Aquella noche no comprendía nada. Tenía 6 años. Me había pasado horas metido en un aeroplano. Era por la noche, noche cerrada. Y tenía los ojos abiertos como platos.
Hacía un calor del diablo, olía a yerba húmeda y mis progenitores repetían:
–Se llama jet lag.
–¿De qué manera?
–Jet lag. Se te ha girado el sueño. En Barna, a estas horas estás despierto. Mas esto es Santo Domingo, acá el reloj va retrasado, 6 horas por detrás. Y de ahí que no puedes dormir.
–Ah… –respondía yo.
Mas no comprendía nada. Tenía 6 años. Solo sabía que no podía dormir.

Mi padre es dominicano; en el momento de comer se ponía 2 relojes pulsar en todos y cada muñeca: de esta manera evitaba que se le parasen

Mi padre es dominicano. En el momento de comer se ponía 2 relojes pulsar en todos y cada muñeca. De esta forma evitaba que se le parasen.
¡Qué fastidio, eso de tener que ponerles la hora cada 2 por 3! Si pasaban 24 horas y no te calzabas el pulsar, el bicho se paraba.
En ocasiones, mi padre hacía sonar una armónica. La soplaba de manera fuerte, tapándola con las 2 manos, y también de forma inmediata se la ocultaba en el bolsillo de la bata. Jamás pude verla. ¿Existía aquella armónica, o bien qué diablos hacía mi padre con las manos?
Otras veces contaba leyendas del Caribe. Me charlaba de la abuela. La abuela se pasaba las noches en candela. Si eran las 4 de la noche y también ibas y le preguntabas qué hora era, sin mirar el reloj respondía:

–Las 4 de la noche.
–¿Mas de qué forma lo sabía?
Tu abuela era capaz de sentir el peso de la noche.

Una vista del malecón de Beato Domingo
(Getty Images)

Para entonces, yo aún no había descubierto el atletismo. Tenía 6 años. Sentía curiosidad por los corredores, mas aquel no era el sitio (trotar por el malecón, menuda insensatez) ni el instante (¿dónde irá un crío de 6 años, y encima con jet lag…?).

El instante llegó muchos años después, a mis 23, cuando mi carrera como atleta ya se había afianzado y mi padre sentía una curiosidad afín por mi planeta de corredores.

Dormíamos en un hotel con vistas al malecón; desde la ventana observaba a los paseantes. Iban al paso, con zancadas larguísimas, y solo alguno, tímido, se animaba a trotar

Dormíamos en un hotel con vistas al malecón. Desde la ventana, observaba a los paseantes, que abajo abundaban. Distinguía a los madrugadores otoñales que paseaban a largos pasos sobre el asfalto candente, buscando las sombras de las palmeras. Parejas que charlaban mientras que braceaban. Alguno, muy tímido, se animaba a correr muy despacio. Aquello era el Caribe. El calor era sofocante. ¿Quién va a trotar ahí fuera, a lo largo de 6 o bien 8 quilómetros?
Le afirmé a mi padre:
–¿Vamos?
Se calzó las zapatillas y me dijo:
–Vamos.
Al sortear la puerta giratoria, el aire caliente nos abofeteó en la cara. Cruzamos la avenida sorteando el tráfico, densísimo a esas horas, y procuramos las palmeras, los cocoteros y la brisa marina. Comenzamos a trotar muy despacio. El aire ardía en los pulmones. 5 minutos después ya estábamos empapados de sudor.

Mientras que corríamos, mi padre contaba más leyendas. Me charlaba de su padre, y de sus amigos de la Capacitad de Medicina. Contaba la historia de aquel recluta que había ido a plantarle cara a su superior a lo largo de la mili.
–¡Se salió de su fila!
El recluta miró fijo al superior y le soltó un mandoble.
El superior había sido veloz. En lugar de ordenar su arresto, había llamado al siquiatra. El médico lo certificó: aquel recluta estaba como un cencerro.
El malecón es plano y alargado. Trae corrientes sucias, desbordadas por el plástico. Absolutamente nadie se bañaría en sus aguas: Beato Domingo vive de espaldas a sus olas.
–Si deseas playa, vete a Boca Chavala –me contaba mi padre.

Boca Chavala es a Beato Domingo lo mismo que Castelldefels lo era ya antes a Barna

Boca Chavala es a Beato Domingo lo mismo que Castelldefels lo era ya antes a Barcelona: su playa más próxima, allá donde los urbanitas pasarán los fines de semana del verano. El día de hoy Barna tiene sus playas, mas en Beato Domingo las cosas prosiguen igual…
–Si deseas playa, vete a Boca Chavala.
Nos cruzamos con parejas que iban conversando. Todas y cada una paseaban. Ciertas nos saludaban y otras nos observaban, estupefactas.

¡2 tipos trotando por el malecón!
Corrimos a lo largo de una hora y después retornamos al hotel. Repetimos al día después, y de vez en cuando más. Al fin y a la postre, estábamos en forma.
Mis progenitores prosiguieron visitando Beato Domingo, un año tras otro, cada verano. En ocasiones, les acompañaba. Y diariamente, trotaba por el malecón. Jamás podía recorrer grandes distancias. Iba del hotel Beato Domingo Sur hasta la urbe vieja, y después retornaba por donde había venido. Como no podía correr a lo largo de un buen rato, probaba cambios de ritmo. Un minuto deprisa, otro de restauración. Y de esta manera a lo largo de media hora. De esta forma, el tiempo pasaba volando. Las leyendas me acompañaban.
Tardé un tiempo en regresar a Beato Domingo, y cuando fui a hacerlo, fue en nuestra luna de miel. Dormíamos con vistas al malecón. Pegados a la ventana, le afirmé a Silvia:
–¿Salimos a correr?
Ella me miró ilusionada. Había escuchado aquellas leyendas del Caribe. Historias de tiburones que devoraban a bañistas, la abuela que no dormía por las noches…
Silvia se calzó las zapatillas.
–Vamos –respondió.
Sorteamos el tráfico, procuramos la sombra de las palmeras y comenzamos a trotar. Ahora había más corredores. Los tiempos han alterado. Hay runners por todas partes, aun en el malecón. Corrimos a lo largo de diez, quizás 15 minutos, y entonces Silvia dijo:

–Basta, no puedo más.
Empapados, retornamos caminando al hotel, conversando sobre nuestro pasado, soñando con el futuro.
Todavía no lo sabíamos, mas Silvia ya llevaba a Julia en su interior.

Retornamos caminando al hotel, conversando sobre nuestro pasado, soñando con el futuro; todavía no lo sabíamos, mas Silvia ya llevaba a Julia en su interior

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