A principios del año 1809 el dominio francés en la Europa continental era más que indiscutible, no obstante, en las primeras semanas de abril los austriacos reiniciaron sus hostilidades contra los galos –la famosa como Guerra de la Quinta Alianza- y parecieron tomarles la delantera.

Esta situación fue aprovechada por los ingleses, que en el mes de julio de ese año lanzaron una fuerza expedicionaria, cara la desembocadura del río Escalda, con 42 mil hombres –la mayor de la historia hasta ese instante-.

La operación fue dirigida por John Pitt –segundo conde Chatham- y sir Richard Strachan, un militar conocido entre sus compañeros por su excepcional medida, una destreza que envolvió la maniobra en un ritmo endemoniadamente lento.

La meta del contingente británico era desembarcar en la isla de Walcheren y desde allá destruir navíos, astilleros y arsenales de las urbes de Amberes y Flesinga.

Del paraíso al averno
La campaña, en sus principios, fue considerablemente más fácil de lo aguardado, hasta el punto de que un soldado del 77º Regimiento escribió: “cuanto más veo de este país, más me agrada. Con cierta frecuencia disponemos nuestra mesa bajo la sombra de exuberantes frutales y gozamos de los placeres de la vida rústica”.

Aquella primera impresión pastoril no tardaría en deformarse, en tanto que la contestación francesa no se hizo aguardar. En la zona había unos 9 mil militares bajo las órdenes de Louis Monnett que asediaron sin cuartel a los ingleses, aparte de anegar el terreno, para complicar su movilidad, a través de la apertura de las compuertas de los diques.

El tiempo meteorológico tomó partido en favor de los batallones napoleónicos y a lo largo de los días siguientes una profusa lluvia empantanó la zona.

Todos estos ingredientes favorecieron que el 19 de agosto se empezase una horrible epidemia entre las filas del ejército británico, la que sería famosa como la fiebre de Walcheren.

Los galenos poco podían hacer
Los soldados británicos empezaron a manifestar una clínica muy ostentosa, una constelación de síntomas en la que no faltaba la fiebre, la debilidad extendida, la hinchazón de la lengua, la carencia de hambre, la inflamación abdominal, la dolor de cabeza y el dolor de las extremidades.

Un mes tras el comienzo del brote el número de hospitalizados se elevaba hasta 8 mil y el porcentaje de enfermos superó el cincuenta por ciento, había más soldados inficionados por los miasmas que combatiendo contra las huestes francesas.

El cuerpo médico tomó cartas en el tema y trató a los enfermos con las medidas terapéuticas al empleo, a saber: sangrías, lavativas, diferentes géneros de tónico, entre los que se hallaban el vino caliente, las infusiones con corteza de quinina, los salitres disuelto en malta… se llegó aun a transportar agua desde Inglaterra.

Uno de los oficiales dejó anotado que el número de óbitos era tan elevado que un cabo y 8 hombres fueron destinados de forma taxativa a oficiar las liturgias funerarias, las que se hacían a la noche, sin honores militares y en una completa obscuridad para eludir desanimar a la soldadesca.

Una combinación de agentes biológicos
La expedición que padeció la fiebre de Walcheren acabó oficialmente en el mes de febrero del año 1810, con un cuarenta por ciento de la tropa expedicionaria enferma y con un número de fallecidos que se elevó hasta prácticamente los 4 mil.

En el conjunto de los supervivientes, un número nada desdeñable quedó con secuelas crónicas, hasta el punto de quedar inhabilitados para servir en el ejército a lo largo del resto de su vida.

Con el sereno y los avances científicos que nos da la distancia histórica, es realmente posible que la fiebre de Walcheren fuera una combinación de múltiples enfermedades infectocontagiosas. En el coctel biológico habría que incluir al tifus exantemático, la malaria, las fiebres tifoideas y las paratifoideas, en otras palabras, una amalgama de infecciones imposible de mitigar con las medidas sanitarias y también higiénicas de la temporada.

M.Jara

Pedro Gargantilla es médico internista del Centro de salud de El Escorial (la capital española) y autor de múltiples libros de divulgación.

Fuente: ABC.es

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