«Prefiero una discusión a dejar a la gente sin voz; la censura no es buena idea»


La voz de
Gloria Steinem (Toledo, Ohio, 1934) es la de la experiencia. Y, sin embargo, en ella no se percibe soberbia, ni condescendencia tampoco. El suyo es un tono dulce, suave, acompasado casi a las palabras de su interlocutor, que ella escucha con la misma atención con la que escoge las suyas. Sabe, porque lo ha vivido a veces hasta el padecimiento, lo importante que es prestar atención al otro, sobre todo en esta época nuestra de ruido infinito, de verdades a medias y realidades filtradas por objetivos que nada tienen que ver con la imparcialidad. Sus ojos, surcados desde hace tiempo por arrugas que nunca ha tratado de disimular, lo han visto todo, al menos en la

 historia reciente de su país. Desde el despertar del
feminismo, que ella misma abanderó para lograr la igualdad entre los hombres y las mujeres, a las protestas contra la
guerra de Vietnam, el inicio del movimiento en defensa de los derechos civiles y contra el
racismo o los primeros pasos del llamado ‘nuevo periodismo’. Eso sólo en la segunda mitad del siglo XX, y sin mencionar todo lo mucho que lleva dando de sí el XXI.

La de Steinem es, por tanto, una vida para contarla, referente y espejo de generaciones enteras de hombres y mujeres. Ella, presa de una humildad de la que no se desprende ni para recibir premios como el
Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades, decidió ponerla al servicio de cuantas nobles causas se han cruzado en el extenso camino recorrido hasta ayer mismo. Escritora, periodista, activista,
feminista… Todas etiquetas asociadas a su fascinante personalidad, aunque ninguna llegue a definirla del todo, por completo, pues es imposible. Su gran secreto para haber llegado a los 87 años con la dignidad intacta es no haber renunciado a ser ella misma. Envejecer es eso, y saber que todo lo que tenemos es tiempo. Nada más. Por eso a Steinem no le gusta desperdiciarlo, ni perderlo, y apuró hasta el final la conversación que mantuvo con ABC desde su casa de
Nueva York sólo unos días antes de desplazarse hasta Oviedo para recibir el próximo viernes el
Princesa de Asturias de manos del
Rey en una ceremonia que, tras la excepcionalidad pandémica del año pasado, vuelve al
Teatro Campoamor
.

—Imagino que este viaje a España será el primero o de los primeros que haga tras el confinamiento al que nos obligó la pandemia. Después de todo lo vivido a lo largo de su vida, ¿cómo se enfrentó a la pandemia, cómo la vivió?

—Lo experimenté como una realidad que iba creciendo poco a poco, no de una vez. Creo que, como mucha gente, hasta que no pasaron los tres primeros meses no me di cuenta de que no era temporal, sino que quizás era algo más comparable a la epidemia de gripe que acompañó a la Primera Guerra Mundial. Pasé los tres primeros meses aquí, encerrada en mi apartamento, y luego me di cuenta de que iba a ser mucho más largo. Así que me las arreglé para ir a California, donde al menos podría salir al aire libre. Pero sería interesante que cada uno de nosotros contara su propia historia de la pandemia, país por país, continente por continente.

—¿Y qué lecciones debe aprender nuestra sociedad de ella? La primera está clara: somos una sociedad tan global como frágil, pero ¿qué más? ¿Cómo ha cambiado nuestra vida?

—Creo que esa es una pregunta que cada uno debe responder. Pero sí creo que nuestra conciencia colectivamente ha cambiado. Ahora, estamos compartiendo una experiencia o un peligro que no está limitado por fronteras nacionales, ni por género, ni por raza o clase. Como soy optimista, espero que esto ayude a crear una nueva conciencia que esté menos dividida por la nación y el idioma, la clase y el género.

—Formó parte, desde el comienzo, del denominado ‘movimiento de las mujeres’, que buscaba la igualdad de derechos. ¿Cómo cree que ha evolucionado en las últimas décadas? ¿Qué siente cuando ve a las generaciones más jóvenes, hombre y mujeres, formando parte de esa reivindicación de manera tan activa?

