-Gasoil, please – afirma Rafa -. Full deposit. El gasolinero turkmeno sonríe alegremente. Mil arrugas de bondad se marcan cerca de sus ojos cuando asiente. Saca la manguera, acercándola de manera lenta a nuestra Merche. -¿Diésel? – pregunto desconfiado. -Da, da – responde el gasolinero. -¿Gasoil, sure? – vuelve a consultar Gari. -Da. Prosigue sonriendo. No todos y cada uno de los días aparecen en su estación de servicio 5 españoles conduciendo una furgoneta desde la villa de Madrid. Yo pagaré y el resto del equipo merodea por los aledaños, Pacho duerme en el maletero. El proceso de repostar no se distingue a ningún otro que hayamos vivido, si excluimos la cordillera de Kopet Dag elevándose como una gigantesca muralla parda separándonos de Van a ir y cada recoveco que alcanzamos a mirar, tan diferente a cualquier otro sitio. Las casas son todas y cada una blancas con tejados de un verde chillón, las puertas bellamente grabadas con flores y formas de colores, y los pocos peatones pasan por delante mirándonos sin esconder su curiosidad. El pueblo está prácticamente vacío, hace mucho calor. El afable gasolinero cierra la tapa, palmea orgulloso a la Merche y nos observa partir. Me toca conducir a mí. Pongo Pastillas de frenado al máximo, me motivo y meto segunda, entonces tercera. Trescientos metros después, la Merche jadea, borbota, zarandea y se para. Muerte clínica, destino final: el gasolinero turkmeno la ha envenenado y en lugar de diésel ha puesto gasolina. Entonces alcanzamos la cima de esta semana, la más difícil en nuestro viaje. Reculemos hasta el viernes pasado, cuando salimos de casa del general Alexander, contentísimos y prestos a coger el ferry que nos llevaría del otro lado del Caspio. Entramos en el puerto y cruzamos la línea del no retorno, pues una vez dentro no podíamos salir más que en una dirección: cara el este, planificando sobre las aguas. Mas no cogimos el ferry ese día, tampoco al siguiente; debimos aguardar 2 inacabables días en el aparcamiento del puerto de Bakú, durmiendo en la Merche, sucios y agotados, hasta embarcar claramente. La primera noche en el parking del puerto pasó veloz. Haciendo piña con egipcios, austriacos y holandeses, tomando a ocultas una botella de whisky que Álex consiguió colar a pesar de las prohibiciones de la policía portuaria, soportamos hasta horas de madrugada con la ética alta. Intercambiamos historias del camino, preguntamos los unos a los otros sobre nuestros hogares y pasábamos la botella de morro a morro para calentar los ánimos. El segundo día en puerto, comiendo esa carne seca con arroz seco que servía un pequeño puesto, hubo roces y riñas en el equipo. Teníamos calor, el agua nos sabía al plástico de las botellas. A nuestra espalda se definía el desierto y atados a él, bombas de varilla drenando cada vez más petróleo, hasta el momento en que la tierra no pueda devolver más. El sol subió y daba la sensación de que jamás más fuera a bajar. ¡Ya estábamos en el puerto y habíamos llegado tan lejos con la vieja Merche…! Estábamos en el puerto aguardando un navío que jamás sabíamos en qué momento iba a llegar. ¡Tan cerca el Caspio y próximo Turkmenistán! Prácticamente podíamos acariciarlo con las yemas de los dedos, solamente nos detenía el ceño fruncido de los guardas prohibiéndonos avanzar. A veces se pasaba la voz de que había billetes a la venta y un nuevo navío había llegado a puerto. Nos lanzábamos a las taquillas como bestias, olvidando nuestra reciente amistad, tropezando con las chanclas y peleando por hacernos comprender con los vendedores, que apenas charlaban ruso y 2 palabras de inglés. Respondían indolentes que no quedaban huecos en el navío, o bien que los billetes costarían ahora doscientos dólares americanos más, o bien sencillamente notificaban de que ya no habría navíos hasta mañana. Entonces volvíamos todos al asfalto en triste peregrinaje, cabizbajos, buscando una brizna de sombra a la que poder aferrarnos. Fue la tercera noche cuando hallamos un navío al que subir. Compramos los billetes por una cantidad escandalosa de dólares (merced a nuestros patrocinadores), decidimos no darle demasiadas vueltas, recogimos las sillas y botellas de agua vacías, hicimos 3 horas de cola y subimos al Bagtyyar. Cuando viajas de