Tras titular que la primera temporada de Élite era mierda de la buena, no existe forma posible de redactar un titular suficientemente atractivo para esta crítica. Que conste era la mejor manera para expresar lo que me despertaban los pupilos de Las Encinas: cierta alegría por el hecho de que Darío Madrona y Carlos Montero concebían su serie con dramatismo, misterio y un sentido del morbo clarísimo. Nos querían dejar con la boca abierta, riéndonos con los excesos de los personajes y al tiempo invirtiendo en el drama de los personajes. Y, si hacemos caso al arranque de los nuevos capítulos, que llegaron este viernes a Netflix, no cabe duda de que estos hombres no han sacado el pie del acelerador. Están allá, dándole, asegurándose que Netflix tiene vicio para ofrecernos.

Es curioso por el hecho de que sobre el papel podría ser la habitual serie que se desinfla en su nueva etapa. Hallar formas de sostener la tensión tras solucionar un primer misterio, por lo menos de cara al espectador, no era simple. Es posible que Samuel no sepa precisamente quién está tras la muerte de Marina mientras que su hermano está entre rejas mas sí lo tenemos clarísimo. Por fortuna, las activas en esa escuela son tan tóxicas que no resulta bastante difícil despertar el interés otra vez, especialmente cuando el montaje adelanta que un pupilo desaparece sin dejar indicio y con la sospecha de que podría haber sido asesinado.

Omander tienen su ración de inconvenientes por culpa de (evidentemente) la familia de Omar.
(Manuel Fernandez-Valdes / Netflix)

Y, en verdad, quizás deberíamos erigir un monumento en honor a Madrona y Montero por el encaje de bolillos que debieron hacer. Aguardaban contar con Jaime Lorente (Nano) y Miguel Herrán (Christian) de exactamente la misma forma que en la primera temporada y, tras proponer las tramas de la segunda y comenzar a redactar, les comunicaron que el rodaje coincidiría con La casa de papel y que deberían remodelar toda la época para prescindir de ellos en muchas jornadas de rodaje. ¿Lo mejor de todo? Es que Elite marcha aun con el enfrentamiento más evidente (los remordimientos de Christian) en un segundo plano por razones que no guardan relación con la inventiva de los argumentistas.

Esta necesidad imprevisible deja, en verdad, que se exploren nuevas activas (Samuel, Nadia y Rebeca, una pupila nueva interpretada por Claudia Salas, se transforman en un imprevisible trío de extraños) y que Lucrecia, que había sido muy fecunda en lo que se refiere a oraciones lapidarias mas que estaba en los márgenes de las tramas, se ponga más en el centro. Ayuda la llegada de su medio-hermano, Valerio (Jorge López), que da cierto temor por la sobreactuación del muchacho (que se explica con su desayuno a base de coca) y pronto se encauza en los límites de Élite (ni que sea por el hecho de que contribuye de la manera menos pensada y subiendo el listón).

Claudia Salas, la robaescenas como Rebe.

Claudia Salas, la robaescenas como Rebe.
(Manuel Fernandez-Valdes / Netflix)

Las nuevas activas es posible que sean una virtud. Elite tenía muchas posibilidades de enrarecer demasiado el entorno con la pérdida de Marina, la furia de Guzmán, la necesidad de justicia por la parte de Samuel y los hilos de Carla, la Lady Macbeth de la clase alta ibérica. Mas este reseteo en las salas por la llegada de 3 pupilos (asimismo está Georgina Amorós como influencer) le da cierto aire festivo a la vuelta y deja reanudar las tramas de la precedente temporada con un halo de lozanía. El que quisiese vicio, acá lo tiene. Y un vicio de esos conscientes. Solo con decir que se escucha la oración de “nos hacemos unas pajillas” en el segundo episodio, está claro que el morbo prosigue siendo la primordial prioridad de Élite.

El que quisiese vicio, acá lo tiene

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