Vivimos en la mitad de ruidos incesantes, no nos damos cuenta que no conocemos el silencio y que en muchas ocasiones se evita. El silencio resulta incómodo, el silencio puede inclusive atacar, el silencio si bien no habla, trasmite mensajes.Se llega a casa y se enciende la tele, suena el teléfono, se oye el tráfico y no falta el aviso de un Whatsapp o de un breaking news…Si salimos al parque a correr, nos metemos los cascos en los oídos para continuar el ritmo de la música o bien vamos hablando con el micro incorporado. Estruendos, estruendos y más estruendos. Vivimos rodeados de ruidos y es tal nuestro habito, que se nos olvida que existe el silencio.Para llegar a estar en un estado contemplativo se requiere llegar al silencio mental, con lo que se logra distanciarse de pensamientos y sensaciones. Estando en silencio mental, brota el desapego de lo material.Ha sido una suerte encontrar esta Abadía en Umbría. Una Abadía distanciada de todo, en la mitad de un val, en donde se escucha el silencio.La historia de la Abazzia S. Pietro in Val, transcurre entre historia de leyenda y realidad.Se afirma que al Duque de Spoleto, Faroaldo II en el siglo VIII, se le apareció en sueños San Pedro, en los que le ordenaba erigir una iglesia en su honor.Después de aquella aparición, fue a apresar en Valnerina, el val del Río Nera y también identificó el sitio en donde se edificaría un pequeño oratorio y el espacio conveniente para la iglesia dedicada a San Pedro, con un monasterio conforme las reglas de los frailes Benedictinos.Pero ya antes de la llegada del noble de Spoleto, se cuenta que 2 eremitas llamados Giovanni y Lazzaro, que eran 2 de los cerca de 300 que escapaban de la prosecución a los cristianos de Siria, se dirigieron de forma directa a la zona de Spoleto, llegaron al monte Solenne y descendieron al val Suppenga y allá, edificaron la ermita transformándolo de esta manera, en un sitio de culto para la gente local. El silencioSobre el silencio, me ha agradado lo que escribe en su weblog José Carlos Bermejo A oír el silencio se puede aprender, como a oír la palabra.Un acólito, ya antes de ser reconocido como tal por su profesor, fue mandado a la montaña para aprender a oír la naturaleza.Al cabo de un tiempo, volvió para dar cuenta al profesor de lo que había percibido.- «He oído el piar de los pájaros, el alarido del can, el estruendos del trueno…- «No -le afirmó el profesor-, vuelve otra vez a la montaña. Todavía no estás preparado.Por segunda vez dio cuenta al profesor de lo que había percibido.- «Profesor, he oído el estruendos de las hojas siendo mecidas por el viento, el cantar del agua en el río, el lamento de una cría sola en el nido».- «No -le afirmó nuevamente el profesor-. Todavía no. Vuelve nuevamente a la naturaleza y escúchala».Por fin, un día…- «Profesor, he oído el bullir de la vida que irradiaba del sol, el quejido de las hojas siendo holladas, el latido de la savia que ascendía en el tallo, el temblor de los pétalos al abrirse acariciados por la luz».- «Ahora sí. Ven, porquehas escuchado lo que no se oye».Los silencios de las abadías cuentan historias infinitas. En los vales que las rodean y en los caminos lindantes podemos meditar, crear, reposar, gozar y contemplar.

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