La política de España ha adquirido la fisonomía de un genuino planeta del revés. La mayor paradoja actual se genera en torno a la composición del gobierno que debería surgir del Congreso escogido el pasado 28 de abril. Quiénes más pelean pues la fórmula escogida sea un gabinete de alianza (Unidas Podemos), serían presumiblemente los más perjudicados en términos electorales por ese formato, al tiempo que quienes se oponen más contumazmente a un gobierno bipartito (el PSOE), podrían ser sus más claros adjudicatarios. Naturalmente, esta expectativa no deja de ser una hipótesis de trabajo, mas que viene avalada por un sinfín de precedentes, tanto en la escena internacional como en la de España. Los ejemplos engloban todo el fantasma político: desde la unión de la izquierda (Francia) hasta las alianzas de derechas (Austria), pasando por gobiernos de centro y derecha (G. Bretaña) o bien aun de gran alianza entre centroizquierda y centroderecha (Alemania).

El precedente más recóndito en los últimos 40 años (si bien con protagonistas afines a los que ahora encaran ese problema en España) sería el del gobierno de unión de la izquierda a lo largo del primer orden presidencial del socialista François Mitterrand (1981-1988). Con 4 ministros marxistas (si bien ninguno de ellos era el líder del PCF), el cómputo electoral de esa experiencia acabó la fagocitación del espacio marxista por el socialismo francés. Mientras que Mitterrand repitió en la presidencia y los socialistas reeditaron su cuota electoral en las legislativas de 1988 (37%), el computador cayó del 16% al 11% en porcentaje de voto.

El Partido Socialista rechaza liderar un gabinete de alianza a pesar de que en el campo local o bien regional siempre y en toda circunstancia le han favorecido

En el otro extremo, Austria protagonizó en 1999 la primera experiencia europea de un gobierno conservador con participación de la ultraderecha xenófoba (y ahora vuelve a repetirlo). Si bien entonces los socialdemócratas fueron el partido más votado, los conservadores del Partido Popular y los ultras del Partido por la Libertad empataron en votos y sumaron mayoría absoluta. El gabinete de alianza lo lideró el popular Wolfgang Schüssel, al tiempo que el atractivo líder de los ultras, Jörg Haider, se sostuvo fuera del ejecutivo. 3 años después, y en la mitad de una sensacional crisis interna del PL frente a la imposibilidad de cumplir muchas de sus demagógicas promesas, unas nuevas elecciones dieron a los populares 15 puntos más en cuota de voto (del 27% al 42%), al tiempo que los ultras perdieron un espacio afín y cayeron al 10%. La experiencia de la alianza privó al asociado menor de más del 60% de sus votantes.

Otro ejemplo que todavía se sostiene en vigor, mas con un desgaste sin precedentes para el asociado que no ostenta la cancillería, es el que protagonizan desde el 2005 en Alemania la democristiana Angela Merkel y los socialdemócratas del SPD. Hace 15 años, el beneficio de la CDU sobre los socialistas fue de un punto, hasta el extremo de que ni los unos ni los otros podían sumar mayoría con sus respectivos asociados naturales (los democristianos con los liberales, por una parte, y los socialdemócratas con los verdes, por otro). La solución, tras muchos meses sin gobierno, fue un gabinete de gran alianza, con un programa y un reparto de carteras muy conveniente a los socialdemócratas. 4 años después, la CDU/CSU padeció un leve desgaste (de menos de punto y medio). En cambio, el SPD perdió más de once puntos y cayó al 23%. Y la evolución siguiente de los socialdemócratas ha ido aun a peor.

Unidas Podemos defiende una fórmula que se ha revelado perjudicial para sus intereses electorales

Por último, una de las experiencias más recientes, la británica, confirma nuevamente la hipótesis de que las alianzas tienen siempre y en toda circunstancia ganadores y perdedores. En el caso de G. Bretaña, los comicios del 2010 (que cerraron más de una década de gobiernos socialistas) dieron a los conservadores un 36% de los votos, si bien sin mayoría en la Cámara. En paralelo, los liberal demócratas (que históricamente se han presentado como un centroizquierda “no socialista”) consiguieron su segundo mejor resultado histórico, un 23% de los sufragios, y la posibilidad de decantar el gobierno cara los conservadores o bien cara los socialistas.

El líder liberal, Nick Clegg, terminó pactando un gobierno de alianza con el conservador David Cameron, de tal modo que este último sería el primer ministro, y Clegg, su número 2 con el cargo de viceprimer ministro. 4 años después, los conservadores sostuvieron su respaldo electoral al tiempo que los liberales perdieron a 2 tercios de sus votantes. Una catástrofe sin paliativos. Clegg lo fio todo a su telegenia y al relumbrón del cargo, mas no lideraba el gobierno y aceptó un programa de ajuste que traicionaba muchas de sus promesas.
Las experiencias españolas , si bien limitadas hasta el momento a los gobiernos locales o bien autonómicos, reproducen exactamente la misma pauta. Cuando el acuerdo se genera entre las formacionesde centroderecha para desocupar del poder al partido de izquierda más votado, la alianza solo favorece al partido que ostenta la alcaldía o bien la presidencia autonómica. Y cuando son los partidos de izquierda quienes acuerdan compartir el poder, el resultado favorece asimismo al asociado mayor. Sorprende, en consecuencia, que una capacitación con tantos especialistas en ciencia política, como Podemos, no haya reparado en este pequeño detalle.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *