¿Qué es la realidad? ¿En qué consiste? ¿Por qué un lugar en el mundo puede parecernos irreal? ¿Por qué de pronto sentimos que nada es cierto, aunque responda a una instancia material? ¿Por qué podemos incluso estar dispuestos a creer que hemos ingresado en un misterioso túnel del tiempo y desembocado en una época futura que, por no tratarse de la nuestra, nos parece mentira?

Singapur parece una maqueta. Cada vez que se queda pequeña, le gana espacio al mar. En Singapur se puede tener la sensación de estar a punto de descifrar los códigos informáticos que subyacen a las imágenes y a quienes se mueven por ellas. Una especie de Mátrix. En Singapur hasta el caos parece organizado.

Es como si todo brillara por su ausencia. Un mundo feliz. Cerrado en sí mismo. La isla de las islas. No en vano es el tercer país con mayor renta per cápita del mundo, tras Qatar y Luxemburgo.

A mi llegada al aeropuerto me esperaba el servicio de taxi que había contratado previamente. La conductora se encargó de decirme, antes de llegar al hotel, que era guía turística y estaba disponible. Le pedí que me diera un par de horas para arreglar mis cosas y que pasara a buscarme. Pronto iba a oscurecer y tenía ganas de dar una vuelta por la ciudad sin andar mirando mapas. De no ser por ella, nunca habría subido hasta el puente de Henderson Waves, un lugar desde donde observar en todo su esplendor el festival de luz en que se convierte la ciudad cuando llega la noche. En el recorrido me llevó también a Little India y Chinatown. No era mi primera vez en Singapur, de modo que lo que más me interesaba era volver a situarme. Y eso hice. Por cierto, tuve una grata sorpresa con el hotel The Sultan, situado en el barrio de Kampong Glam; un edificio formado por antiguos comercios, renovados sin perder su historia.

El desfile de rascacielos es tan poderoso como apabullante, dan ganas de ser arquitecta y soñar con un encargo

Una sabe por fin que Singapur no es una maqueta cuando empieza a sufrir el escandaloso calor que la convierte durante las horas del mediodía en una especie de horno irrespirable. Si fuera obra de un programa informático, ese pequeño detalle ya habría quedado resuelto.
Sin embargo, Singapur es una ciudad para caminarla. Para atravesarla. Para perderse. Así que una opción nada desdeñable es dedicar las horas de la siesta a recibir masajes. Hay ofertas para todos los gustos, si bien es cierto que Singapur es una ciudad cara, a la altura de Barcelona, Londres o Nueva York.

Una ciudad para caminar, sobre todo en su parte moderna, mirando hacia arriba. El desfile de rascacielos es tan poderoso como apabullante. Dan ganas de hacerse arquitecta y soñar con un encargo allí. No son solo edificios altos. Son esculturas. Tienen movimiento. Invitan a mirarlos desde todos los ángulos posibles y a distintas horas, para que la luz haga asomar detalles pensados para momentos diferentes. Da la sensación de haber entrado en un parque de atracciones, sí, pero también en un museo y también en un juego de realidad virtual. Da la impresión de haber cruzado una puerta que te saca del mundo.

Sasres en el barrio indio de Singapur, con las máquinas de coser siempre a punto
(Flavia Company)

Quizás todas estas emociones provienen también de llevar más de cincuenta mil quilómetros recorridos alrededor del mundo en poco menos de un año, con una mochila de once kilos a la espalda y los ojos bien abiertos. Tal vez estas ideas son fruto de no tener un propósito ni aquí ni allá excepto el del tránsito y el del desapego.

Es donde se me ocurrió pensar también que para alguien que no tenga tiempo de darle una vuelta al mundo, Singapur puede ser una buena manera de ver la convivencia de tan distintos países en un lugar tan pequeño.
El barrio árabe, alrededor de la mezquita del sultán, donde cinco veces al día se puede oír al almuédano convocando a la oración desde el minarete, donde comer en alguno de sus muchos restaurantes y pasearse por entre las diversas ofertas comerciales que van desde los envases preciosistas para perfumes, hasta telas, alfombras, lámparas o pinturas, si vamos de día, o donde disfrutar, además, de las propuestas de bares con actuaciones en directo y calles llenas de gente a rebosar, si vamos de noche.
Sólo unas manzanas más allá ingresamos en India. Otros templos, otras fisonomías, comercio de oro y piedras, de figuras de madera y productos espirituales, distintas ofertas culinarias, hombres que atienden en su máquina de coser a cuanto cliente se les presente. Eso sí, como todos los barrios de Singapur, con porche bajo el que resguardarse del sol. De otro modo sería imposible sobrevivir. Tanta vida en esos porches, los paraguas de cemento que no es necesario transportar.

De India a China hay un buen trecho, así que lo aconsejable es tomarse un taxi, a poder ser. Y digo a poder ser porque el tema de los taxis en Singapur es particular. No siempre paran en todas partes y a veces, aunque paren, no quieren llevarte adonde tú te diriges. O tal vez sí quieren pero hay un código secreto o unas normas particulares que resultan un misterio para el visitante. Te dicen: No, allí no. Y se van. Aunque implores.

