Cronología pastelera

Viena, 1832. Un joven practicante de repostero se encierra en la cocina para crear una tarta que jamás hubiera probado el poderoso príncipe Klemens Wenzel von Metternich, pasa unas pocas horas mezclando chocolates y sale de la cocina sucio, despeinado. Franz Sacher sirvió al príncipe su tarta y logró sorprenderle. Salzburgo, 1890. La tarta de Sacher circula ya por todo Austria y empieza a traspasar fronteras, la insensatez del chocolate se apropia poco a poco del país alpino. Un veterano profesor repostero, Paul Fürst, pasa largas horas tramando en su cocina, hasta lograr el pináculo del sabor que pasó la vida buscando. En sus manos se halla una pequeña bola de mazapán cubierta de chocolate. Rápidamente empezó a comercializarlo bajo el nombre de Mozartkugeln. Estas 2 exquisiteces provocaron que Austria, un país de flores y colores intensos, diese un paso más en su rica cultura artística y subiese a un nuevo nivel, el más sabroso de todos. Bélgica, Alemania y Suiza observaron con envidia de qué forma les adelantaba fugazmente por la derecha y se posicionaba como el país número uno en la producción de chocolate. Y de todas y cada una de las esquinas del país, una urbe se levantó como capitán del equipo de chocolate austriaco: Salzburgo.

Willy Wonka visitó la Tierra y se quedó en Salzburgo

Conocida por ser la urbe que vio nacer a Amadeus Mozart, entre sus edificios retumbaron los primeros acordes del inmortal compositor, millones de visitantes asisten a ella de año en año. Procuran la música que se extiende en los auditorios y teatros repartidos por toda la urbe. La ciudad está dominada por la fortaleza de Hohensalzburg, construida a lo largo del siglo XI y preservada en perfectas condiciones, y viéndola acercarse desde lejos absolutamente nadie afirmaría que la urbe es una que rebosa de alegría y ricos sabores. Más bien semeja una urbe medieval rellena por dolorosas historias y cuentos viejos. Y es verdad que algo de obscuro sí que tiene, semejante al artista veterano que carga a sus espaldas una juventud pecaminosa, y por las callejuelas bullen leyendas como la de Sebastián Stumpfegge, un adinerado constructor que asesinó a 6 de sus esposas a base de hacerles cosquillas . No fue hasta entrado el siglo XIX cuando el chocolate limpió la suciedad de los asesinatos y transformó la urbe en el paraíso de los amantes del cacao. Impulsados por el éxito del Mozartkugeln, un exquisito bombón relleno de mazapán y pistacho, abundantes maestros reposteros probaron a crear sus recetas, y ahora es tan fácil localizar chocolate en Salzburgo como una cerveza fría en España. Bombones de chocolate blanco con la manera de la almendra más perfecta, decenas y centenas de chocolates rellenos de licor, el wafer (el tradicional emparedado de galleta y chocolate), variantes que ni Willy Wonka habría imaginado en los apogeos de su locura, se dispersan por la urbe y conquistan las cafeterías. Es dulce y provoca alegría, poquísimos quedan que no gocen del chocolate. Quizá de ahí que a Salzburgo lo cubra una compacta capa de dicha. La confitería Berger y la tienda de chocolates Holzermayr son 2 indispensables para los amantes del cacao procesado, sus locales esmeradamente decorados son pequeños jardines del Edén ocupando el espacio de una habitación. Y para los que no puedan acercarse hasta la urbe a probarlos, nos agrada confirmar que tienen una tienda web que atiende a todo el planeta. Negocios aun más pequeños, encajados en las esquinas del casco viejo para ser descubiertos por el alegre visitante, sirven chocolates Zotter y recetas artesanales imposibles de localizar en ningún otro rincón del planeta. Son tan apreciadas, como pepitas de oro arrastrándose por el río Grande cuando la insensatez se apoderó de los cazafortunas.

Las marionetas, condimento dulzón

La urbe entera se semeja a un enorme campo de diversión. Por el hecho de que con la boca llena de chocolate, retumbando en nuestros oídos una y otra vez las sinfonías de Mozart (cuya presencia se aprecia en todos y cada plaza y jardín de la urbe), cuando consideramos que ya hemos descubierto todo cuanto la urbe puede enseñar, se presentan de frente las históricas marionetas de Salzburgo. Ocurrió que en 1913, el maestro Anton Aicher procuraba desesperadamente la forma de agregar una forma nueva de oír a Mozart en la urbe. Entusiasta de los guiñoles, pronto vio la luz y creó el Teatro de Marionetas de Salzburgo, siendo su primera representación una versión cómica de la ópera Bastián y Bastiana, una de las obras más conocidas del compositor. Ópera tras ópera, durante su historia se han representado todas y cada una de las que compuso Mozart, y más adelante, decenas y decenas de obras que han marcado la historia de la interpretación. El Barbero de Sevilla, Sonrisas y Lágrimas, Fausto, obras de Shakespeare… El teatro salió a la calle y empezaron giras por todo el planeta, por Moscú, por París, y el éxito indiscutible de las marionetas de Salzburgo alcanzó tanta fama como sus chocolates. Actualmente es frecuente, cuando se pasea por la urbe, gozar de pequeñas representaciones que ofrecen los artistas callejeros, en su mayor parte cómicas y capaces para pequeños de todas y cada una de las edades. Las tiendas de marionetas, rincones de madera ocultos entre la piedra de los Alpes, son pequeños museos de delicadez grabados en figuritas de madera. Con los ojos cerrados es posible imaginar una tarde en frente de los titiriteros, con la boca llena de chocolates y escuchando las armonías más preciosas de la historia. Sonrisas y lágrimas de dicha son muy simples de lograr en el campo de juegos más grande del planeta, Salzburgo, la dulce urbe donde los más curtidos volverán a rememorar lo que significó ser pequeño.

Fuente: larazon.es

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *