gato, un chino y mi padre». Esta compleja enfermedad marca la historia de una cinta que nace, en palabras del propio cineasta, «de mi pasión por la cotidaniedad, por la rutina y por la relación que establece la protagonista con el espacio. La contemplación y la capacidad de dejar pasar las horas era algo que me atraía desde el comienzo. Tras “Ali”, mi primera película, deseaba dejarme llevar por algo que me tocase, por el hecho de que si hay algo que tengo claro tras hacer proyectos con bajo presupuesto es que las cintas que cuente deben removerte por la parte interior. Además de esto, me une un sentimiento realmente fuerte con Portugal y era algo que asimismo deseaba volcar aquí», señala. Fados y angustias De esta forma, George vive en compañía de su gato, de sus recuerdos, y con su fobia en un pequeño piso desvencijado de la capital hispalense hasta el momento en que en un rapto de osadía decide emprender un viaje en compañía de un vecino chino hasta el territorio luso para diseminar las cenizas de su compañero felino guardadas en un bote de ColaCao tras el fallecimiento trágico de este en el Puente de Triana. Desde ese instante, el mal de la joven y su deficiente interacción social comenzarán a padecer una serie de cambios que favorecerán un reedescubrimiento de la persona que es y un impulso terminante para transformarse en la que desea ser. «George es alguien que de primeras no procura gustar y enseguida me sentí muy identificada con ese rasgo de su personalidad. Al comienzo no comprendes realmente bien qué le pasa mas poquito a poco logras adentrarte en su cabeza y en sus traumas y comienzas a entender por qué razón es como es. Al final las personas somos un tanto de esta manera, contradictorias. Y creo que resulta esencial conocer a la gente para saber de dónde vienen», comenta la actriz doblemente premiada con un Goya sobre su personaje. La tristeza enterrada de los fados ambienta esta «road movie» indie que transita entre el pasado y el presente de una mujer que aprovecha la añoranza de la muerte de su mascota para regresar a los orígenes de su pasado, recobrar la figura de su padre y superar sus miedos más vivos en los escenarios de la costa del Algarve portugués y la bondad de su compañero de travesía como primordiales motores. Para encarnar a esta chavala con agorafobia, afirma Natalia de Molina, «a nivel interpretativo me asistió mucho el directivo, fue tal y como si la propiciara; al utilizar primerísimos planos sentía la cámara encima todo el rato. Era un tanto agobiante trabajar de esta manera, apreciaba rastros de agobio y ansiedad y era algo que me producía cierta inseguridad. Realmente, fue idóneo para George y para esta historia».

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