Muertes, torturas y delaciones por intentar huir del terror comunista



Hans Peter Strelzyk, técnico de vuelos del Ejército de la RDA, de 37 años, y Guenter Wetzel, de 24, decidieron escapar a la República Federal Alemana, libre, capitalista y realmente democrática, donde los estándares de vida eran considerablemente más elevados. Empeñaron sus ahorros para adquirir una casa de campo a veinte quilómetros de la frontera con la Alemania occidental. Las dos familias se dedicaron entonces a reunir toda la seda posible para edificar un globo de veinte metros de diámetro y se pusieron a coser. La tarea de colección de material, que incluía bombonas de gas y placas de acero, y el trabajo de construcción lo hicieron con el mayor secreto posible. Cualquier comentario indiscreto o bien vecino inocente podía ser un cómplice de la Stasi. El temor, como se refleja en la película, era su compañero diario. El primer vuelo, efectuado en el mes de julio, fracasó por carencia de gas. La Stasi, la policía política, empezó a pisar los talones de las 2 familias. El entorno era muy similar al que George Orwell describía en «1984»: un Gran Hermano que todo lo veía, sabía y refrenaba. El segundo globo era una plancha, donde se acomodaron los 4 chicos al lado de las bombonas, y los adultos se amarraron a la plataforma. El instrumento se elevó en la madrugada del domingo 16 de septiembre. Tomó una altura de 2 mil metros y una velocidad de cuarenta quilómetros a la hora. A los veinte minutos aterrizó en un campo de cereales de un pequeño pueblo de la Alta Franconia. Solo deseaban que sus hijos no creciesen en un régimen que limitaba la libertad de las personas a través del terror. 155 quilómetros de Muro Las 2 familias no fueron las únicas en escapar de una manera épica. El Muro se edificó para eludir que la gente escapara del «paraíso soviético» alemán. Walter Ulbricht lo mandó edificar en 1961 tras la masiva marcha de personal cualificado a la zona occidental. El Muro se fue sofisticando conforme las personas lo sorteaban, hasta el momento en que se estructuró en un área con once barreras diferentes en los 155 quilómetros del Muro. Contaba con más de 300.000 policías fronterizos que patrullaban túneles, ríos y caminos. El primero en huir fue Conrad Schumann, un soldado cuya imagen dando el salto sobre la valla de espinos dio la vuelta al planeta. Era un 15 de agosto de 1961. Se transformó en un símbolo. Desde entonces la Stasi le persiguió por donde fuera. Quedó maltrecho y muy perjudicado por la opresión, y en 1998 se suicidó. Pese a esto, más de dos.700 soldados de la Alemania oriental prosiguieron su ejemplo y abandonaron. El día de hoy hay un mural en su honor en la estación de O bien-bahn de Bernauerstrasse. Un mes después, el 25 de septiembre de 1961, Frieda Schultze, de 77 años, brincó al vacío a fin de que la recogiesen un conjunto de bomberos que la pasaron al lado occidental. En el último mes del año, el maquinista Harry Deterling atravesó con su tren la valla de espinos de la frontera, cargado de pasajeros, y llegó hasta Spandau. Su familia se quedó con él, mas muchos viajantes decidieron por temor regresar a la RDA. Heinz Meixner, enamorado, inventó un plan de fuga poquísimo complejo. Metió a su prometida y a su suegra en un vehículo. Anteriormente desmontó el parabrisas, la una parte de arriba del vehículo, tal y como si fuera descapotable, y desinfló las ruedas. Esto le dejó el cinco de mayo de 1963 pasar por el Checkpoint Charlie a toda velocidad sorteando por altura la barrera del control fronterizo. Wolfgang Engels tuvo una ocurrencia: hurtar un vehículo blindado Panzer y atravesar el Muro. Entabló amistad con unos soldados, que le enseñaron a manejarlo sin sospechar sus pretensiones. Cuando aquellos se fueron a cenar, Wolfgang tomó el vehículo. Era un 17 de abril de 1963. Atravesó las calles de Berlín a lo largo de 20 quilómetros. Fue saltándose los semáforos aprovechando que era un vehículo militar. Se estampó contra el bloque de hormigón, salió del vehículo, se enmarañó en las alambradas, recibió ciertos disparos y llegó al Oeste. Allá le atendieron unos peatones y subsistió. La RDA le puso en una lista negra por hurto y deterioro de propiedad estatal. Hubo otros más listos, como el ingeniero de Dresde que edificó un submarino pequeño con planchas y un motor de moto, y escapó. Bastantes personas marcharon por túneles que se iban numerando conforme la cantidad de personas que lograban atravesar la frontera. El más conocido fue el 57, construido por 2 ingenieros para reunirse con sus mujeres, que estaban en Occidente. En la noche del tres al cuatro de octubre de 1964 escaparon 57 personas por el túnel, de 145 metros de largo y 12 de profundidad, construido en el sótano de una panadería descuidada. Iban a salir 120, mas las Stasi lo descubrió y no dio tiempo a más. Mas la enorme escapada se generó en el verano de 1989 aprovechando los permisos que se concedían para viajar a países de la Europa del Este. El mecanismo era sencillo: una vez en Hungría, Polonia, Checoslovaquia o bien Bulgaria solicitaban asilo en la embajada de la República Federal de Alemania, o bien sencillamente pasaban la valla cara Occidente. La marcha fue tan masiva que desbordó a las autoridades de la Alemania Federal. El gobierno de la RDA, encabezado por Erich Honecker, encolerizó. Culpó a Occidente y a los reformistas de los países socialistas. Conminó con una «solución china», como en Tiananmen, aniquilando a la población civil. La verdad es que los asesinatos tuvieron sitio desde el comienzo, ya fuesen de personajes conocidos, como el futbolista Lutz Eigendorf, al que mató la Stasi el cinco de marzo de 1983 tras escapar de la RDA y fichar por el FC Kaiserslautern. Las cantidades de asesinados son abrumadoras: 70.000 entre marxistas sospechosos, disidentes, pro-occidentales, opositores y desertores. Procuraron saltar el Muro cerca de 100.000 personas, y solo lo lograron cinco.000. Se estima que unas mil fueron asesinadas a balazos cuando procuraban huir. El nueve de noviembre de 1989 cayó aquel símbolo de la barbarie, ese Muro de Berlín que tantas vidas había truncado. La celebración popular sobre el derrumbe se encuentra entre las imágenes históricas más esenciales del siglo veinte. Era el inicio de una nueva temporada. El comunismo soviético y sus alrededores tenían los días contados.

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