En la Universidad de Basilea dio docencia Jules Piccard (1840-1933), un químico helvético que centró sus investigaciones en el estudio de la cantaridina y en el peso atómico del rubidio. Una trayectoria profesional que nos va a parecer infantil cuando conozcamos la trayectoria profesional de sus descendientes.

Uno de sus hijos fue Auguste (1884-1962) que, siguiendo la estela de su padre, se decantó por las ciencias y llegó a ser catedrático de Física de la Universidad de Bruselas. Fue un científico reputado, que se codeó con los «grandes» del instante, como Albert Einstein y Marie Curie.

Auguste ha pasado a la historia, entre otras cosas, pues en 1931 viajó en una cápsula presurizada hasta prácticamente los 16 quilómetros de altura. Un viaje rigurosamente científico con el que procuraba cerrar sus años de estudio dedicados a los rayos galácticos.

Auguste fue la primera persona que pudo revisar con sus ojos la curvatura terrestre, aparte de ser el primero en usar una aeronave presurizada. Parece que encargó el diseño de exactamente la misma a una factoría de toneles de cerveza.

El viaje lo hizo en compañía de su asistente, Hables Kipfer, y el punto de inicio escogido para esta gesta fue Augsburgo (Alemania). Tras llenar las observaciones procuraron sin éxito descender, flotando sin control a lo largo de más de 15 horas sobre Italia, Austria y Alemania.

Cuando ya se les daba por fallecidos fueron salvados en el glaciar de Gurgl, en los Alpes austriacos, a más de 1.900 metros de altitud. Como sentenció un cronista contemporáneo, la historia de la aventura supera la ficción.

Maestro Tornasol
Auguste vivió la mayoría de su vida en Lausana, en donde era simple reconocerle por su aspecto desgalichado, frente despejada, un enorme mostacho y lentes de montura redonda.

Con esa guisa Auguste inspiró un personaje imborrable del cómic, un simpático sabio de afilada perilla, cabeza en forma de lámpara, sueco como una tapia y enormemente despistado. En 1944 el belga Hergé incorporó a Auguste, bajo el seudónimo de maestro Silvestre Tornasol, al cosmos de Tintín.

El accidente estratosférico no fue obstáculo a fin de que Auguste viajara en 26 ocasiones más cara la conquista de los cielos, en alguna de ellas con su mujer, que efectuaba las labores de fotógrafo. En 1937 decidió mudar el campo de estudio y apuntar cara las supones de la Tierra, aplicando al contrario los principios del globo aerostático edificó por primera vez un submarino al que bautizó como batiscafo.

Descenso a las fosas Marianas
El relevo en las investigaciones oceanográficas lo tomó su primogénito Jacques (1922-2008). A principios de 1960, así como su asistente Don Walsh, logró descender hasta los 10.916 metros, en el extremo sudoeste de la fosa de Las Marianas.

Jacques se aproximó como mucho semejante al Infierno, un sitio a más de mil atmosferas de presión, absoluta obscuridad y a 4°C.

El hijo de Jacques, y ya estamos en la cuarta generación, lleva por nombre Bertrand (1958), estudió medicina y llegó a ejercer la especialidad de siquiatría mas, como sus ancestros, el ánima de Ícaro no tardó en florecer.

En 1999 protagonizó una enorme proeza al dar la vuelta al planeta a bordo de un globo aerostático, aquella aeronave con la que sus abuelos llegaron a la estratosfera. En el 2015 empezó una aventura considerablemente más temeraria: dar la vuelta al planeta a bordo de un aeroplano solar.

La aeronave fue bautizada como “Solar Impulse II”, en ella Bertrand, así como André Borschberg, lograron llenar la vuelta a la Tierra en diecisiete escalas, un viaje que se alargó dieciséis meses y con una velocidad media de cuarenta quilómetros a la hora.

¿Con Bertrand se pone fin a la saga de los Piccard? Me agradaría meditar que no… que a los genes de esta especial familia les quedan muchos desafíos por conquistar.

Pedro Gargantilla es médico internista del Centro de salud de El Escorial (la capital española) y autor de múltiples libros de divulgación.

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