Por si quedaba alguna duda, la semana que termina hoy ha acabado de disiparla: la era de los tipos de interés negativos ha venido para quedarse. El pasado martes, Mario
Draghi, presidente del Banco
Central
Europeo (BCE), sorprendió al mercado al anunciar que se plantea bajar más los tipos de interés o recuperar el programa de compra de bonos que concluyó en diciembre. ­Sólo un día más tarde, el miércoles, la Reserva
Federal de Estados
Unidos (Fed) discutió sobre una próxima bajada de los tipos de interés.
Lo anterior no sería extraordinario si no fuera por el momento en el que se produce. La eurozona ya dejó los tipos en el 0% hace tres años y cobra un 0,4% a los bancos por sus depósitos. Además, acaba de inyectar 2,5 billones de euros a la economía. Estados Unidos, por su parte, tiene los tipos en el 2,5%, sí, pero su PIB crece al 3% y su tasa de paro es del 3,6% de la población activa.

Entonces, ¿por qué hacen falta más estímulos para la economía? Enric
Fernández, economista jefe de CaixaBank, cree que “lo que nos dice la situación actual es que, para sostener niveles de crecimiento razonables y tener inflación, son imprescindibles los tipos bajos; se cree que sólo así habrá inversión y consumo y evitaremos que la inflación sea demasiado baja”.

Tanto el BCE como la Fed ligan su política monetaria a aproximar la tasa de inflación al 2%

El incremento de los precios es uno de los mantras de la economía. “O un fetichismo”, como lo califica Juan Ignacio Crespo, asesor del fondo Multiciclos Global FI
Renta4. Es verdad. Tanto el BCE como la Fed persiguen una inflación cercana al 2% y han puesto toda la política monetaria a su servicio. Pero no hay inflación. En Europa, permanece en el 1,2% y no se espera que se acerque al 2% en años. En Estados Unidos, con una economía más adelantada en el ciclo, está sólo en el 1,8% pese a los buenos datos macro y a la cantidad de estímulos fiscales.

Desde la Gran Recesión, los bancos centrales de todo el mundo se han empleado a fondo con una combinación de medidas clásicas y otras menos ortodoxas. Entre las primeras, la laxitud en la política monetaria, que consiste en bajar al máximo los tipos de interés para reactivar la economía. Junto con esto, tanto el BCE de Draghi como la Fed de Janet Yellen –que a principios del 2018 cedió su puesto a Jerome Powell– y otros bancos centrales inyectaron billones en sus economías, fundamentalmente interviniendo en el mercado de deuda.
El fin de esta medida no convencional era ayudar a quienes estaban en apuros, para que pudieran pagar, y abaratar la financiación de todos los agentes económicos para que gastaran. Y esto –sobre todo, lo primero– se ha conseguido con creces. La peor recesión global en 60 años quedó atrás, pero el sistema se rige hoy con otras normas.

La liquidez casi sin fin propiciada por los bancos centrales ha provocado el desplome de las rentabilidades en el mercado global de la deuda. Hasta el punto de que, sin alternativas seguras, el dinero fluye a los bonos aunque no den casi nada o tengan rentabilidades negativas. Suiza tiene toda su deuda –desde las letras hasta los bonos a 30 años– en negativo. Y cada vez más países ven como la deuda a corto, medio y largo plazo entra en rojo o baja su rentabilidad a la mínima expresión.

La rentabilidad de los bonos soberanos se ha desplomado y permite financiarse casi gratis

Pese a eso, la deuda se sigue colocando entre los amos de las finanzas mundiales sin problema. “El que compra bonos sabe que le sale a cuenta quedarse con bonos que no dan nada porque es una opción mejor que mantener su liquidez”, apunta Fernando García, director de mercado de capitales de deuda de Société Générale en España y Portugal. El trade off o sacrificio se asume bajo la premisa de que hoy la seguridad absoluta no sólo renta poco, sino que cuesta dinero.
Lo saben de sobra los ahorradores. Los bancos no retribuyen los depósitos. No hay donde invertir sin riesgo y ganar dinero. La era de los tipos bajos es también la de la represión financiera: los que han hecho las cosas bien están financiando a su pesar a quienes se endeudaron hasta las cejas.

Pero la política monetaria actual, que lo apuesta todo al crecimiento y la inflación, tiene otras consecuencias inevitables. El dinero barato ayuda a disparar el precio de determinados activos como los inmobiliarios o las bolsas por la vía de la demanda y, al mismo tiempo, complica la selección natural del mercado. Siguen vivos quienes, en circunstancias normales, llevarían tiempo enterrados al no poder pagar un retorno por su dinero muy superior al que tienen hoy. Y eso –premiar al ineficiente– tiene un coste económico y moral.

Los ahorradores salen al rescate de familias, empresas y los países hiperendeudados

No es el único. Los ultratipos de interés también impactan, por ejemplo, en la banca y las aseguradoras, que en plena revolución digital tienen que buscarse la vida sin poder contar con márgenes financieros. Sobre todo, al invertir en deuda o al gestionar carteras de préstamos a tipos variables a muy largo plazo. El Euribor cayó el viernes hasta el -0,2%. Nunca las cuotas de las hipotecas fueron tan bajas, lo cual es fantástico para las familias, pero complejo para la banca, que debe rehacer su negocio. “El sector financiero se dirige a una nueva consolidación hacia entidades mayores para ganar eficiencia por la vía de la reducción de costes”, explica Ramón Forcada, director de análisis y mercados de Bankinter. El proceso ya ha empezado, pero se acelerará en los próximos años.

Nadie otea la vuelta a la normalidad en la política monetaria. Casi nadie lo ve posible. El mercado espera ahora el próximo pronunciamiento del BCE sobre su forward guidance, su hoja de ruta. “Es importante no tanto lo que prometa sino el mensaje en el que se envuelva el anuncio y si vincula sus movimientos futuros a la inflación o fija un horizonte temporal”, sostienen desde el departamento de estudios de Banc Sabadell.
Mientras llega el cambio, las familias, las empresas y los países deberán seguir lidiando con el estado de excepción del momento. Aprovechar los muchos aspectos positivos y estar preparados para lo que venga. “Sería bueno que saliéramos de esta situación porque significaría que crecemos más”, dice Crespo. A corto plazo, no es previsible que suceda. “En Estados Unidos vienen mal dadas”, avisa Fernando García. La era de los tipos bajos seguirá cuando la economía se desacelere con fuerza o llegue la tan temida recesión. ¿Quién y cómo pondrá entonces el motor en marcha?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *