La noción del viaje está en la base argumental de numerosas películas bélicas. En «Apocalypse Now»(1979), de Francis Ford Coppola, con ese tortuoso río que remontan los protagonistas; «El soldado Ryan» (1998), de Steven Spielberg, que una parte de las playas de Omaha para internarse en la Francia de la Segunda Guerra Mundial, y, evidentemente, en «1917», de Sam Mendes. Esto entronca con algo muy enraizado en Occidente, toda esa mitología sobre el héroe que de manera oportuna explicó Joseph Campbell en sus libros y que viene de la «Ilíada» de Homero y la partida de Aquiles y Ulises cara Troya. Una peripecia de corte tradicional y recorrido circular que termina completándose con el retorno de los guerreros al hogar (la «Odisea»), algo que asimismo ha tratado el cine en rebosantes ocasiones, como prueban «Nacido el cuatro de julio» (1989), de Oliver Stone, o bien «El cazador» (1978), de Michael Cimino, por mentar dos títulos.

Desde la retaguardia

Una aventura que no es solamente exterior, a través del desplazamiento de una geografía, sino más bien asimismo interior, en el que los personajes terminan desprendiéndose de su identidad (o bien de su inocencia o bien su juventud, por refererir otros aspectos) para, al final, tras llenar todas y cada una de las etapas que señalan su periplo, descubrirse de nuevo en las facciones de un hombre adulto. La literatura ha reproducido en infinitud de veces este esquema que va desde la retaguardia hasta el epicentro de la guerra o bien el enfrentamiento y que, en el fondo, no es más que un descenso a los avernos, en la línea de los tradicionales helenos o bien en la del inmortal relato de Joseph Conrad «El corazón de las tinieblas».Sam Mendes, que el día de ayer visitó la capital de España para presentar su último trabajo, que se estrenará el 10 de enero, semeja continuar esta idea en «1917». Su pretensión es conducir a los espectadores, durante un eterno plano secuencia que recuerda «Birdman» (2014), de Alejandro González Iñárritu, desde la retaguardia de las líneas inglesas de la Primera Guerra Mundial, donde los pelotones descansan delante de un prado, a la guerra. Un recorrido que resalta con el paulatino deterioro que los soldados presentan en sus uniformes, sus semblantes y su cinismo o bien hipocresía. «Es verdad que se puede querer esa repercusión de la mitología –comenta el realizador– si pensamos en las escenas que he rodado a la noche, con esas luces tan intensas que deseé plasmar y que a muchos les recordarán el inframundo. O bien cuando uno de los protagonistas cae al río y después surge del agua, que se podría interpretar como que ha vuelto a la vida. Mas, si ha salido de esta manera, fue de una forma inconsciente, pues no era el propósito inicial. Lo que sí deseaba, mas prácticamente desde cierto punto de vista instintivo, no premeditado, era retratar ese paisaje infernal con imágenes prácticamente surrealistas que en extraños instantes aparecen en la película».El cineasta ha partido de los recuerdos de su abuelo, lo que había escuchado en la familia. En ese sentido, coincide con Christopher Nolan, que rodó «Dunkerque» asimismo con la pretensión de honrar al suyo (habría que sumar a esta nómina a Peter Jackson con su reportaje sobre el enfrentamiento del 14). «Chris Nolan y medramos a la sombra de la Primera Guerra Mundial. Era una enorme sombra sobre nosotros. Medramos perjudicados por esa batalla. Cada año en G. Bretaña se recuerda con una celebración. Todos damos clases de poesía en los institutos con los poemas que se escribieron sobre lo que ocurrió. Es parte integrante de nuestra cultura».Sam Mendes reconoce que «siempre se me quedó en la cabeza uno de los relatos que escuché a mi abuelo, el de unos soldados que debían dar un mensaje y lo bastante difícil que era cumplir con ese cometido mediante las líneas de trincheras y la tierra de nadie». Y, exactamente, este es el razonamiento que impulsa la cinta. 2 reclutas británicos deben llevar una orden a la primera línea de fuego para detener el ataque previsto al amanecer y eludir una matanza. La pareja de combatientes elegidas por los oficiales, interpretados por George MacKay y Dean-Hables Chapman emprenderá esa misión contrarreloj mediante un paisaje dantesco, sembrado de túneles, cadáveres y alambradas. «Siempre me ha maravillado este enfrentamiento, mas no por la osadía que se sobrentendía en los combatientes. Muchas de las cosas que escuchaba solamente eran historias sobre la fortuna y la coincidencias. En el momento en que me acordé de una de ellas, la que reflejaba la épica de dar un aviso a fin de que no se lance un ataque, me afirmé, puesto que vamos a hacerlo, mas en grande, y en 2 horas de tiempo real. Puede parecer una insensatez, mas creo que eso aporta bastante».Mendes advierte que su filme no es ningún aviso o bien «advertencia de nada» y que «jamás he estado interesado en el patriotismo. Lo más relevante para mí era contar la experiencia de lo que es la guerra para los que están inmersos en ella. Es lo que más me importaba. Adoro a mi país mas esta película no va sobre las maravillas que R. Unido hizo entre 1914 y 1918. Tampoco he intentado representar a los alemanes como personas desalmadas. En verdad, podía haber rodado esta historia y haber alterado la nacionalidad de los personajes y que fuesen, por poner un ejemplo, alemanes. No es lo relevante para mí. En lo que me deseaba centrar, y lo que deseábamos reflejar todo el equipo, son las experiencias que supone pasar por un enfrentamiento de dichas peculiaridades y enseñar la verdad tan grande que existe detrás. Mi planteamiento era soltar a 2 personas allá y ver de qué forma se desenvuelven en unas circunstancias en las que están desprovistos de clase social y de todo cuanto acostumbras a tener en tu casa. Y, evidentemente, reflejar al tiempo, o bien por lo menos eso he tratado, qué implica retornar con tu familia cuando has estado en el frente». Sam Mendes se introduce de esta manera en una película que, explica, va «mucho más sobre la supervivencia y en de qué forma subsistir que en el heroísmo. En verdad, estos 2 personajes que llevan la carga de esa misión al comienzo no desean ir».

