Cuando la naturaleza se siente inspirada, con la seguridad de millones de años como plazo finalmente su trabajo, es capaz de crear genuinas obras de arte tan singulares como las que se descubren en el extremo sudeste de Navarra, en el centro de la depresión del val del Ebro: una gran extensión (42.000 hectáreas) de terreno desnudo y descarnado, con una belleza especial, no siempre y en todo momento apreciada, que genera sentimientos contrarios y con ese punto mágico, en ocasiones inquietante, que solo tienen los desiertos. Pues todo cuanto aparece en las Bardenas Reales, a un paso de Tudela, es gracias, o bien por culpa, de la metódica y paciente mano de la erosión, la más artística de las herramientas con las que trabaja la naturaleza: si a un suelo compuesto de arcilla y arenisca lo exponemos a la acción de la lluvia (escasísima, mas que cuando cae lo hace de forma torrencial) y se le une la fuerza asoladora del «cierzo», el viento propio de la zona, el resultado no es otro que un tapiz de formas sorprendentes, con mesetas de relieve tabular rodeadas de ásperos acantilado y adornadas con cerros solitarios, acá llamados cabezos, y bautizados con nombres tan originales como Sanchicorrota, Pisquerra o bien Cortinillas, al que se llega a la cima tras superar 200 peldaños. El más renombrado de los cabezos es el de Castildetierra, el más retratado y el auténtico icono de este parque, muy afín a las ‘Chimeneas de las hadas’ que decoran Capadocia. Semejante peculiaridad no podía pasar inadvertida para el séptimo arte y la T.V., tanto que Bardenas Reales se ha transformado en escenario natural para múltiples películas como ‘El planeta jamás es suficiente’, ‘Airbag’ o bien ‘Acción mutante’. Ha sido una de las localizaciones escogidas por ‘Juego de Tronos’, en su sexta temporada, cuando Daenerys Targaryen atraviesa con sus dragones y sus tropas el Mar Dothraki. Indudablemente, un paisaje alucinante que ha sido considerado Reserva de la Biosfera por la Unesco. Es esencial aclarar que no se puede charlar de una sola Bardena, sino más bien de tres: la Blanca, la más increíble y conocida; la Negra, llamada de esta forma por el tono de su flora, y el Plano, una gran llanura dedicada al cultivo intensivo de cereales. Aunque la Blanca es la más visitada es muy aconsejable hacer una incursión en las otras 2 y querer los grandes contrastes que las distinguen. Un vehículo 4×4 es buena opción para recorrer la zona de forma veloz y cómoda; mas si de veras desean gozarlas como debe ser, no vacilen en hacerlo a pie o bien en bici. Para esto, se han habilitado una serie de sendas con caminos con perfección señalados. Otra alternativa, tan interesante como entretenida, es contactar con alguna empresa como Nataven que ofrecen múltiples recorridos en ‘segway’, un patinete eléctrico, seguro y manejable, con ruedas adaptadas a este salvaje paisaje. Una urbe, 3 etnias En Tudela (del mismo modo que ocurrió en Toledo), cristianos, musulmanes y judíos compartieron espacio de forma pacífica y ordenada a lo largo de 4 siglos. Caminar por el enrevesado entramado de sus callejuelas, sin un rumbo fijo, es la mejor forma de entender lo que fue ese ejemplo de tolerancia y mestizaje cultural en una temporada donde lo que imperaba era la incomprensión. Una forma perfecta de comprender que, cuando se quiere, la convivencia es con perfección posible. La primera parada habría de ser en la plaza de los Fueros, punto de transición entre la vieja urbe y la moderna. Este es el centro de asamblea frecuente de los tudelanos, la «sala de estar» como a ellos les agrada llamarla, el sitio idóneo para charlar, tapear o bien, sencillamente, ver y dejarse ver. En el pasado, en esta hermosa ágora se festejaban corridas de toros, como testimonian los motivos taurinos que adornan sus balcones al lado de los escudos de los ayuntamientos que conforman la Ribera. A pocos pasos, se halla el monumento primordial de Tudela: la catedral cisterciense de Santa María, levantada a fines del siglo XII sobre los restos de una vieja mezquita. 3 pórticos dan acceso a su interior, mas es recomendable entrar por la que está ubicada en la testera occidental, con mezcla de estilos románico y gótico. Su elemento ornamental más significativo son las 8 arquivoltas apuntadas llenas de figuras talladas en la piedra que cuentan los premios a los justos, a la izquierda, y los castigos a los pecadores, a la derecha, como sentencia en el juicio que a todos nos espera. Una vez dentro, sorprende su iluminación y abruma la decoración de alguna de sus capillas, como la de Santa Ana, joya del estilo barroco. A la derecha del altar mayor, prácticamente oculta, espera una de las grandes sorpresas de este templo: la capilla de Nuestra Señora de la Esperanza, con el pasmante sepulcro del canciller Francisco de Villaespesa, una monumental obra de alabastro tallado y policromado. Los amantes de la buena mesa no deben pasar por alto una visita al Mercado de Abastos, donde se venden las mejores verduras ribereñas; un despliegue de cogollos, espárragos, alcachofas y ese gran ignoto, el cardo colorado de Corella. Se pueden saborear en todos y cada uno de los bares y restoranes entre aquéllos que resaltamos el Mesón Julián (calle de la Merced, nueve) y el Treintaitrés, en Capuchinos, siete.

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