El pasado 13 de enero se publicó un avance científico que tiene todas y cada una de las papeletas para transformarse en un jalón en la historia de la investigación biotecnológica. Un equipo de 4 estudiosos estadounidenses ha creado un sistema orgánico funcional novedoso, una forma de vida diferente a todas y cada una de las que existían, algo que nunca se había logrado ya antes.

El proceso para llegar a este resultado fue exageradamente duro. Para iniciar, hubo que usar un algoritmo evolutivo complejo alojado en un superordenador. Este mecanismo fue el que determinó qué género de material biológico –y con qué estructura– debería emplearse para conseguir el propósito perseguido. Desde los resultados proporcionados por esa herramienta, se decidió usar células provenientes de la piel y el corazón de embriones de ranas africanas, que se moldearon de la manera desarrollada por la inteligencia artificial.

La entidad resultante fue una estructura biológica de un milímetro de anchura que se comportaba de forma coordinada en circunstancias hasta el momento esquivas a la acción humana. En verdad, pueden trabajar de manera conjunta y subsistir aun semanas sin precisar comestible.

Sus posibles aplicaciones incluyen administrar la polución radiactiva, recoger microplásticos en los océanos e inclusive inocular un fármaco en un tumor. Además de esto, estas entidades tienen el beneficio de ser biodegradables, con lo que, de entrada, desaparecerían sin dejar indicio una vez cumplido su cometido.

¿Xenobots o bien biobots?
Nos hallamos frente a un descubrimiento de primera importancia, que abre las puertas de un planeta ignoto y lleno de promesas, mas tan novedoso que asimismo encierra múltiples interrogantes. Para iniciar, ni tan siquiera está claro de qué manera deberíamos llamar a estas criaturas.

En las primeras informaciones facilitadas se ha propuesto el nombre de “Xenobots”, que combina su origen (la denominación científica de las ranas africanas es Xenopus laevis) con el género de entidad de la que se trata – “bots” o bien robots –.

A mi juicio esta terminología resulta un tanto equívoca, por el hecho de que la palabra “xeno” significa en heleno “extranjero” o bien “extraño”. Me semeja poco agraciado introducir este término, que por norma general asociamos a pensamientos negativos, en una nueva tecnología.

Tiene más sentido seleccionar la denominación de “biobots”, que une a la idea de robots la de bios, un prefijo que muestra ostensiblemente su carácter de materia viva. Una característica, por determinado, esencial en un caso así, en tanto que es la que dota a las nuevas criaturas tanto de gran plasticidad como de una capacidad a la que acostumbran a ser extrañas las estructuras sintéticas: la de regenerarse a sí en el caso de padecer daño.

Los temores mitológicos no son razonables
Las cuestiones que se entrelazan con la moral requieren un análisis más profundo. Es simple suponer que va a haber voces que clamen contra los biobots, así sea por el hecho de que nos exponen a alarmantes riesgos todavía por determinar o bien por el hecho de que su creación atenta por sí sola contra la naturaleza.

La fortaleza de estos razonamientos procede de que conectan realmente bien con el imaginario colectivo. Después de todo, tanto la mitología vieja como la ciencia ficción moderna se han encargado de infundirnos un notable miedo a todo cuanto semeja poco natural. Lo han hecho mediante ejemplos de consecuencias que trae la ambición humana cuando se aúpa a un papel hacedor que no le toca.

Contamos con visiones muy fatalistas de lo que la biotecnología puede provocar sobre la especie humana. Los ejemplos van desde el mito de quimera, que hizo que los romanos demandasen forma humana a los recién nacidos para considerarlos personas, hasta relatos como los de «La isla del doctor Moreau» y películas como «Gattaca». Hay una herencia de temor a lo artificial, a lo hecho por el humano, entre la que es bastante difícil abrir camino a lo lógico.