veras, en uno de esos viajes que no sabes dónde vas a dormir mañana, ni qué van a ver tus ojos el día de hoy, ni quién te hallarás, cada techo a lo largo de la noche se transforma en hogar. Cae el sol y sube la luna, entonces divisas como el buitre hambriento un sitio donde descansar tu agotado cuerpo. A poder ser, debe contar con agua y comida. Olisqueas, rastreas, haces todo lo que es posible por transformar ese suelo, sucio y carcomido por la sal, en un sitio donde poder soñar. Y ya asentado, a falta de decoración o bien candelas de coco para corregir el mal fragancia, pones buena cara y te persuades a ti de que es verdaderamente tu hogar. Puedes aun lograr a gozarlo. El suelo entre los asientos del Bagtyyar fue nuestro hogar a lo largo de 3 noches más, 2 de ellas anclados en altamar. El tiempo real en cruzar el Caspio de lado a lado dura 13 horas, mas pocos son los que tienen la fortuna de cumplir estos tiempos. Las más hay un temporal, el capitán manda echar anclas y toca aguardar. Nosotros pasamos 7 horas aguardando a partir, 48 anclados, 13 navegando y 4 más hasta desembarcar. No ahondaré en los detalles de esta espera, tan desesperantemente larga, pues para entonces nada importaba demasiado. Ya habíamos entendido que este era nuestro costo a abonar para cruzar el ecuador del viaje, tal y como si el tiempo se hubiera detenido, reajustándose a nosotros o bien reajustándonos a él, informando de que lo más tortuoso en nuestro camino todavía está por venir. Pasamos muchas horas en cubierta. Sin precisar charlar, observamos rugir la furia del mar, rodeados por plataformas petrolíferas y cargueros con el ancla asimismo echada. El planeta estaba inmóvil, solo el mar significaba movimiento; el cielo estaba tintado por un gris claro, solo el mar tenía nubes de espuma. A falta de ninguna autoridad real en el navío (nunca vimos al capitán), el camarero del bar era la figura más poderosa: escogía a quién servía de comer, cuánto y a qué costo. A mí, por servirnos de un ejemplo, me cobró unas patatas fritas por 15 manat a la una de la tarde y por 25 a las 6, sencillamente pues estaba de peor humor. Pasa un día y otro, entonces otro, y por último alcanzamos a percibir el puerto de Turkmembashi. Se trata de un enorme conglomerado de edificios absolutamente blancos, recién hecho, que de noche alumbran con nervios de luces para no dejari espacio a la imaginación. Semejante a las entradas de las urbes viejas, este monstruoso puerto es un aviso: una vez pongas tu primer pie en suelo turkmeno, vas a estar en su poder. Teme, extranjero, a nuestro creciente poder. En este puerto debimos aguardar 12 horas más a que la Merche lograra pasar los controles aduaneros (es una furgoneta bonachona y afable que hasta el momento solo había arrancado sonrisas en el resto fronteras). 12 horas en aquel edificio, sin percibir más que chillidos de los guardas cuando procurábamos salir a tomar algo de aire. Y miraba a mi alrededor en aquel edificio blanco, tan refulgente y lustroso por la parte interior, buscando un café o bien cualquier pedazo de comida para llevarme a la boca sin hallarlo. Era una blanca cascarilla de huevo absolutamente vacía. Entonces comprendí el problema: tenían temor, un temor aterrador. Temor a lo ignoto, lo externo. Temor del castigo si no proseguían los pesados trámites burocráticos que su dueño les había impuesto. Temor, en suma, de sí. Turkmenistán es el cuarto país a la cola en derechos democráticos. El resto es historia: logramos salir impunes del miedoso control, nos lanzamos al desierto y poco después, la Merche padeció su primer envenenamiento. Tuvimos suerte por hallar a Rustam (dedicaría parágrafos enteros a él) y que la curase tras 5 horas operando, bendito hombre que nos ofreció su casa y comida esta noche pasada, ya antes de reanudar el camino en dirección al legendario Pozo de Darvaza. Por el hecho de que los turkmenos no son blancos ni lustrosos; son limpios, benevolentes, hacen honor a su legendaria fama de hospitalarios. Ellos son los que hacen de sus bellos paisajes un sitio que merece visitarse. El día de hoy vamos a llegar al Pozo, si el tiempo osa permitírnoslo. Entonces, ya sí, esta noche vamos a cenar en el averno.

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