En los últimos tiempos estamos asistiendo a la confluencia de grandes avances en tecnología que por la velocidad con la que se están generando, la amplitud de ámbitos de la economía y facetas de nuestras vidas a los que están afectando y el profundo impacto disruptivo que tienen, ha llevado a los especialistas a aseverar que estamos frente a una nueva Revolución Industrial, la cuarta, que acarreará una transformación de la humanidad, por cuanto va a afectar esencialmente la forma en que vivimos, trabajamos, y nos relacionamos unos con otros.Como recoge The Conversation, una buena parte de los cambios asociados a esta revolución deben ver con los avances en el campo de la inteligencia artificial (IA), esto es, con la aparición de máquinas y sistemas informáticos capaces de imitar la psique humana. Como la prensa se hace cargo de recordarnos prácticamente a diario, para determinadas labores, estos sistemas de IA son aun más eficaces que la psique humana: diagnosticar enfermedades de la piel; jugar al ajedrez, al Go, al póquer o bien a videojuegos; examinar documentos jurídicos; o bien traducir textos a una pluralidad de idiomas extranjeros.Máquinas que crean arteEstas máquinas no solo resultan de enorme utilidad para el hombre en el momento de generar creaciones artísticas, sino muchas de ellas son capaces, por sí mismas, de generar esas creaciones. De este modo, los miembros del proyecto The Next Rembrandt diseñaron un algoritmo que, desde el análisis de todas y cada una de las obras del pintor holandés, produjo por sí mismo un nuevo cuadro imitando su estilo.Otro ejemplo lo hallamos en el cuadro de Edmond de Belamy, atribuido al colectivo Obvious —tres estudiantes franceses que, a propósito, consiguieron 432.500 dólares americanos, unos 395.000 euros, por la subasta de la obra—, y generado por el algoritmo de machine learning GAN, cuya titularidad pertenecía un estudioso llamado Ian Goodfellow. Para esto, los 3 estudiantes adiestraron el algoritmo con más de 15.000 obras pictóricas en el dominio público. La prensa asimismo nos habla de algoritmos capaces de redactar noticias desde unos breves datos en verdad, poemas o bien, aun, guiones de series.La aparición de estas creaciones generadas autónomamente por máquinas lleva a los especialistas a preguntarse si deben percibir exactamente el mismo trato que las obras generadas por los humanos. Esto es, si estas creaciones son susceptibles de protección por derechos de autor y, en su caso, a quién debe atribuirse la titularidad de esos derechos.Autor personaLa contestación más fácil es la de aseverar que estas creaciones son susceptibles de protección y que la titularidad de los derechos pertenece a la persona —física o bien jurídica— o bien conjunto de personas tras la máquina. Es la solución que se ofrece, por servirnos de un ejemplo, en la legislación del R. Unido, una de las pocas que ofrece una regulación explícita de la cuestión. La contestación, no obstante, presenta inconvenientes que ponen en patentiza las connotaciones morales y filosóficas que tiene la regulación de cualquier aspecto relacionado con la inteligencia artificial.En primer sitio, muchas veces, la identificación de la persona tras la máquina, esto es, la que realiza los arreglos precisos a fin de que la máquina produzca la nueva obra, puede resultar problemática. De este modo, por servirnos de un ejemplo, en el caso del cuadro de Edmond de Belamy, esta persona podría ser tanto el autor del algoritmo como los 3 estudiantes que compendiaron y digitalizaron los cuadros con los que se adiestró al algoritmo.La cuestión recubre suma importancia puesto que, si el desarrollador pudiese ser considerado autor, tendría derecho a parte del coste logrado por la subasta de la obra. Desafortunadamente para Ian Goodfellow, en un caso así resulta simple terminar que la autoría corresponde a los 3 estudiantes franceses puesto que fueron estos los que verdaderamente contribuyeron a la creación de la obra.Tarea compleja por exceso y por defectoEn otras ocasiones, esta labor puede resultar más difícil por exceso — existen bastantes personas que han contribuido a la creación de la obra—, o bien por defecto —ninguna de las personas implicadas ha llevado a cabo una contribución que pueda considerarse esencial para la generación de la obra por la máquina—.Un ejemplo del segundo supuesto sería el de un cronista que se restringe a introducir una serie de datos de hechos desde los que la máquina realiza una busca de información en su base de datos y en Internet y produce un artículo periodístico.¿Resulta justo atribuir al cronista la autoría sobre tal artículo? De hacerlo se estaría malinterpretando el sistema de derechos de autor, basado en atribuir al autor un derecho de exclusividad sobre su obra como recompensa por el ahínco intelectual desplegado para su creación, de la que se favorece toda la sociedad.En aquellas situaciones en las que la persona que hay tras la máquina no efectúa una contribución esencial para la generación de la obra, no se la debería estimar autor. Para conseguir este resultado podría hablarse de la existencia de una regla general, la atribución de la titularidad de los derechos a la persona tras la máquina; acompañada de una salvedad aplicable en aquellos supuestos en los que dicha persona no realiza una contribución esencial para su creación.El inconveniente es que esta solución no puede ser más que temporal puesto que, conforme los avances en inteligencia artificial favorezcan la automatización de las máquinas, la salvedad tenderá poco a poco a transformarse en la regla general. Llegados a ese punto, ¿se va a poder proseguir aseverando que la solución es congruente con las bases del sistema de derechos de autor?Autor máquinaUna segunda posibilidad, rechazada por casi toda la doctrina especializada, consiste en atribuir la titularidad de la obra generada por una máquina a la propia máquina. En la actualidad, con la ley en la mano, esta solución resulta imposible. Si bien los textos internacionales no lo afirmen explícitamente, muchas de sus