La mecanización electoral de los partidos ha asolado hasta con el respeto institucional a la ronda de consultas del Rey Felipe VI. Los primordiales líderes desfilaron el día de ayer por el Palacio de la Zarzuela y estas conversaciones no cambiaron nada de fondo, solo sirvieron de pretexto para acrecentar la presión sobre el aspirante socialista, Pedro Sánchez, a fin de que en unas elecciones no se libre de la culpa de esa nueva cita con las urnas. Absolutamente nadie ha hecho nada por eludir estas elecciones, si bien todos ahora final se den codazos por vender a la opinión pública que los «malos» son el resto y no . Fue una jornada esperpéntica, en la que los partidos abundaron en las contradicciones y en el regate en corto. Aunque por hacer justicia, no todos por igual. Albert Rivera fue el actor primordial de la función, y Pedro Sánchez, su «alter ego» opositor, mas en un plano secundario. El Partido Popular fue congruente en su «no». Y en frente de las especulaciones, hay que decir que Pablo Iglesias asimismo fue congruente con su última situación y no se sacó del bolsillo la baza ventajista de una abstención técnica. Frente al Rey mantuvo lo mismo que ha venido defendiendo en las últimas semanas, que votaría en favor de Sánchez si este le volvía a poner sobre la mesa el Gobierno de alianza que rechazó en el mes de julio. Todo tan previsible que la zapateta electoral in extremis de Albert Rivera cumplió con su papel de «conejo de la chistera» y lo distorsionó todo bajo un estruendos que es posible que al líder de Ciudadanos (Cs) le rente si hay nuevamente comicios, mas el día de ayer para lo que sirvió fue a fin de que en la mitad de la confusión hasta la figura de Felipe VI se viese bajo riesgo de quedar contaminada por el barro político. Cinco meses tras las elecciones, en el último minuto Rivera logró que su golpe de efecto le diera el día de ayer un buen tiempo de gloria en el «prime time» mediático. Fue el centro de atención, si esto es lo que procuraba, de diez sobre diez, y lo pudo, además de esto, nutrir con la ayuda del ninguneo del Partido Socialista a su propuesta de una abstenión técnica, condicionada, y para la que demandaba la complicidad del PP. En esta sobreactuación partidista esperpéntica, el Rey cumplió con su obligación institucional mientras que Ciudadanos y Partido Socialista se carteaban o bien se cruzaban comunicados dirigidos a imponer su publicidad sobre la del contrario. Paralelamente, los portavoces de Ciudadanos se esmeraban en procurar explicar qué género de oferta de «solución de Estado» es esa en la que al tiempo mantienen que el inconveniente de España es Sánchez, como insistía a la primera hora de la mañana Inés Arrimadas en una entrevista con Carlos Alsina, en Onda Cero, y la salida es transformarle en presidente a fin de que ahora rija en el cada día con el apoyo de Unidas Podemos y de los partidos independentistas. Cada uno de ellos barre para lo propio, mas la conclusión es que la pelea entre la vieja política y la nueva política, en la batalla que se libra en el bloque de la izquierda y de la derecha, ha instalado a España en un bloqueo que tiene paralizado todo a nivel nacional y autonómico, y que además de esto está asolando con el prestigio de las propias instituciones. Posiblemente lo de menos es la creciente percepción negativa de los políticos por el hecho de que el bloqueo daña al Parlamento y al Consejo de Ministros, ahoga financiaremente a las comunidades autónomas y también hipoteca la fortaleza de España para encarar los signos de debilitamiento económico o bien la contestación del Estado a la rebelión independentista contra la sentencia del «procés». El inconveniente no ha hecho sino más bien medrar desde las elecciones generales de 2015, que Mariano Rajoy ganó, no pudo regir y hubo que ir a la primera reiteración electoral. Desde entonces no ha habido Gobierno que haya gobernado si bien se salvaran las apariencias con el pacto que firmaron el Partido Popular y Ciudadanos, y que en la práctica ya fue la base a fin de que populares y naranjas compitiesen por ver quién se colgaba las medallas más positivas sin reformas relevantes en ningún campo. Y desde ese momento la rueda del hámster ha seguido virando sin más ni más inercia que la rivalidad en la izquierda y en la derecha. Este pulso es lo que explica cuál ha sido el resultado de la no negociación en la que han estado entretenidos los partidos desde los comicios de abril. En la izquierda se han boicoteado. En la derecha estaban persuadidos de que habría pacto entre el Partido Socialista y Unidas Podemos hasta el último segundo, y a esta premisa han hipotecado su estrategia. Acá se explica el doble mortal que debió hacer Rivera el pasado lunes, a costa de corregir su estrategia por el hecho de que estaba concebida para el presunto de un Gobierno de Sánchez con apoyo de Iglesias. Ayer de noche quedó estrenada formalmente la nueva campaña. En teoría va a ser la más corta de la historia de la democracia, está valorada en una semana tras la reforma que impulsó el Gobierno en funciones de Rajoy por si acaso no había pacto en 2016. Mas realmente no se ha suspendido desde la noche de las elecciones generales de abril.

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