—Por supuesto, depende de la situación, pero para mí es muy alentador ver cómo muchos hombres, quizás no todos, pero muchos hombres han asumido el deseo de igualdad desde el punto de vista de la maternidad, están comenzando a ser más activos en la crianza de sus propios hijos. Y creo que es muy importante. Porque así como las mujeres hemos desarrollado el resto de nuestra naturaleza u otras partes de nuestra naturaleza humana al estar en el mundo, fuera del hogar, los hombres desarrollan empatía, paciencia y otras cualidades al estar dentro del hogar. Por otro lado, vemos tanto sufrimiento e injusticia… Realmente no tenemos una idea de cómo esta pandemia ha afectado a países africanos o muchos países que carecen de un sistema sanitario. Por no hablar de la división económica presente en nuestros países. Entonces, espero que estemos abiertos al aprendizaje y al descubrimiento gracias a este acontecimiento mundial.

—¿Es el feminismo una identidad, una ideología, un modo de vida?

—Para mí, el feminismo es un hecho, el hecho de que todos somos seres humanos, cada uno de nosotros es único y comparte su humanidad. Es como el movimiento contra el racismo, contra los prejuicios nacionales, se está haciendo. No deberíamos necesitar una palabra, como feminismo o antirracismo o lo que sea. Esa palabra puede ser un remedio, por lo que es importante, pero con suerte, algún día no será necesaria, con suerte, con suerte.

—Hablando de identidades, usted es escritora, activista, periodista, feminista… mujer. ¿Cómo se definiría? ¿Quién es Gloria Steinem?

—Oh, eso es realmente difícil. Supongo que empezaría con ser humano. No me gusta definirme a mí misma con entidades basadas en la clase o la raza, porque estamos tratando de superar eso. En términos menos visibles, me identificaría como alguien que creció no en circunstancias económicas terribles, pero no buenas, tampoco. No fui al colegio hasta que tenía unos doce años, porque mi familia viajaba mucho, y estoy segura de que eso me moldeó.

—Y ahora que hablamos de sí misma, ¿qué piensa cuando echa la vista atrás, después de todo el largo camino recorrido? ¿Y algo de lo que se arrepienta?

—Lo que lamento es perder el tiempo. Lo más probable es que la gente piense que me arrepiento de no haber tenido hijos o de no haber tenido más seguridad económica, más estabilidad, tener un trabajo en lugar de ser una periodista freelance, pero no me arrepiento de esas cosas.

—¿Y de qué se siente especialmente orgullosa?

—Lo que me da un sentiento de orgullo es tener un impacto, si puedo sugerirle a alguien una fuente de capacitación para lo que necesita, o un grupo que está haciendo lo que le importa… Me encanta hacer eso, es una alegría ser organizador. Sientes que has logrado algo cuando conectas a las personas con lo que necesitan o con cómo pueden ser más productivas, y eso es genial, es enormemente satisfactorio.

—Hemos hablado antes del movimiento feminista, lo que me lleva a preguntarle por otro movimiento parejo, en el tiempo y en la forma, el que lucha, y lo digo en presente, por los derechos civiles. ¿Qué piensa de su evolución, desde Rosa Parks al Black Lives Matter?

—Estoy muy agradecida, porque el movimiento de derechos civiles nos liberó a todos, sea cual sea nuestra raza, complexión o edad, de sentir que teníamos que ajustarnos a una jerarquía que no era la nuestra. Como tardé en ir a la escuela, tuve la suerte de ver más sistemas humanos abriéndose. No quiero sobrestimar el progreso que hemos hecho contra el racismo y el sexismo, porque todavía estamos luchando, pero como soy lo suicientemente mayor para recordar cuando las cosas eran peores, me siento agradecida por el progreso.

—¿Es Estados Unidos un país racista?

—Sí, y es un mundo racista. A lo largo de mi vida, he vivido en dos países, Estados Unidos y la India, donde hay un sistema de castas, y castas significa color. Gandhi, el movimiento feminista y el de los derechos sociales, todos los movimientos que buscan la justicia social han hecho que el racismo disminuya, pero todavía es cierto que con demasiada frecuencia cuando vemos a un individuo hacemos predicciones insconscientes basadas en categorías que no tienen nada que ver con ese individuo.

—¿Y tiene solución?

—Sí, absolutamente. Piense en todo lo que está cambiando ya. En este país, una tercera parte apoyó a Trump y lo hizo en parte por motivos racistas. Estamos en un punto en el que la primera generación de bebés que son en su mayoría de color ya ha nacido. Así que la gente que está preocupada por eso, aunque no tenga sentido, porque somos individuos únicos, lo está todavía más, y ese fue, en parte, el motivo por el que Trump fue elegido, aunque nunca tuvo mayoría de votos.

