No tuvo capa, mas aprendió a volar. No era fiel, mas tenía fe en el poder transformador del cómic. No era activista, mas militaba de forma consciente contra el racismo y la intolerancia. No era Errold Flynn, mas tenía exactamente las mismas ganas de comerse el planeta. No estaba hecho de fuego, mas lo parecía. Stan Lee comenzó su carrera en el negocio de los cómics con apenas 17 años y su ascenso meteórico a la cima del éxito ocurrió a tal velocidad que apenas tuvo tiempo de aterrizar en el planeta real. Un año tras trabajar como asistente en la presente editorial de Marvel (famosa previamente como «Timely Comics»), fue ascendido a argumentista y publicó su primera historieta de 2 páginas para un número de «Capitán América».Si algo tuvo claro este neoyorkino hijo de inmigrantes desde las primeras destelladas de sus principios fue la idea de que pese a la tendencia (que se desarrollaría más adelante por ciertos ámbitos de la crítica) en el momento de clasificar sus historias como escapistas, evasoras o bien entretenidas, en suma, pastillas momentáneas contra el tedio de simple digestión y precipitado olvido, no debía pasar desapercibido el calado social y filosófico de muchas de las construcciones de los personajes de Marvel y de las tramas que estos protagonizaban. Tanto es con lo que en una de sus consagradas columnas de fondo amarillo que estuvieron desde 1965 hasta 2001 coronando la parte trasera de cada cómic bajo el título de «Stan’s Soapbox» y transformadas con el tiempo en uno de los faros del progresismo en los cómics más significativos del siglo veinte, Lee afirma: «Incluso la literatura más escapista de todas y cada una como los cuentos de hadas de otrora y las leyendas heroicas contenían puntos de vista morales y filosóficos. En todos y cada campus universitario donde puedo charlar, hay tanta discusión sobre la guerra y la paz, sobre los derechos civiles y la llamada rebelión juvenil como en nuestras gacetas de Marvel. Ninguno de nosotros vive en el vacío, ninguno de nosotros está totalmente al lado de acontecimientos rutinarios que dan forma a las historias que conforman nuestra vida –continúa–. Y claro que los cuentos pueden llamarse escapistas en el instante en el que te hacen huir de la monotonía de lo usual, mas el que algo se cree por diversión, no quiere decir que debamos cubrirnos el cerebro mientras que lo leemos».

