«Siempre me domina el síndrome del impostor, creo que me van a desenmascarar»


«A mí me parece que cuando hablamos de amor, en realidad todos somos principiantes». Es una frase de uno de los monólogos que Javier Gutiérrez (Luanco, Asturias, 1971) pronuncia en ‘Principiantes’, una obra de Juan Cavestany basada en los relatos de Raymond Carver -concretamente en ‘De qué hablamos cuando hablamos de amor’-, que hoy llega a los Teatros del Canal dirigida por Andrés Lima. El resto del reparto lo componen Vicky Luengo, Mónica Regueiro y Daniel Pérez-Prada. Llega Javier Gutiérrez al teatro después de haber rodado las últimas secuencias de una película para una plataforma. «Han cambiado el negocio, le han dado la vuelta a todo», dice el actor.

En el teatro sigue todo igual…

 con que la sociedad está ávida de experiencias en directo. Y así lo hemos vivido con esta función desde que la estrenamos en febrero pasado. Con restricciones muy severas en alguna comunidad, pero el público no ha dejado de acudir al teatro. Hemos vivido en primera persona un calor, una calidez, un cariño… Un aplauso diferente al que había. Hay un agradecimiento que no se puede expresar con palabras; una generosidad, una gratitud, una comunión entre el público y la compañía que a mí me emociona.

Usted no para de trabajar en los tres medios: teatro, cine y televisión. ¿Qué supone el momento de entrar a escena, la media hora antes?

Media hora antes estoy muy tranquilo…. Pero la tensión del estreno y las siguientes funciones… Cuando tienes un bagaje y el espectáculo está rodado se siente responsabilidad y tensión, pero no es la misma que la del estreno y las primeras funciones. Cinco minutos antes, cuando subo del camerino al escenario y estoy detrás del telón o entre cajas, siempre me pregunto quién me ha metido en ese berenjenal, ¿por qué me he vuelto a dejar engañar? Lo paso muy mal, y conozco a muy pocos actores que disfruten de los estrenos. Pero como nos va tanto la marcha, es algo que forma parte del espectáculo. Hay unos nervios buenos que no atenazan, y una tensión que no te paraliza y te hace estar en alerta.

Pero esos momentos duran cinco minutos…

No más. En cuanto sales a escena uno está seguro de los ensayos, y quiere dar lo mejor de sí, y cree que es un actor apto para llevar a buen puerto el personaje.

¿Usted es un actor seguro en ese sentido?

Siempre creo que se han equivocado, me domina el síndrome del impostor. Sobre todo cuando me llaman para proyectos de envergadura o protagonistas; pienso que me van a desenmascarar o que no voy a estar a la altura. Pero es bueno no creer que se está por encima del proyecto o que estás de vuelta de todo. No, no, ni mucho menos. Yo soy un aprendiz y he de trabajar desde la humildad.

Cuando le llegó este proyecto, ¿qué le enamoró más?

Me llegó el texto de manos de Mónica Regueiro, que es su urdidora. Está enamorada del universo de Carver; yo lo conocía pero no estaba tan familiarizado, y me encantaron los relatos, la versión… Pero me preocupaba cómo trasladar ese mundo carveriano tan literario a la escena. Necesitábamos un director que entendiera ese mundo y al tiempo fuera capaz de hacer una puesta en escena sugerente y atractiva como para que no fuera pesada y estática. Y Andrés era nuestro hombre. No es un espectáculo fácil ni complaciente. Es un momento en que nuestra sociedad necesita asideros y certezas, quien se acerque a ver ‘Principiantes’ no se va a encontrar nada de eso. Pide un espectador activo; a mí como espectador me gusta que el teatro me genere cierta generosidad, cierto peligro… Y eso está en el texto de Carver y en la puesta en escena de Andrés.

Habla del amor, un tema inabarcable.

Habla de muchas cosas… El amor es un pretexto para hablar de las frustraciones, de los anhelos, de los deseos, de los miedos, de las inseguridades; del mundo de la pareja, de cómo nos enfrentamos al amor a los hijos; de cómo se sobrevive al amor de otras parejas, al amor tóxico, a enamorarse por primera vez… Habla de tantas cosas que nos atañen a todos y nos apelan, que creo que es imposible salir indemne del espectáculo.

Pero el eje de todo lo que ha hablado es el amor. ¿Tiene en esta función algo de enfermedad?

No me atrevería a decir que es algo enfermo, enfermizo… Hay algo duro, descarnado, áspero… Hemos idealizado e infantilizado tanto el amor que, en líneas generales, claro, ni estamos educados para amar, ni sabemos amar, ni muchas veces estamos predispuestos a amar al otro. Estamos en un mundo cada vez más egoísta; no tenemos contacto con los demás, no salimos a pasear, cada vez estamos más encerrados en nosotros mismos… Carver habla de un amor nada romántico, y que creo que tiene que ver más con el amor que vivimos que con el que anhelamos.

Esta función va a ser ya siempre especial para usted, porque su estreno coincidió con el nacimiento de su segundo hijo. ¿Le ha modificado en algo? No hay mayor expresión de amor que la de un padre a un hijo.

Para mí sí. Es un amor incondicional, máxima entrega que no espera nunca nada. Y es tan enriquecedor, que no tiene nada que ver, ni por asomo, con el que puedes tener por tu pareja. Y la experiencia con mis dos hijos creo que me ha convertido en mejor persona y en mejor actor. Me han vuelto menos egoísta, más sensato, más sincero. Los actores no dejamos de interpretar a personajes que a veces conocemos, otras reconocemos… Tenemos que ser muy permeables y abiertos a conocer la profundidad del alma humana. Y en este sentido, a tener los pies más en la tierra, a ser menos ambiciosos. Una serie de cosas que, si yo no hubiese tenido hijos, se me hubiesen escapado.

¿Y ha influido en su manera de acercarse a este personaje?

Hay momentos de la función que tienen que ver con algo muy íntimo que es lo que me llevó a elegir esta funcion. Son momentos que me han enseñado y me han hecho transitar por el dolor desde otro lugar. Ser actor me ha ahorrado mucho dinero en terapia, y cuando haces un espectáculo como éste te enriqueces mucho como persona, y te ayuda a obtener muchas respuestas.

Usted no es de los que se llevan el personaje a casa…

¡Nooo! Pero sí tiñen el día a día. Hace unos años, hice ‘Wozzeck’, al que nunca pude entender… Y durante cuatro meses, entre los ensayos y las funciones, tuve una nube gris sobre mi cabeza. La función puede durar dos o tres horas, pero el actor se prepara durante todo el día para el momento del comienzo de la función para estar al máximo de sus cualidades físicas, mentales o emocionales.

¿Qué personajes le han marcado más?

Hay varios, y por diferentes motivos. El que me cambió a los ojos de los demás, tal vez, es el de ‘La isla mínima’, que fue un salto cualitativo en mi carrera. Hay también un momento fundacional en mi carrera y en mi vida que es mi encuentro con Animalario, que me enseñó a entender el teatro desde otro lugar, la interpretación y, si me apura, ciertos aspectos de la vida. Y le debo mucho a la televisión; soy un gran defensor, aunque hay una mala televisión de la que podemos prescindir, y es una pena que nuestra televisión pública no se acerque a la BBC. Y yo le debo mucho al personaje de Satur en ‘Águila Roja’; me enseñó mucho, fue muy querido y me permitió producir espectáculos de teatro y que gente que no se había acercado al teatro lo hiciera por primera vez.


Fuente: ABC.es .

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