Hay algo en esta ciudad que no se acaba; quizás, precisamente, porque es una isla que crece

Chinatown es un clásico. Igual y distinto a todos los barrios chinos del mundo. (En Singapur la comunidad china corresponde al 74% de la población, seguida por un 13% de malayos, un 9% de indios y un 3% de otras etnias, incluyendo a euroasiáticos). Si se llega caminando, a la ida o a la vuelta se impone una parada en el Clarke Quay a tomar algo. Y es que esa es otra de las características particulares de esta ciudad del futuro: hay sitios en los que parece que se ha llegado a un pueblo de calles pequeñas y silencios de siesta.

Antes de terminar el asombroso recorrido por tan distintos lugares, hay que hacer una parada en el barrio de moda, Tiong Bahru, compuesto por maravillosos edificios art déco de la década de los treinta, primer complejo residencial público de la ciudad, lleno de bares alternativos, librerías suculentas y un mercado central donde curiosear y comer algo, famoso por su fachada de color anaranjado, el color que antiguamente teñía toda la zona.

El barrio árabe, alrededor de la mezquita del sultán, donde cinco veces al día se puede oír al almuédano convocando la oración

El barrio árabe, alrededor de la mezquita del sultán, donde cinco veces al día se puede oír al almuédano convocando la oración
(Flavia Company)

Tras esa breve vuelta al mundo, que puede hacerse en uno o, mejor, varios días, una se dirige a una Europa último modelo. La Bahía y los Jardines de la Bahía. Tierras ganadas al mar. Ejemplo de ciudad tecnológica y atracción turística. Por un lado, los locales con las marcas más conocidas y elitistas de toda clase de productos. Los restaurantes con chefs renombrados. Los hoteles exclusivos. Los espectáculos de luces de colores con proyecciones tridimensionales sobre pantallas de agua. El skyline desde y hacia la bahía, asombroso tanto de día como de noche. Y los jardines, esa especie de reserva mundial de las distintas especies de flores, árboles y arbustos de tantos lugares del mundo. Unos jardines y unas urnas gigantes que me recordaron a la espléndida película Silent running (aquí Naves misteriosas), un estremecedor clásico de la ciencia ficción dirigida en 1972 por Douglas Trumbull. Nadie puede aburrirse en Singapur. Esa podría ser una de sus consignas. Nadie puede tener tiempo para pensar en Singapur. Esa podría ser una de sus trampas. Es tal el despliegue de medios, tan abrumadora la oferta de estímulos, tanta la euforia de todos los que recorren sus calles que la sensación de haber ingresado en una realidad paralela no nos abandona hasta que estamos de nuevo en el aeropuerto, a punto de volar hacia otro lugar, en mi caso a Borneo, y nos preguntamos seriamente si nos gustaría vivir en un lugar así, si seríamos capaces de creer en esa constante felicidad que se le supone a la fiesta, a la riqueza material, a la convivencia aparentemente pacífica de las distintas culturas, al orden y al concierto, a la limpieza y la competitividad financiera y la sombra alargada de la perfección.

Era la tercera vez que visitaba Singapur. Sabía que, de ser posible, no sería la última. Hay algo en esta ciudad que no se acaba. Quizás, precisamente, porque es una isla que crece.
El avión despega. Como siempre, he pedido ventanilla. Miro hacia abajo y ahí está, otra vez, la idea de la maqueta. Alguien le ha dado al enter para que se aleje la silueta de la isla. Me sumerjo en mi lectura, camino de Kuching. Regreso al pasado para recuperar el presente. ¿Qué es la realidad? Que nos den longitud, latitud y tiempo. No hay más.

Taxistas del mundo

Tengo que reconocer que en este viaje los taxistas ganan la partida. Son las personas con las que más hablo, comparto información e incluso cafés o cenas. En el caso de Singapur todo empezó cuando, al entrar en el vehículo, escuché que sonaban los mantras del Dalái Lama. Pregunté. Alex Hui, cuarenta y seis años, voz suave, uña del meñique derecho extremadamente larga, me contó que era taoísta. El taoísmo es la cuarta religión más seguida en Singapur –antes están el budismo, el islam y el cristianismo–. Me dijo que antes había trabajado en las Fuerzas Aéreas, en la parte electrónica y de computación. Me habló de Guan Yin –la que percibe todos los sonidos del mundo; la de los mil ojos y los mil brazos–. Quedamos para tomar un té. Me contó que su padre, nacido en China, había emigrado a Singapur durante la Segunda Guerra Mundial. Y allí había conocido a su esposa y había tenido a sus hijos. Me dijo que le rezaba cada día a Tai Shan Lau Jun, el título honorífico de Laozi divinizado, el autor del Tao Te King. Que dedicaba su esfuerzo a la meditación y a la respiración. Que la única misión que teníamos en este mundo era cultivar lo que de bueno hubiera en nosotros. Y entonces fue cuando me habló de un maestro chino que vivía en Bangkok y cuyos poderes mentales son infinitos. Es probable que en breve vaya a Bangkok, le dije. ¿Podrías ponerme en contacto con él? Y así es como podrían ser las cosas. Meterse por la puerta de un taxi en Singapur y, en vez de salir de nuevo a la misma ciudad, llegar al lugar secreto de un maestro oculto cuya fuerza es la de la sabiduría que reúne todas las cosas. No sé si, en caso de que ocurra, me será permitido contarlo.

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