Hölderlin, el venturoso orate de la torre de Tübingen, atisbó el camino de la redención, que es como una casa en el límite: «Allí donde está el riesgo, medra asimismo lo que nos salva». Hay que acercarse al vórtice para percibir la llamada, para encontrar la mano salvadora. O bien dicho de otro modo: sin caída no hay renacer posible, sin pecado no hay absolución. Ni quizá conocimiento.A principios de los 70, Paul Schrader, crecido en una comunidad calvinista en la que las películas estaban condenadas, creía en el «cine trascendental»: en Ozu, Bresson, Dreyer, a los que dedicó una tesis en 1972. Creía, por lo tanto, en «Ordet» y en los milagros, en que «allí donde está el riesgo, medra asimismo lo que nos salva» o bien, como afirmaría Kierkegaard, que ni tan siquiera la muerte es «la enfermedad mortal». Solo le faltaba experimentarlo por sí solo. Y eso fue bien pronto.Durante múltiples semanas deambuló como un zombie por las calles de la ciudad de Los Ángeles. Recién separado de su mujer, de su amante y de la American Largometraje Institute, endeudado hasta las cejas, no halló más camino que el de la autodestrucción: «Deambulaba de noche, no podía dormir pues estaba muy deprimido –cuenta en una entrevista de los 70–. Me quedaba en cama hasta las 4 o bien 5 de la tarde y después decía: “Bueno, ahora puedo tomar una copa”. Conque me levantaba, tomaba una copa, me llevaba la botella y empezaba a caminar por las calles en mi vehículo de noche. Una vez que cerrasen los bares, iba a ver pornografía. Hacía esto toda la noche, hasta la mañana, y lo hice a lo largo de unas 3 o bien 4 semanas, un síndrome muy destructor hasta el momento en que una úlcera me salvó: no había estado comiendo, solo bebiendo».

Un ataúd de hierro

Cuando reapareció, sintió la necesidad de contar esa aventura urbana resumida en una poderosa metáfora: «Una persona en una caja de hierro, un ataúd, flotando en torno a la urbe, mas supuestamente solo». Un taxista con pasado (la guerra de Vietnam), sin futuro claro y con un presente deprimente, condenado a deambular entre putas, chulos y camorristas, aguardando la purificación: «Algún día va a llegar una auténtica lluvia que va a limpiar las calles de esta escoria».Ese guion y ese personaje, Travis Bickle, surgidos del trauma personal de Schrader (llegó a confesar que lo escribió esencialmente para no suicidarse o bien terminar orate, con una pistola cargada en el cajón), llegaron a las manos de Martin Scorsese, un italoamericano bajo que había sobresalido con «Malas calles» y que pronto vio en la atormentada religiosidad de Schrader y en su pasión nihilista por los abismos, la horma de su zapato. Ese encuentro creativo entre los dos es uno de los instante estelares de la historia del cine. Juntos rodarían 4 películas, entre ellas la excelente «Toro salvaje» y la discutida «La última tentación de Cristo», censurada por el propio padre calvinista de Schrader, que se manifestó en contra suya.Scorsese supo del guion de «Taxio Driver» en 1972, mas Columbia no le dio el visto bueno para el rodaje hasta el 76. Hollywood estaba mudando a pasos desmedidos y las grandes productoras comenzaban a hacerse eco del trabajo de los nuevos realizadores que terminarían por mudar la historia del cine en USA y, por consiguiente, en el planeta. El Nuevo Hollywood venía manifestándose desde finales de los 60 y cintas como «El graduado», «Easy Rider» y «Pequeño gran hombre», entre otras muchas, habían probado que la fórmula de renovación estaba calando entre el público y cuajando en grandes éxitos de taquilla. Hollywood, siendo consciente de la necesidad de subsistir, se amoldó a contenidos más peligrosos, precisamente lo opuesto de lo que ocurre en estos instantes.A día de el día de hoy, semeja imposible concebir «Taxi Driver» sin Robert de Niro en el papel de Travis. No obstante, el personaje estuvo circulando entre múltiples aspirantes, entre ellos Jeff Bridges, Neil Diamond y hasta Dustin Hoffman, que siempre y en todo momento lamentó no haber admitido. De Niro era, sin embargo, la opción perfecta. Su amistad con Scorsese databa de viejo y su sintonía era y es manifiesta hasta hoy con «El irlandés». El intérprete se había consagrado últimamente con el Oscar por «El padrino II».

