La ciencia es el enorme icono del progreso y avanza, como afirmaría Isaac Newton, sobre hombros de gigante. Mas a fin de que haya firmeza deben existir buenos cimientos y es una obligación de todos perseguir el fraude científico.

El engaño es un arte y, por desgracia, asimismo existe en el campo científico. Existen estudios que se visten con el traje del éxito cuando verdaderamente no lo son. Hay autores a los que no les treme el pulso en copiar a compañeros, otros que silencian los resultados que no salieron como se aguardaba o bien, sencillamente, hay autores que falsean datos.

Es verdad que no todo es exactamente lo mismo, mas en estos 3 supuestos la ciencia se mueve en las aguas pantanosas del engaño. Nuestro Diccionario de la Academia De España define como fraude una acción contraria a la verdad y a la integridad que daña a la persona contra quien se comete, en un caso así, contra la comunidad científica y, por tanto, contra la humanidad.

Impudicia científica
Uno de los fraudes más sonados de la Historia fue el Hombre de Piltdown, un supuesto descubrimiento paleontológico al que se atribuyó -a lo largo de 4 largas décadas- el honor de ser el eslabón perdido de la evolución humana. Al final se probó que todo había sido una impostura y que verdaderamente el descubrimiento correspondía a la manipulación de un cráneo humano con una quijada de orangután.

El enigmático estafador aún prosigue en el anonimato, si bien muchas son las voces acreditadas que apuntan al escritor Arthur Conan Doyle como el creador del mayor fraude de la historia de la antropología.

En 1911 el estadístico y genético R.A. Fisher sugirió que los resultados conseguidos por Gregor Mendel, el padre de la genética, eran demasiado ceñidos a lo aguardado y apuntó que, tal vez, fueran espurios, manipulados exprofesamente a fin de que se amoldaran a la teoría.

Más artístico y original fue el fraude de William Summerlin, un estudioso que sombreó con máculas negras la piel de unos ratones para probar su éxito en los trasplantes cutáneos de animales.

Muchas manzanas podridas
Si hiciésemos un Guinness de los Records de la «engañología» -un término acuñado por Federico di Trocchio-, nos hallaríamos en la primera situación a un anestesista japonés: Yoshitaka Fujii.

Este galeno se ideó en torno a 170 artículos en poco más de 8 años. Fue la Sociedad Nipona de Anestesista la primera en advertir ciertas irregularidades en sus publicaciones, que iban desde la falsedad de datos estadísticos hasta la invención de pacientes inexistentes.

El científico japonés desplazó a otro anestesista, en un caso así teutón, a la segunda situación. Joachim Boldt falseó datos en más de noventa publicaciones, aparte de no contar con las preceptivas aprobaciones de los comités éticos para efectuar sus estudios.

A estos 2 grandes genios del fraude les prosiguen Yoshihiro Sato y Diederik Stapel, con 59 y 58 publicaciones retiradas, respectivamente.

En el año 2005 Martinson publicó un artículo en la reputada gaceta «Nature» en el que mantenía que el 11% de los estudiosos encuestados había aceptado efectuar prácticas de investigación «cuestionables» en algún instante de su carrera.

7 años después, la gaceta «PNAS» publicaba un artículo en el que se señalaba que el fraude científico lejos de reducir, se ha multiplicado por diez desde 1975 y que la enorme mayoría de los trabajos que han sido retirados se deben a engaños intencionados.

En ciertos casos es muy complicado combatir los fraudes pues han calado hondo en la sociedad y tienen decenas y decenas de miles y miles de seguidores por todo el planeta. Esto ha sucedido, por poner un ejemplo, con la publicación del gastroenterólogo británico Andrew Wakefield, que en 1998 vinculaba la vacunación triple viral –que resguarda en frente de las paperas, sarampión y la rubeola- con la aparición de autismo.

Si bien hoy día está más que probado que Wakefield no solo manipuló los datos sino asimismo falseó la información para percibir una compensación económica, el día de hoy muchos son los que prosiguen actuando de altífonos de esta afrenta científica.

Pedro Gargantilla es médico internista del Centro de salud de El Escorial (la villa de Madrid) y autor de múltiples libros de divulgación.

Fuente: ABC.es

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