—¿Y qué piensa, por ejemplo, de fenómenos como el de la llamada ‘cultura de la cancelación’?

—Entiendo el impulso, y a veces la cancelación es la única manera de que la gente que lo está llevando a cabo pueda mostrar su poder. Pero a pesar de todo prefiero una discusión real a dejar a la gente sin voz. La censura no es una buena idea.

—¿Se debe separar al artista de su obra?

—Ya que uno va a sobrevivir al otro, con suerte la obra sobrevivirá al artista, probablemente sea útil al menos mirar la obra antes de emitir juicios basados en la persona que ha creado esa obra. Soy escritora, por lo que me interesan mucho las vidas de otros escritores, pero prefiero empezar leyendo lo que escribieron en la página y tratar de comunicarme con ellos en ese sentido.

—Tanto el feminismo como los derechos raciales, sociales, tienen que ver con la política, aunque todo lo sea, en realidad. Lo que me lleva a preguntarle por la política en Estados Unidos después de Donald Trump. ¿Cómo ve el panorama? ¿Qué piensa de voces como la de Alexandria Ocasio-Cortez?

—Ella es un gran ejemplo de la esperanza del Partido Demócrata. Ella viene de una familia de clase trabajadora, sabe cómo vive la gente, habla muy bien y lo hace para que todo el mundo la entienda, lo cual no siempre se da en la política. Me siento muy agradecida por su presencia, y también por otra gente que se está uniendo a la vida política. Nuestra política ha estado demasiado dominada por el dinero, limitada a la gente que estaba dispuesta a gastarse mucho dinero en sus campañas, lo que debería ser restringido. Pero el hecho es que si miras al Congreso no se parece al país. Eso revela parte del problema. Pero creo que la tendencia es ascendente.

—Usted apoyó a Hillary Clinton cuando se enfrentó a Barack Obama en las primarias demócratas. ¿Veremos alguna vez a una mujer como presidenta de Estados Unidos?

—Estoy segura de que lo veremos. Cuando Hillary Clinton se enfrentó a Barack Obama escribí un artículo en el ‘New York Times’ diciendo que era una situación terrible porque quería apoyarles a los dos, no era justo ver a dos primeras figuras enfrentándose, era una pesadilla.

—¿Y cuántos años tendremos que esperar para verlo?

—Realmente no puedo predecir, porque a menudo ha habido en el pasado candidaturas simbólicas con mujeres y personas de color, y eso ha supuesto un cambio importante de conciencia. Así que estoy agradecida por ellos, a pesar de que aún no lo hemos visto suceder. Kamala como vicepresidenta es probablemente lo más cerca que lo hemos visto.

—¿Qué piensa cuando mira al futuro, qué pasará con las generaciones más jóvenes? ¿Se pregunta en qué tipo de mundo vivirán?

—Sí, claro que me lo pregunto, y sobre todo en lo que respecta al medio ambiente. Hemos destrozado muchos de los árboles que necesitamos como fuentes de oxígeno, estamos poniendo en peligro continuamente la atmósfera alrededor de nuestro planeta. Eso es muy preocupante y la única forma de combatirlo es empezar de abajo hacia arriba, cambiar nuestro comportamiento, presionar de la forma que podamos a los fabricantes para que no compren esos productos. Muchas personas están admirablemente tratando de vivir una vida más simple incluso cuando tienen la opción de una vida más consumista, y lo honro y espero que estemos difundiendo las ventajas que tenemos para que nadie pase hambre, para que las fronteras sean menos importantes, para que el contraste entre los ricos y los pobres se reduzca enormemente.

—Por último, no quisiera despedirme sin preguntarle por cuáles cree que son los principales retos a los que se enfrenta nuestra sociedad global.

—Bueno, varía tanto que creo que quizás lo más importante que podemos recordar es que el cambio social es como un árbol que no crece de arriba hacia abajo. Crece desde el fondo. Entonces, ¿qué podemos hacer para darle más agua al árbol, para evitar que sea cortado? Temo que si empezamos pensando en el cambio como una cosa grandiosa nos sentiremos sin poder. La verdad es que cada cosa que hacemos importa, todo, cómo nos tratamos, las palabras que usamos, cómo compartimos, cómo votamos, cómo llevamos nuestros hogares, quién cría a nuestros hijos. Lo importante es darnos cuenta de las muchas formas en que podemos hacer cambios, en lugar de sentir que el cambio tiene que venir de algún lugar. Creo que eso nos hará mucho más productivos y más felices.


Fuente: ABC.es .

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