El taxista De Niro, con licencia

El proceso de preparación para este personaje límite por la parte de De Niro afirma mucho sobre la dedicación profunda del actor a sus interpretaciones. Si bien rodaba «Novecento» de Bertolucci en Italia, sacó tiempo para, en sus regresos a N. York, hacerse con un taxi y vivir de primera mano a lo largo de unas semanas el turno a la noche de un auténtico taxista. El Harry Ransom Center de Austin conserva la licencia original de De Niro, con data de expiración de 31 de mayo de 1976.Para entonces, «Taxi Driver» ya se había estrenado y había ganado la Palma de Oro en Cannes, con mucha polémica, eso sí, por su violencia liberada y el papel de la joven ramera Iris, interpretada con solo 12 años por Jodie Foster. La actriz contó años después que Scorsese, De Niro y Harvey Keitel «se quedaron atrapados en el Hotel du Cap y no salieron mucho». Además de esto, para eludir la calificación X en los cines de USA, el equipo del filme debió rebajar la saturación de las escenas con sangre del último tramo.Con todo, la cinta consiguió 4 nominaciones al Oscar, si bien no se llevó ninguna. Sí consiguió 2 Bafta: uno para Foster y otro para Bernard Herrmann, mítico músico de una banda sonora imborrable que fue, además de esto, la última de su larga carrera. Pero el público dictó una sentencia más que conveniente del filme. Consiguió sumar 28 millones de dólares americanos en taquilla y había costado solo uno con tres. Un pelotazo para Columbia.Con el tiempo, esta película en apariencia kamikaze se ha transformado en uno de los grandes tradicionales del cine. Más de 40 años después prosigue apresando merced a un guion lleno de estruendos y de furia, de soledad capitalina, al lado del pulso de un directivo callejero y la interpretación impecable de De Niro, que ha dado al séptimo arte ciertas escenas más indispensables del mismo. Es el caso del renombrado «¿Hablas conmigo?» de Travis frente al espéculo, jugando con su abundante arsenal de armas, un monólogo improvisado por el propio De Niro.El descenso a los averno de Travis, su nihilismo de corte dostoievskiano («Memorias del subsuelo» estaba como referente de Scorsese y Schrader), halla en la profunda fe de los dos cooperadores una redención inopinada. La sangre lava las heridas y Travis prosigue en la calle, al volante, con un futuro dudoso, mas por un instante reconciliado con el planeta y el planeta con él. «Allí donde hay riesgo, medra lo que nos salva», que afirmó Hölderlin, el orate de Tübingen.Desde el comienzo de su carrera como directivo es posible rastrear la presencia de Martin Scorsese como actor en sus grabes. Los cameos arrancan con «Boxcar Bertha» (1972) y «Malas calles» (1973) y siguen hasta trabajos más recientes como «Hugo» (2011) y «El lobo de Wall Street» (2013). Mas su aparición doblemente en «Taxi Driver» es la más señalada. La primera de ellas, como mero ciudadano sentado en la calle mientras que Travis (Robert de Niro) entra en la oficina del aspirante Palantine, es en puridad un cameo. La segunda, en cambio, va más allí, puesto que Scorsese tiene diálogo propio. Estaba previsto que la escena la realizase George Memmoli, amigo del directivo, que había aparecido en «Malas calles». Mas al no ser posible, Scorsese decidió actuar mismo en el papel de marido receloso que espía a su mujer desde el taxi de Travis Bickle.

Fuente: larazon.es

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *