De las supones y la bravura de un mar furioso surgen 2 fareros arquetípicos del planeta marítimo de finales del XIX para aterrizar en un recóndito puesto de la costa de Maine. Los dos deben encarar 4 semanas de convivencia obligada para ponerse a los mandos de la obscuridad de la torre y encargarse del mantenimiento de las instalaciones de la isla mientras que una aciaga tormenta asola el entorno. Estamos en 1890 y el oscurantismo del paisaje que se expande se semeja bastante a uno de esos cuadros simbolistas de Arnold Böcklin en los que el agua de los barrancos y los juegos improvisados de las Nereidas no dejan ver la luz. Depositarios de históricas soledades y comestibles de leyendas y fantasmagorías, los faros y sus guardianes siempre y en todo momento han jugado un esencial papel en todo ese imaginario colectivo de la Inglaterra decimonónica infestado de misterio y atracción. En la sorprendente y atmosférica nueva apuesta cinematográfica de Robert Eggers, «El faro», la lucha del hombre contra sí mismo en términos filosóficos se forma como el origen de todos y cada uno de los enfrentamientos, mas asimismo de todos y cada uno de los deseos.Después de saltar al estrellato con «La bruja», una cinta sobre las tendencias diabólicas de un bosque y las angustiosas peripecias de un matrimonio de colonos cristianos en la que se atisbaba una pasión manifiesta por el cine de terror, el directivo sienta ahora las bases de un trabajo personal y misterioso bañado por el blanco y negro y infestado de influencias visuales y también históricas que van desde los diálogos naturalistas de la versista y prosista Sarah Orne Jewett y sus recreaciones del litoral de la Costa Este por medio de entrevistas con viejos marineros y granjeros de la zona, hasta las aventuras marinas de Herman Melville o bien Stevenson, pasando por la mitología y el feísmo de los entornos de Lovecraft y su enfrentamiento tormentoso con el tiempo. Uno de los elementos, en palabras del propio escritor, «más poderoso y fecundo de toda expresión humana».Como las bobinas de una intensa pesadilla que semeja no tener fin, en «El faro», lo ocurrido y lo inventado se fagocita hasta romper con los factores frecuentes de espacio tiempo a los que podemos estar habituados. Todo sucede de forma apurada, onírica, demencial, diluida. «¿Cuánto tiempo llevamos en esta roca? ¿5 semanas? ¿Un par de días? Ayúdame a recordar», le interpelará en un instante dado el veterano técnico del Servicio del Faro Thomas Wake (fabulosamente interpretado por Willem Dafoe) a Winslow, el joven leñador canadiense reconvertido en farero y parte sobrante de la potente dupla protagonista de esta historia a quien da vida Robert Pattinson. «Nada bueno puede acontecer cuando 2 hombres se quedan solos en un falo gigante. Winslow es de forma intencionada misterioso; su historia se desarrolla de manera lenta. Wake, por otra parte, es el arquetipo de marinero curtido que sencillamente goza de ser el guardián del faro», comenta Eggers sobre la configuración de los personajes. Y es que el duelo interpretativo al que se someten los dos a veces puede llegar a resultar sorprendente por la visceralidad con la que se genera.

Sucia, malolienta y táctil

Lo que en un primer instante puede interpretarse como una relación de subordinación; la experiencia de la veteranía en frente de la bisoñez del aprendizaje, pronto se transforma en un depravado y agobiante juego de activas de poder que desemboca consecuentemente en la aparición de la guerra sicológica del aislamiento, irrupciones de intentos de insensatez que brotan conforme transcurren los días y el nacimiento de una obsesión masturbatoria violenta y parcialmente freudiana que Winslow materializa por medio de fantasías acuáticas que remiten al carácter asexuado de las sirenas y a las prácticas orales con tentáculos de Hokusai.«Parte de cualquier buena obra de 2 personajes, sea algo de Pinter o bien “True West”, de Sam Shepard, es la lucha por el dominio de la escena, quién está sobre el otro, el pulso de la escena o bien la historia en sí. Dafoe por poner un ejemplo tiene una habilidad sorprendente para tomar una dirección impresionantemente específica», comenta Eggers ya antes de añadir; «si le solicitaba que afirmara la segunda palabra de la tercera línea de la primera oración un tanto más veloz, y que bajara todo a un tono media nota más grave, hacía precisamente eso. Y, lógicamente, sabe apropiarse de todos los aspectos de su papel. Es espantoso y también desternillante por igual. Es un genuino profesor. Y punto».Parte de cualquier buena obra de 2 personajes, sea algo de Pinter o bien “True West”, de Sam Shepard, es la lucha por el dominio de la escena, quién está sobre el otroRobert EggersEn el caso de Robert Pattinson resulta paradójico que la incomodidad ambiental a lo largo del rodaje le favoreciera esa genialidad siguiente en la ejecución, como reconoce el cineasta: «Pattinson estuvo excepcional en los ensayos, si bien el proceso le resultaba frustrante. No acababa de encontrarse cómodo en el entorno. Mas lo mismo le sucede al personaje de Rob: no está a gusto en su ambiente. Creo que esa fricción asistió a Rob a lograr esa actuación tan intensa y transformadora. Era increíble verlo retorcerse de agonía y, de repente, reventar colérico. Trabaja más duro que absolutamente nadie, y su genialidad procede de su profunda entrega y su precisión física». 2 cuerpos. 2 hombres. 2 voces. 2 fuerzas. 2 temores. Y un solo espacio en el que dejar respirar todas y cada una de las vergüenzas del humano. Winslow en frente de Thomas, Thomas en frente de Winslow y los dos frente al espéculo desfigurado de sus miserias. La consecución de monólogos espesos infestados de teatralidad ha servido al cineasta de origen inglés para dotar de solemnidad y claustrofobia ciertas escenas más extremas del largo.Era increíble verlo retorcerse de agonía y, de repente, reventar colérico. Trabaja más duro que absolutamente nadie, y su genialidad procede de su profunda entrega y su precisión físicaRobert EggersMuestra de ello es la estrecha recreación de la estructura del faro y el impertinente y también intencionado sonido atronador de la retumbante sirena de bruma, que martillea en la cabeza del espectador prácticamente desde el instante en que comienza hasta el momento en que termina la cinta y proporciona a la historia un carácter sensorial aparte de cinematográfico. Eggers no tuvo dudas: «Una de las primeras cosas que escribí en el guion era la estipulación de que debíamos usar película de 35 mm. Quería que fuera una película sucia, malolienta, táctil, rodada en blanco y negro. En esta película, los espacios están concebidos para que resulten cerrados». De esa forma «El faro» se forma indudablemente como uno de esos proyectos ambiciosos, sin salida, indefinibles y también incómodos de encuadres prácticamente cuadrados al estilo Fritz Lang no capaz para todos y cada uno de los estómagos, en donde la imaginación del océano acaba llenándose con el desvarío de «todos los sueños del tiempo».

Fuente: larazon.es

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