Un cuarto de siglo después de la publicación de uno de sus principales
documentos de referencia, ¿qué queda hoy en día de la cultura ciberanarquista? 4 destacados tecnólogos, Esther Dyson, George Gilder, George Keyworth y Alvin Toffler, propagaron en agosto de 1994 el manifiesto

El ciberespacio y el sueño americano: una carta magna para la era del conocimiento
. Aquella filosofía alcanzó una notable popularidad en la primera etapa de la existencia de internet. ¿Ha resistido bien el correr del tiempo?
En aquella época, aún no se charlaba de cuarta revolución industrial. El concepto que se consideraba apropiado entonces era “tercera ola”. Conforme la teoría de las ondas de Toffler, muy influyente en esos años, la economía de la primera ola fue agrícola y dependió de la mano de obra humana, al paso que la segunda se fundamentó en la mecanización. Lo fundamental en la tercera era el conocimiento, desplegado mediante redes informáticas. La sociedad de masas fue hija de la tecnología de la segunda ola, que requería una producción industrial, una burocracia centralizada y un sistema gubernativo poderoso.

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No obstante, en la era de la información, las instituciones se “desmasificarían” y aparecerían oportunidades nuevas para ejercitar la libertad, sin las trabas de la sociedad industrial. Este planteamiento estaba conectado con la ética hacker, que se empezó en la década de 1950 a través de un conjunto de estudiantes del Massachusetts Institute of Technology (MIT, USA), cuyo principio incontrovertible era el derecho de cualquier usuario al pleno acceso a la informática y la información.

De este modo, se oponía al elitismo propio de la tecnocracia. Como aseveró el sociólogo
Andrew Ross
, maestro de la New York University (USA), “el pirateo y la guerrilla viral ocuparon en el imaginario contracultural un sitio parecido al que tuvo en su instante el cóctel Molotov”. A su modo de ver, mientras que que lo alternativo se formó en los años sesenta del pasado siglo en torno a una “tecnología del folclore”, la versión que surgió entre los ochenta y los noventa podía verse como el “folclore de la tecnología”.

Otro texto de lo más citado en aquella fase de desarrollo tecnológico fue la
Declaración de independencia del ciberespacio,

redactada por un viejo miembro del conjunto musical psicodélico Grateful Dead, John Perry Barlow. Comenzaba así: “Gobiernos del planeta industrial, gigantes exhaustos de carne y metal: vengo del ciberespacio, la nueva morada de la mente. En nombre del futuro, os suplico que nos dejéis en paz. No os tenemos ningún aprecio. No tenéis soberanía sobre nosostros”. El controvertido
psicólogo
Timothy Leary llegó a asegurar que la informática había reemplazado el LSD como instrumento para expandir la conciencia individual.
Los 2 últimos decenios no han sido “demasiado benevolentes” con “la supuesta comunidad
electrónica”, ironizan Joseph Heath y Andrew Potter, autores del libro
The rebel sell: why the culture can’t be jammed
. Recuerdan que, con una enorme sencillez, “internet se dejó plagar por los individuos siniestros del mundo real, esto es, los racistas, intolerantes y sexistas”, por no charlar de los terroristas y otros maleantes “dispuestos a no respetar la privacidad de absolutamente nadie, a robar
identidades, hostigar a ex novias o compañeros y a atormentar al mayor número de navegantes posible”.

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