Fruto de su dilatada historia imperial y guerrera, Japón alberga una serie de fortificaciones medievales que relucen aún con exactamente el mismo esplendor que cuando fueron construidas hace 5 siglos.
El popularmente conocido como castillo Negro está en Matsumoto, a un corto camino desde la estación de tren. Sin duda, es la primordial atracción de la localidad. Se accede a él por unos magníficos jardines, con puentes sobre estanques artificiales y frutales que destacan la figura de esta fortaleza construida en sus edificios primordiales plenamente en madera.
Pagodas que se sobreponen unas sobre otras hasta llegar a seis alturas se asientan sobre unas bases de piedra cuyos muros en forma de abanico los hacían muy defendibles. Además de esto, aún se pueden contemplar las aberturas por las que los asilados en la construcción lanzaban grandes piedras rodando muro abajo para “desanimar” a los asaltantes. Este procedimiento defensivo se fortalecía por las pequeñas aberturas por las que los arqueros remataban la faena.

El castillo Matsumoto, el país nipón.
(Prasit Rodphan / Getty Images)

Matsumoto es el castillo más antiguo de el país nipón. Los fosos ya estaban construidos en 1504, y más tarde se levantaron las dependencias que ahora se visitan y que muestran lujosas salas en las que radicaban los señores feudales, su familia, su corte y las más prosaicas de los soldados y otro personal socorrer. En el piso más elevado se establece el altar de la protectora diosa de la 26ª noche y, en la torre aneja, el observatorio de la Luna, añadido a mitad del siglo XVII sin finalidades científicas, por pura estética.

Matsumoto está en la prefectura de Nagano, perfectamente comunicada con las primordiales urbes del país. Los visitantes, merced a la eficiencia de los trenes japoneses, acostumbran a pasar una jornada parcialmente en la urbe y irse sin hacer noche. Quienes optan por pernoctar en Matsumoto descubren una bellísima urbe con museos destacadísimos: el de ukiyo-y también (grabados tradicionales en madera) y el de artesanía popular, dos balnearios y –para foodies– la mayor plantación de wasabi del país.

El castillo de Himeji, Japón.

El castillo de Himeji, el país nipón.
(SeanPavonePhoto / Getty Images)

Como contraposición al castillo Negro, Himeji presenta el castillo de la Garza Blanca, puesto que su silueta es tan grácil que a los nipones les recuerda a esa ave a puntito de emprender el vuelo.
La fortaleza de Himeji resalta por su aspecto nevoso y está encerrada en un complicado sistema de muros protectores que la hacían inexpugnable, si bien ello jamás se llegó a saber, puesto que jamás fue atacada. La torre primordial tiene 5 plantas y fue el primordial símbolo del poder del sogunato Togugawa, desde el año 1603.
Hay 2 curiosidades del castillo de Himeji que atraen mucho a los visitantes: uno es el patio del Suicidio, ubicado en el flanco oriental, y que conforme ciertos historiadores sería el sitio íntimo en el que los señores feudales o bien altos funcionarios deshonrados se quitarían la vida de forma ritual. El otro aspecto que resulta irreprimible tanto para los amantes de la historia, como de la arquitectura y del cine es que el cineasta Akira Kurosawa rodó entre los muros de este castillo su monumental
Ran
, un juego de tronos avant la lettre.

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Himeji está a “tiro de piedra” de la ciudad de Osaka y Kobe (a 50 y 80 quilómetros respectivamente), las urbes esenciales más próximas.
La tercera de las joyas protectoras medievales japonesas está en Kumamoto, si bien se trata de una reconstrucción en cemento tras un pavoroso incendio a mitad del siglo veinte. No obstante, el aspecto es magnífico y las pocas estancias que se salvaron del fuego prosiguen presentando sus estructuras de madera.

El castillo Kumamoto, Japón.

El castillo Kumamoto, el país nipón.
(carl173 / Getty Images)

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