La realidad se halla, cuando menos en lo concerniente a los biobots, lejísimos de parecerse a esos escenarios dantescos. En contraste a lo que pasa con otras tecnologías como la edición genética, las quimeras humano-animales y los organoides, en un caso así estamos lejísimos de usar material humano, cuando menos por el momento.

Si bien cualquier día llegásemos al punto de emplear células embrionarias humanas para formar estas estructuras vivas proseguiríamos sin poder charlar de seres dotados de valor ética (dignidad). Esta frontera solo se divisará si comenzamos a introducir estructuras neuronales en estos biobots.

Este escenario está lejísimos, si es viable cualquier día. En consecuencia, solo aquellos que defienden la necesidad de valorar todas las formas de vida –una línea de pensamiento minoritaria– podrían preocuparse por la aparición de estas nuevas entidades.

¿Padecen los biobots?
Ahora bien, ¿no debería preocuparnos un cambio tan radical en la estructura de la vida, si bien no afecte al material biológico humano? A mi juicio obviamente no, si bien comprendo la raíz última de estas inquietudes.

Nuestra visión de la naturaleza tiende a idealizarla. Charlamos de la madre naturaleza y su sabiduría innata, algo panteístico. El sistema que nos circunda no tiene atributos como la bondad y la inteligencia. Efectivamente, el planeta físico tiene un orden (variable) y unas reglas, una forma de organización. No hay nada, no obstante, que certifique que ese orden sea el perfecto para nosotros. En verdad, llevamos milenios pensando lo opuesto, de ahí las alternaciones de la naturaleza que ha provocado el desarrollo de la medicina, la agricultura y el transporte

Introducir otras, como la creación de biobots, no debería resultar inquietante por sí sola. Otra cosa va a ser colegir si la pura existencia como biobot causa sufrimiento a la criatura creada artificialmente. Este es el punto en el que nos encontramos en el caso de los organoides cerebrales, mas cuesta meditar que las dudas sean extrapolables a entidades que carecen de un centro de interpretación de señales inquietas.

Si en el futuro nos hallamos frente a una situación más compleja, va a ser el instante de reanudar esta discusión. De momento semeja innecesaria.

Sin peligros (por el momento)
Esto no quiere decir que debamos permitir cualquier empleo de esta tecnología. La liberación de organismos de este género en un ambiente no controlado podría suponer graves peligros para el ecosistema.

Tampoco semeja posible autorizar, en un futuro próximo, ensayos que impliquen su introducción en el cuerpo de seres vivos, sean o bien no humanos, por cuestiones de seguridad.

Para eludir estos excesos se halla ya en vigor una normativa que nos resguarda de usos poco razonables de tecnologías experimentales. Una pléyade de organismos, desde las agencias de seguridad hasta los comités de moral de la investigación, se hacen cargo de vedar ideas de incierta utilidad o bien elevado peligro. Cuando menos, mientras que no se hayan recorrido todos y cada uno de los pasos que tiene que deambular cualquier tecnología nueva ya antes de su aplicación práctica.

El derecho asimismo deberá estudiar qué estatuto da a estos biobots, o bien si va a ser preciso desarrollar alguna regla específica que regule su empleo, y seguro que su contestación va a ser más que satisfactoria.

Mientras, quienes deben aplicar las reglas deberán procurar encontrar en su articulado unas guías generales con las que establecer pautas de acción específicas ahora preciso. Dudo mucho que la aparición de formas de vida como estas suponga un reto al respecto.

Cabe meditar que este avance en tecnología merece una mirada ilusionada, si bien sea aún prontísimo para calibrar su impacto en la práctica. No semeja que un empleo ordenado de esta tecnología proponga inconvenientes éticos o bien jurídicos alarmantes. Va a haber, en cualquier caso, que estar atentísimos a sus futuros desarrollos. Ellos nos confirmarán (o bien no) este primer diagnóstico.The Conversation

Iñigo De Miguel Beriain es estudioso distinguido de la Capacitad de Derecho. Ikerbasque Research Professor, Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea

Este artículo fue publicado originalmente en «The Conversation».

Fuente: ABC.es

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