En busca de una Europa libre

Uno de los aspectos que Sam Mendes rehuye es el moralismo, introducir una idea que el público pueda interpretar en clave actual. «En esta temporada estamos combatiendo por una Europa libre y unida, y estaría realmente bien rememorar ahora que todo cuanto tenemos se puede destruir de forma fácil o bien que jamás se debe tener una suerte de añoranza de la guerra o bien de lo grande que ha de ser conquistar un país. Mas tampoco es uno de los propósitos de la cinta. Lo que deseaba enseñar en el cine era el caos y la destrucción que siempre y en toda circunstancia acompañam a las guerras».Mendes matiza su argumentación y afirma que, «para educar toda esa confusión y los desastres que conllevan las acciones bélicas, no pretendía limitarme a códigos corrientes, lo quería hacer de una forma singular, como una persona que se asoma a la habitación de al lado a través del ojo de una cerradura. Nunca he pretendido darle todo hecho al espectador, sino más bien inconcluso, que se pregunte: ¿eso que acabo de ver es una rata o bien no lo es? Lo que significa proponer una película más exigente desde todos y cada uno de los ángulos y, asimismo, muy, muy diferente. Lo más difícil, por poner un ejemplo, fue cuando los actores debían pasear juntos, uno al lado del otro, mas sin charlar, pues, realmente, se están desplazando por el infierno: atraviesan granjas, huertos con árboles… La amenaza que les espera –prosigue– en todos y cada paso que dan es tan tangible… deben sentir temor y al verla todos podemos querer que algo sucederá en cualquier instante. Realmente, hay poca sangre. En este sentido, tiende, por el suspense que he tratado de imprimir a cada escena, a las películas de terror o bien un thriller. Su mirada es más psicológica».Muchas vueltas ha dado la filmografía de Sam Mendes (en la imagen) desde el instante en que se presentara en Hollywood por lo alto con «American Beauty» (1999). De la mano del ahora desterrado Kevin Spacey, el realizador iba a hacerse con el Oscar a la Mejor Dirección con su ópera prima. Su carrera proseguiría ligada a la historia de América con otros títulos como «Camino a la perdición» (2002) y «Revolutionary Road» (2008). Hasta el momento en que en 2012 le dio otra vuelta de tuerca a su producción: la saga de James Bond llamaba a su puerta y iba a ser el máximo responsable de los 2 siguientes títulos del agente secreto: «Skyfall» y «Spectre», las dos con Daniel Craig y, en la primera de ellas, al lado de Javier Bardem. Ahora, vuelve a mudar de registro para apostar por el cine bélico. Concretamente, por la Primera Guerra Mundial. Un enfrentamiento que en palabras del británico siempre y en toda circunstancia ha estado ligado a su familia y a su abuelo, la persona que le transmitió los recuerdos de la temporada.

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