La impresión que quedó fue que se prosiguen matando, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Al unísono que sin focos prosiguen negociando «in extremis», teóricamente, para formar un Gobierno de alianza que deje al aspirante socialista salvar la investidura en la votación del próximo jueves. Siempre y en toda circunstancia va a quedar septiembre. Los movimientos de Sánchez «sólo se comprenden si lo que busca es unas nuevas elecciones». O bien queda asimismo la posibilidad de que en este juego de órdagos que mantiene su investidura, el día de ayer utilizase su obligación de presentar un programa de gobierno como un instrumento más al servicio de la representación de que «lo ha intentado con los constitucionalistas, que es un hombre de Estado, que los irresponsables son los otros, que no le han dejado otra opción alternativa que echarse este jueves a cargo de Unidas Podemos», con lo que lleva de añadido, que es PNV, JxCat, ERC y EH Bildu. Una digestión prácticamente imposible para una buena parte del Partido Socialista Obrero Español, si bien en la penitencia vaya el disimulo. Una de estas 2 teorías explica que mientras que la vicepresidenta en funciones, Carmen Pelado, volvía a intercambiar impresiones con el interlocutor de Iglesias, Pablo Echenique, el aspirante hiciera ver en la sede de la soberanía nacional que le preocupa considerablemente más presionar con la demanda de abstención a los partidos constitucionalistas que hacer algún guiño al partido de Iglesias. La forma en que los 2 asociados primordiales de las formaciones en fase de coaligarse se desvistieron el uno al otro fue vista como una «cosa de locos». Impresión compartida en constitucionalistas, independentistas y formaciones minoritarias, que asistieron con perplejidad a ese juego de apuntar al otro como el «emperador desnudo», sin pudor alguno por ninguna de las 2 partes. Sánchez tiene perdida la votación de el día de hoy pues demanda mayoría absoluta, y el pulso se resolverá entre el miércoles y el jueves. La negociación es a cara de cánido. Y esto no lo escondió Iglesias, el más concluyentes de todos y cada uno de los portavoces en la labor de denunciar las contradicciones del líder del Partido Socialista Obrero Español. Fue cáustico, adueñándose del papel que correspondía por reparto de funciones a Pablo Casado y a Albert Rivera. Tampoco lo escondió Sánchez con su tono más conciliador en las formas, y menos en el fondo, con el que encaró el cuerpo a cuerpo con su asociado prioritario. El cruce de réplicas no bajó la tensión, y Sánchez tampoco disfrazó que en su estrategia está todavía viva la idea de que fracase el Gobierno de alianza y que se busque otra fórmula que le facilite una investidura menos costosa y menos atada a las iniciales de Iglesias. La carencia de confianza en el líder de Unidas Podemos recorre desde la bóveda socialista a las bases del partido, y esto es una clave esencial. Sánchez y su «núcleo duro» han mirado a medio y a largo plazo, y saben que el trámite de la investidura es indispensable superarlo, mas no se les pasa por alto que con Unidas Podemos en carteras de peso, o bien en carteras simbólicas, el inconveniente va a proseguir siendo exactamente el mismo. ¿De qué forma mantienen un Consejo de Ministros en el que haya diferencias substanciales en cuestiones de Estado? ¿De qué forma administran las asambleas de la comisión de subsecretarios en las que se debe negociar el Índice que va cada viernes a la asamblea del Gabinete? ¿Qué punto en común pueden localizar con su asociado de alianza en la reforma laboral, en pensiones, en el cumplimiento del déficit y, evidentemente, en contestar al reto independentista? Iglesias enseñó sin disimulo sus pretensiones. Desea estar en el Gobierno para presionar y apropiarse de todos y cada uno de los avances sociales que impulse Sánchez en la próxima Legislatura. Y el líder del Partido Socialista Obrero Español debió recordarle frente al Pleno del Congreso que el Partido Socialista Obrero Español es el que ha abierto el camino en esos avances sociales. Y que en la izquierda Iglesias no ha inventado nada. De esta manera, como un ejemplo del cruce de reproches, Sánchez negó a Iglesias capacidad de darle lecciones sobre políticas sociales pues su partido tiene 140 años de historia, 40 de democracia y más de la mitad de ellos en el gobierno. Su asociado prioritario le recordó que el Partido Socialista Obrero Español carga en sus espaldas con impropios casos de corrupción y con políticas económicas que condenaron las esperanzas de muchos ciudadanos. «Si no fuese por sus fallos no estaríamos aquí», sentenció Iglesias. Como es lógico, asimismo se echaron en cara sus diferencias abisales en Cataluña. Si con este cruce de «golpes» el acuerdo de investidura sale adelante este jueves, «o bien a los 2 hay que darles un Óscar a la mejor interpretación trágica o bien es que los milagros existen, si bien Dios no esté probado». La reflexión sale del propio Conjunto Socialista y conecta con el escepticismo que el día de ayer cundió por los escaños a derecha y a izquierda. Sánchez prosigue involuntariamente un Gobierno de alianza, y continúa procurando acorralar a Iglesias. Charló conforme de investidura si no hay de alianza, y el líder de Podemos se lanzó al contraataque con los detalles de de qué manera es la negociación. En la escenificación, en las 2 partes ha habido hasta el momento más de farsa que sinceridad. Y los 2 han jugado a engañarse, y semeja que prosiguen haciéndolo. Iglesias pensó, o bien hizo meditar, que le doblaría el pulso a Sánchez y entraría en el Gobierno. Sánchez confió en que la amenaza electoral achantaría al líder de Unidas Podemos. Mas tras la entrevista del pasado jueves en «Al Colorado Vivo», dirigida por Antonio García Ferreras, el juego de engaños debió ajustarse a un nuevo escenario en el que el peso de cargar con la culpa del disconformodidad se hizo más doloroso. La literalidad de las palabras el día de ayer escuchadas confirma que no es que no haya avances, sino hay retrocesos, mientras que cada vez queda menos tiempo para acordar la investidura. «Aquí el inconveniente es que cuando se han marcado líneas rojas con tanta claridad en el terreno público, sin guardar ningún respeto a la discreción obligada, que se arregle sin que uno parezca que se ha dejado pisar ya es muy difícil». Palabra de un barón socialista que el día de ayer asistió al Congreso.

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