Carlos tenía 22, Jesús ocho y Álvaro nacería 24 años una vez que Armstrong va a dejar a todo el globo sin habla. Había cumplido con el sueño de una generación, el de poner un pie en la Luna. Nuestros 3 protagonistas, pese a su diferencia de edad, tiene una pasión común: la exploración espacial. «Soy un friki», asevera Jesús Martínez-Frías, geólogo planetario y responsable de recrear los túneles de la Luna en Lanzarote donde forma a los astronautas. Su aseveración definitiva la comparten tanto Carlos González como Álvaro Soria. El primero ha dedicado su vida a las misiones de la NASA, al paso que el más joven ya tiene la mirada puesta en Marte. Carlos no lo sabía, mas el destino había decidido que había de estar presente en la base que la Agencia de Norteamérica terminaba de edificar en Fresnedillas, al norte de la capital de España, para oir de qué forma Armstrong decía: «Houston, acá base Calma, el águila ha alunizado». Le habían contratado solo un año ya antes, tras superar el servicio militar, «era un requisito indispensable», recuerda. Durante las 9 horas que estuvo en la sala de comunicaciones «tenía que atender tanto al receptor como al transmisor. Todo pasaba por ahí y se hacía a mano». Hasta el momento en que la base de USA no se encargó de la conexión con la misión Apolo XI, no respiró. «Estábamos todos azules y al recortar padecemos una esencial descarga emocional». Tardaron horas en caer en la cuenta del jalón en el que habían participado y, tras lograrlo, lo tenían claro: «Seguro que en 1990 vamos a pisar Marte». «Y anda que no nos queda…», bromea 50 años después. Jesús, desde el instante en que era pequeño, leía mucho, «muchísimo…». De Spiderman a Julio Verne. Estaba claro que su porvenir no se iba a quedar solamente en nuestro planeta y menos todavía cuando se enganchó a «Cosmos». Con 21 años ya había terminado la carrera y estudiaba la geología de otros cuerpos celestes. Coincidió con la llegada a España de la Sociedad Planetaria, impulsada por Carl Sagan, mas la realidad es que en este país a prácticamente absolutamente nadie le interesaba esta área de investigación. «Me formé solo». Los meteoritos se transformaron en sus mejores amigos y, de esta manera fue como impulsó la creación del Centro de Astrobiología (CAB), donde el día de hoy trabajan los estudiosos con más futuro en el área de nuestro país. No sorprende que, hasta el instante, haya recibido 2 premios de la NASA y 5 de la ESA. No cabe duda de que es uno de los que conoce más a fondo la Luna y piensa que debemos regresar. «Aunque hemos ido en 6 ocasiones, es nuestra plataforma al futuro». En ella debemos crear «una base semipermanente». Nos hallamos frente a un nuevo paradigma: lograr Marte. «Es de los pocos planetas donde podemos desarrollar actividades», determina el geólogo planetario. Y es el Planeta Colorado el que Álvaro, ingeniero aeroespacial de 26 años, sueña con lograr. «Lo que se hizo en los 60 fue mágico», insiste. Evidentemente, no tiene ningún recuerdo de aquel día, mas sí de un libro que le obsequiaron, «creo que era del 40 aniversario» y, gracias a él, «me di cuenta de la proeza que consiguieron. En ese instante todo era experimental y, pese a todo, consiguieron alunizar». Lo narra conmovido, con la ilusión de un científico al que le habría agradado nacer medio siglo ya antes. Los últimos 4 años, este joven malagueño ha estado «recluido» en el norte de Suecia trabajando en su doctorado. Específicamente, en el desarrollo del instrumento Habit, que es parte integrante de la misión Exomars de la Agencia Espacial Europea (ESA). «Mi participación está relacionada con los sensores de viento y de temperatura». Esta expedición en la que cooperan un elevado número de países europeos desea encontrar, si existe claro, vida en Marte. En principio, el año próximo, esta segunda etapa de la misión saldría desde la base de lanzamiento de Baikonur (Kazajstán). Y mientras que sus compañeros suecos prosiguen afinando cada pieza, se está formando como cosmonauta a lo largo de 6 meses en Colonia (Alemania), en un «Expert Team» de la ESA que les da las herramientas precisas para la futura exploración humana. «Al principio, cruzarte con los astronautas, cuando pedirás un café, impacta, ahora es normal». Álvaro no solo representan el futuro por su edad, sino más bien asimismo por su visión: «Tenemos que ser capaces de desarrollar robots con los que podamos convivir, que nos asistan a vivir de la tierra de los planetas donde nos instalemos, como hacemos acá. La máquina ha de ser nuestra compañera». Mas, para saber si esta visión futurista es o bien no viable, la Luna es clave. «Es esencial conocer su vitalidad geológica y de qué forma se ha ido transformando», insiste Jesús. Por esta razón, en misiones como la que diseña la NASA para regresar a nuestro satélite en 2024, se incluye la extracción de materiales que puedan asistir a crear una futura «aldea lunar». «Hay minerales y rocas que no solo interesan a las agencias, asimismo a los agentes privados que lo perciben como otra forma de lograr recursos como el helio-tres o bien el platino», explica el geólogo. Mas, indudablemente, los 3 coinciden en por qué razón se logró pasear por la Luna y, no obstante, de «amartizar» todavía estamos lejos. «La exploración espacial se fijó como una estrategia de país», mantiene el que fuera responsable de comunicaciones de la Agencia estadounidense en la capital de España. Ahora, «queremos llegar más lejos, mas con menos dinero. Precisamos un enorme salto tecnológico para lograr Marte» y apunta a 3 inconvenientes para poder cumplir con este deseo: al inconveniente de recursos se aúna el de la ingravidez que afecta, y mucho, a la fisiología humana. Y, para finalizar, la radiación que se genera en los viajes espaciales. Este es el mayor escollo que asimismo halla Álvaro, mas, «si me plantearan viajar al espacio no creo que fuera capaz de rechazarlo».

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