El temporal que nos ha traído Filomena nieva sobre un entorno helado y helador, que ha contribuido a que las consecuencias desfavorables para los ciudadanos se sostengan en el tiempo más de lo que nos resulta conveniente a todos. Esta bajada aguda de las temperaturas atmosféricas se aúna a unos mínimos anímicos que tiñen nuestra vida personal, social y económica desde va a hacer pronto 12 meses. La realidad nos enseña que lo que nos semeja ya por sí malo y también indeseable es todavía susceptible de empeorar.

Las incomódas circunstancias proponen lo que el pensador alemán Max Scheler llamó «las necesidades del ahora», a las que estamos llamados a contestar con un ánimo redoblado y una inventiva nueva, que es lo que distingue a las personas con recursos justamente personales, que en la jerga empresarial llamamos el mejor talento. La piedra de toque de la calidad personal, de la textura de la pasta de la que estamos hechos, es la contrariedad, que quiebra a muchos y fortalece a otros. La madurez se acrisola desde la virtuosa de la voluntad, en el momento en que nos vencemos en las contrariedades, así sean menudas o bien aplastante.

El futuro tira del presente
Ya antes de estrenar el año pasado 2020, los empresarios y directivos andábamos ufanos hablando de ambientes VUCA (acrónimo inglés formado por las iniciales de volátil, dudoso, alterable y equívoco), cuando realmente nos referíamos a que las cosas no salían como deseábamos por el hecho de que la competencia hacía la competencia o bien por el hecho de que los clientes del servicio no adquirían lo que se les procuraba vender.

Desde febrero pasado hemos sentido en nuestra carne que no dominamos el presente y menos todavía lo que está por venir; nos lo ha recordado un enano virus primero y una gran tormenta después. La volatilidad y con ella el cambio que no para de mudar nos enseñan que no hay plan estratégico que aguante el cuerpo a cuerpo con una realidad desfavorable, ni cómputo, por poderosa que sea su financiación, inmune al peligro de la carencia de liquidez primero y de la insolvencia después. La habitual, por tópica, aseveración “el activo más esencial de una compañía son sus empleados”, se ha tornado una verdad obvia aun para aquellos que la esgrimían con escepticismo vergonzante. A lo obvio le pasa ser lo último que se advierte; justamente es esa razón, que acarrea implícitamente el trato deficiente del talento, su primordial razón de salida de las compañías. Los jefes ponen en fuga a sus mejores cooperadores.

Los mejores, y los que pueden, escapan de las frustraciones repetidas.

Al apreciar de las personas le afecta un tanto el pasado (las experiencias que han tenido en especial con sus jefes y colegas), algo más el presente (el contenido del trabajo que efectúan y el reconocimiento que reciben, en su versión monetaria o bien en las expresiones de agradecimiento y ayuda a progresar), y eminentemente el futuro (los humanos vivimos más de esperanzas que de realidades, en consecuencia, ansiamos un futuro atrayente). La frustración es el resultado de la división de los logros por las expectativas; si están son elevadas, o bien aquellos se compasan o bien la infelicidad vive cerca.

Llevo ciertos años estudiando de cerca a la generación famosa como los millennials a la que he sumado últimamente la dirección de una tesis sobre los blog post-millennials, rebautizados con determinada crueldad como los pandemials; de los segundos solo sé que se marchan a distinguir de los primeros; mas de aquellos sí puedo aseverar que les preocupa más el contenido de lo que hacen, lo que puedan aprender, las posibilidades de desarrollo personal, el reconocimiento de sus sacrificios y resultados, la relación con su jefe y compañeros, el fair-play de la compañía hacia ellos, que otros políticas que se han esgrimido históricamente para atraerlos y después sostenerlos (el verbo fidelizar me semeja presuntuoso al abusar de él en un contexto indigno).

Naturalmente, la remuneración o bien la promoción son 2 resortes básicos para administrar a las personas y su trabajo, mas su presencia no es un substituto válido del trato recibido, de la relevancia percibida (sentido) de la labor desempeñada, de la carencia de perspectiva o bien del impacto del propio trabajo en terceras personas como los clientes del servicio o bien distribuidores. Todos, no solo los millennials, deseamos hacer un trabajo chulo, que nuestro jefe nos dirija con acierto, dé cancha, apoye y reconozca los buenos resultados, o bien en su caso nos corrija con respeto, predicando con su ejemplo y no con una empatía de plástico.

En estos instantes de cambio a marchas forzadas, retumba la fórmula perenne del liderazgo, que está al alcance de jóvenes y mayores, empresas grandes o bien pequeñas, digitales o bien analógicas, es suficiente con utilizar un tanto la inteligencia y un mucho la voluntad: haz con el resto lo que te agradaría que te hiciesen a ti.

Guido Stein es maestro del IESE Business School

Fuente: ABC.es

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