Héroes de carne y hueso

La humanización de ciertos personajes de sus co-creaciones al lado del historietista Steve Dikto como Spider-Man, Pantera Negra, Hulk, Thor, Iron Man o bien los miembros de los Vengadores, los X-Men y Los 4 Fabulosos que siempre y en todo momento acababan apoyándose en la existencia de un punto enclenque, una flaqueza que les hiciese sentir como personas pese a ser héroes, marcó un punto de inflexión en la manera de interpretar las emociones de estos iconos de la cultura pop, tal como señalaba hace unos años en una entrevista a Kevin Smith: «Básicamente, si teníamos una fórmula para todos era que sabíamos que hacíamos fantasía. Teníamos sujetos que podían volar o bien arder en llamas. Mas lo que me preguntaba continuamente era de qué manera serían sus vidas si esas personas existiesen. Y eso es exactamente lo que deseé hacer con Los 4 Fantásticos».Una fórmula, la de empapar de profundidad y proximidad el carácter de sus personajes, que ahora, apenas un año tras su fallecimiento, vuelve a ponerse de manifiesto en la última novela que dejó escrita el autor de universos más admirado de los últimos tiempos.En «Alliances. Un juego de luz» (Duomo, 2019), Lee edifica al lado de la especialista en cultura pop y cronista política Kat Rosenfield las bases de un nuevo planeta encabezado por una generación de jóvenes héroes con notable tendencia a la rebeldía que van a deber enfrentarse de nuevo a un mal que amenaza con destruir el planeta. Con un cuestionamiento directo: «¿Qué es más real, el planeta en el que nacemos o bien el que nos creamos?» al comienzo de la novela, el escritor que deseó ser como Burroughs interpela al lector para iniciar el relato de una historia en la que la tecnología juega con la propia realidad y que protagonizan Nia, una talentosa pirata informático que halla en la amistad virtual de las redes sociales un cobijo instantáneo mas deficiente contra la soledad, y Cameron, un aspirante a youtuber con capacidad para supervisar ordenadores y dispositivos electrónicos con la psique.En la obra se establece un discute sobre las identidades virtuales y la corrupción en la burbuja digitalEn este libro dedicado a todos esos lectores cuyas primeras historias fueron los mitos modernos que se hallan en los cómics, Stan Lee repite la ecuación que le transformó en la psique creativa más esencial del cosmos Marvel y establece un interesante discute sobre identidades virtuales y la corrupción humanística que se genera en una burbuja tecnológica cuyas consecuencias de aislamiento, sistematización y pragmatismo resultan a la perfección extrapolables a nuestra realidad. Donde ya antes hubo vigoréxicos hombres verdes, mujeres azules que eran capaces de transformarse, hombres lobo con garras retráctiles o bien cronistas con cualidades de arácnidos, ahora hay estudiantes corrientes con apariencias nada estridentes cuyas particularidades radican en la necesidad de cambio de todos . Tal y como si de un capítulo de «Black Mirror» se tratase, obscuro, siniestro y compasado, las redes sociales se transforman en un aliado peligroso de la modernidad y al tiempo en una herramienta utilizable para procurar salvar a los humanos de una inminente extinción. Los ritmos azarosos y también incontrolables con los que en muchas ocasiones se mueve la creación pueden llegar a superar el compás de la propia vida y justo un mes ya antes de fallecer Lee, la novela se adelantó a su final y se presentó en la Feria de Fráncfort dejando ya buena perseverancia de una acogida que se presagiaba como triunfante entre los abundantes fanes del cerebro creativo de Marvel.

Ansia por el mañana

El pasado y el presente, conforme Lee, se fusionan en esta «historia llena de tecnologías tentadoras», tal como mismo la define en las primeras páginas, «que te van a hacer anhelar el mañana, al paso que nuestros personajes se esmeran por localizar las contestaciones de hoy». Si algo queda claro tras bucear en la sicología de los personajes que se encaran a esta nueva aventura es que el nivel de identificación que puede llegar a sentir un lector de la generación de Nia y Cameron es absoluto. Pues, al fin y al cabo, el hecho de tener cualidades inusuales no les inutiliza en el momento de sentir lo que sienten todos, de elaborarse exactamente las mismas preguntas, de padecer de exactamente la misma manera, de tener idénticos temores.Uno de los primeros trabajos que tuvo Stan Lee fue, paradójicamente, redactar obituarios, y de ahí que no resulta extraño ver fallecer en los cómics de forma muy frecuente a muchos de sus personajes, tal y como si, de alguna forma, el americano intentara decir que conoce bien el lenguaje de los finales. Leer las páginas de esta obra y zambullirse en los universos inabarcables de su imaginación mediante las palabras, puede llegar a concretarse en una eficiente herramienta para devolver a la vida la figura de alguien que jamás tuvo capa, mas aprendió a volar. De alguien que logró que todos los otros quisiesen hacerlo.El inconfundible «productor ejecutivo Stan Lee» que figura en todos y cada uno de los créditos finales de las películas de Marvel forma parte ya no solo del imaginario colectivo de una temporada, sino más bien del sello de distinción de una maquinaria gigantesca cuyo engranaje no ha dejado de marchar ni un minuto. Con «Alliances. Un juego de luz», el argumentista conserva la consagración del cine de superhéroes. Los derechos cinematográficos de la obra ya han sido vendidos a Hollywood, si bien aún se ignora quiénes la protagonizarán. Tras el estreno de «Vengadores: Endgame» y la última polémica liberada por las declaraciones de Scorsese sobre la incierta calidad de este género de proyectos llegando a considerarlos de todo menos cine, semeja que el estreno de otra saga de Marvel llega en forma de cuajo en la mesa. Solo la aceptación del público y su coherente traducción en la taquilla van a poder confirmar si la fuerza y el alcance de la «supermajor» sigue siendo algo invencible.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *