En la película de zombis de Jim Jarmusch que inauguró la 72ª edición del Festival de Cannes, «The Dead Don’t Die», el policía que interpreta Adam Driver repite una oración admonitoria con expresiva cara de palo: «Esto terminará mal, muy mal». Es lo que cualquier hijo de vecino piensa cuando ve una película de Ken Loach donde un pobre trabajador en paro recibe instrucciones de su porvenir jefe, que, lógicamente, escuece como un puñado de sal en una herida abierta. Lo que pasa después, claro, es el Apocalipsis, y «Sorry We Missed You», la decimocuarta ocasión en que el veterano cineasta británico concursa en Cannes (ojo, con 2 Palmas de Oro en su compilación de trofeos), no es una salvedad. Es lo malo que tiene el Apocalipsis, que siempre y en toda circunstancia sabes de qué manera termina. Ricky comienza a trabajar como repartidor de bultos endeudándose hasta las cejas para comprarse una furgoneta. Su mujer, cuidadora a domicilio, apenas tiene tiempo de ver a sus hijos, mas jamás pierde la paciencia con sus desvalidos clientes del servicio. El hijo mayor prefiere hacer grafitis y meterse en líos que ir al instituto. La pequeña se comporta como una adulta a deshora. Como en «Yo, Daniel Blake», las leyes del capitalismo salvaje están destrozando la estabilidad familiar. Todo aquello con lo que luchó la clase obrera –empezando por la jornada de trabajo de 8 horas– se ha difuminado bajo la presión de los índices de productividad y la deshumanización de los procesos de trabajo. Es bastante difícil no subscribir cada una de las demandas de este marxista de la vieja escuela, si bien cuando este crítico escribe sobre cualquiera de sus películas, le da la sensación de que su cine está menos atado a la realidad de su tiempo de lo que su autor piensa. O bien eso, o bien es que el devenir histórico no existe, por el hecho de que las diferencias entre «Riff-Raff», «Ladybird, Ladybird» y el título que nos ocupa son inapreciables. Quizá el inconveniente del cine de Loach, en connivencia con su argumentista Paul Laverty, es que cree demasiado en el binomio causa-efecto: cada elemento de una escena está puesto para derivar en una desgracia mayor en la próxima, muchas veces contra el los pies en el suelo o bien la lógica de los personajes. O sea, para probar su teoría, Loach falsea las cuentas. Es un capitalista de las emociones proletarias: viendo «Sorry We Missed You» es imposible no sentirse aliviado, por el hecho de que siempre y en toda circunstancia hay alguien que lo pasa peor que . Alegoría anti-Bolsonaro Mientras que Ken Loach recogía aplausos por sus suplicios, los brasileiros Kieber Mendonça Filho y Juliano Dornelles dividían a la prensa con «Bacurau». Bendita sea la polémica, si bien sea a costa de una alegoría política contra Bolsonaro un tanto obvia. Por fortuna, la película es mucho, mucho más. Atravesando los territorios identitarios del Cinema Novo o bien las hibridaciones imposibles del Tropicalismo, «Bacurau» se plantea como singularísima fábula distópica, y al unísono como espagueti western y relectura del cine de John Carpenter (vía «Asalto a la comisaría del Distrito 13» y «1997: Rescate en Nueva York»). La reivindicación de lo mítico y lo mágico como armas revolucionarias, tan propias del cine de Glauber Rocha, choca con el formato panorámico, las cortinas, los primeros planos con profundidad de campo falseada, tan propias de cierto cine de género de los setenta. El contraste es tan estimulante como las derivas de la propia trama, que comienza retratando una comunidad idílica, apartada del planeta, borrada de los mapas y unida en la solidaridad de una pobreza antisistema por demandas demográficas, y termina con una matanza «gore», prácticamente un «Fuenteovejuna» orquestado a 4 manos por Peckinpah y Jodorowsky, que entona un himno alucinógeno contra el colonialismo capitalista. No estamos tan lejos de «Doña Clara», la precedente película de Mendonça, asimismo presentada en Cannes: las dos explican un proceso de desahucio, de desterritorialización, en un caso así no de un piso sino más bien de un pueblo entero del sur del Brasil, para denunciar la violencia de una invasión que no conoce ética. Posiblemente a determinado ámbito de la prensa le molestase la sobredosis de sangre y vísceras, mas Mendonça y Dornelles se manejan singularmente bien en los cambios de tono.

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