disposiciones —por ejemplo, la que determina la protección en atención a la nacionalidad del autor— demandan implícitamente que el creador va a ser un humano.Para el ordenamiento jurídico actual las creaciones intelectuales susceptibles de protección por derechos de autor solo pueden ser producidas por la psique humana. Esto, no obstante, implica aceptar que la inteligencia artificial no puede asimilarse a la inteligencia humana —pues solamente las creaciones de la segunda son susceptibles de protección—, algo que puede resultar chocante para aquellos que están seguros de que los avances en tecnología dejarán desarrollar sistemas de IA general —capaces de efectuar cualquier trabajo intelectual que haría una persona—, y de que, como aseveró Ray Kurzweil: La Peculiaridad está cerca.En atención a estos planteamientos más progresistas, podría postularse una modificación de la ley para atribuir la titularidad de los derechos a la máquina. Esta solución, no obstante, propondría arduos problemas.En primer sitio, por el hecho de que ello implicaría dotar a las máquinas de personalidad jurídica, resolución que tendría implicaciones que alén del Derecho de autor, puesto que demandaría introducir cambios, entre otros muchos, en el campo del Derecho civil, penal y financiero. Seguidamente, por el hecho de que atribuir la titularidad de los derechos a la máquina no responde a la finalidad para la que fue creado el sistema de protección: una máquina no precisa ser retribuida con un derecho de exclusividad sobre su creación para estimularla a que la genere.Dominio públicoY llegamos con esto a la última alternativa: como las obras generadas autónomamente por las máquinas no pueden ser originales, no son susceptibles de protección, con lo que están en el dominio público y pueden ser explotadas por cualquier persona con acceso a la obra. Esta solución tiene el beneficio de favorecer el interés general por cuanto dichas obras pueden ser empleadas en proyectos de investigación, o bien como materiales educativos, o bien para el simple disfrute del ciudadano medio.En cualquier caso, se trata de una solución no exenta de inconvenientes. Para comenzar, resulta realmente difícil identificar qué obras han sido generadas solamente por máquinas. El usuario de la máquina puede atribuirse la autoría de la obra y, a la inversa de lo que les ocurre a los tramposos que recurren a un negro literario, no corre el riesgo de ser denunciado por plagio —la máquina no se marcha a chivar—. En materia de patentes, se ha denunciado que infinidad de patentes pedidas y concedidas por la Oficina estadounidense a personas físicas fueron concebidas y desarrolladas por máquinas.Otro inconveniente que presenta esta solución radica en el perjuicio indirecto que puede suponer a los autores personas físicas. Que no exista protección por derechos de autor de las obras generadas por máquinas supone que los costos por el acceso a estas producciones sean inferiores al de las obras generadas por humanos, las que, al estar protegidas, hacen preciso negociar un coste por la autorización para su explotación.Para ciertos especialistas, con el tiempo, esto podría llevar al público a adquirir obras generadas por máquinas en menoscabo de las obras generadas por humanos. Ello daña la situación en el mercado de las obras de autores personas físicas, cuyos costos deberían reducirse; y desincentivaría la creación intelectual humana.Algunos especialistas minimizan estos peligros por el hecho de que, bajo su punto de vista, la inventiva de las máquinas es limitada, y en ningún instante van a poder llegar a igualar la inventiva humana. A su parecer, el público siempre y en todo momento estará presto a abonar un coste superior para acceder a creaciones humanas. Nuevamente, estos razonamientos suponen aceptar una postura muy conservadora sobre los avances a los que se puede llegar en inteligencia artificial.Hoy resulta posible aseverar que un artículo periodístico sobre un evento específico escrito por una máquina carece de la profundidad de reflexión de una columna de opinión sobre tal evento. Sin embargo, ¿resulta posible descartar en el futuro un escenario como el que presenta Max Tegmark en Vida treinta en el que, Prometeo, el sistema de IA desarrollado por los omega, diseña el guion de una serie tras examinar la información libre en Internet sobre los gustos y las aficiones de la población mundial? ¿Resultará posible aseverar que ese guion no va a poder tener exactamente la misma altura creativa que uno escrito por un humano?FlexibilidadComo puede observarse, ninguna de las 3 contestaciones propuestas sobre la atribución de derechos de autor a las creaciones generadas por máquinas aporta un solución terminante y exenta de inconvenientes. Quizás la contestación adecuada sea que no se puede o bien, mejor dicho, no se deben adoptar soluciones terminantes.La IV Revolución Industrial asimismo afecta al ordenamiento jurídico. Actualmente se precisan reglas jurídicas flexibles que puedan ser adaptadas a los mareantes cambios que estando derivando del desarrollo tecnológico exponencial al que estamos asistiendo. De este modo, de entrada, la titularidad de los derechos de autor sobre las obras generadas por máquinas podrían atribuirse a la persona tras la máquina, con la salvedad de aquellos casos en los que no exista nadie que haya contribuido de forma esencial a la producción de la obra.En semejantes casos, debe comprenderse que la obra no va a estar protegida y formará una parte del dominio público. Los avances en inteligencia artificial pueden provocar que la aplicación de esta salvedad se acreciente y también, aun, si dichos avances nos llevan a aceptar que la inteligencia no es exclusiva de los humanos, las máquinas podrían ser autores y también, aun, sujeto de derechos.El futuro ofrece muy, muy interesantes desafíos a los juristas para los que hemos de estar adecuadamente preparados, si deseamos aportar soluciones apropiadas a las demandas de la sociedad.

Fuente: larazon.es

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