La madre de todos los “blockbusters”



julián herrero – MadridMucho ya antes que mito, «Ben-Hur» fue una película –y todavía ya antes un libro, mas esa es otra historia–. Y no fue una cualquiera, sino más bien un megaproyecto creado para triunfar por narices: consiguió una inversión única hasta ese momento (15 millones de dólares estadounidenses), calcaba a su predecesora (la «Ben-Hur» del 25, que había sido un éxito), heredaba la inercia y material de «Quo Vadis?» y se aprovechaba de las propias circunstancias de la temporada, que demandaban un relato bíblico que sirviese de consuelo espiritual frente a la amenaza de una nueva guerra.Y mucho ya antes que todo ello, «Ben-Hur» sencillamente habían sido unos pocos versículos del Evangelio de San Miguel: «Cuando nació Jesús, en Belén de Judea, bajo el reinado de Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén y preguntaron: “¿Dónde se encuentra el rey de los judíos que termina de nacer? Por el hecho de que vimos su estrella en Oriente y hemos venido a adorarlo”». Fueron estas líneas las que «capturaron mi imaginación más que cualquier otro pasaje de las Escrituras», comentaba Lewis Wallace de su novela de 1880 (feto del mito hollywoodiense). Una cita que se hacen cargo de rememorar en «El libro del 60 aniversario» que publica Notorious Ediciones como celebración del estreno de la cinta de William Wyler.

Un interés superior

Aquella estrella que guiaba a los magos y aquel bebé en pañales, en apariencia igual al resto, fueron el arranque del «Ben-Hur» de Wallace y, por extensión, de los que le imitaron. «La Biblia era el lógico punto de inicio –explica Miguel A. Hidalgo en la nueva publicación–, mas, dado su desconocimiento de la interpretación religiosa del libro sagrado, Wallace la había usado como referencia para las apariciones de Cristo que, desde un comienzo, tuvo claro que habían de ser escasas. «El objeto del interés superior», comentaba, del lector, mas jamás del héroe de la novela. Habiendo decidido un principio y un final, para el centro lo idóneo era «mostrar las condiciones políticas y religiosas del mundo» con la esperanza de que «demostrasen la necesidad del Salvador». Una historia que capturó al propio autor hasta el punto de reconocerse «un fiel a Dios y en Cristo» al concluir exactamente la misma. Exactamente el mismo 12 de noviembre de 1880, con la publicación al cargo de la editorial Harper & Brothers, nacía la historia de leyenda y con ella la factoría de millones. Tras múltiples versiones teatrales, el siete de diciembre de 1907 se anunciaba «A Roman Spectacle», inmediatamente uno de los títulos más demandados del instante. «El 1 de febrero, la policía de la ciudad de Atlanta debió intervenir para vaciar una sala totalmente congestionada frente a la cantidad de público que aguardaba verla», recoge el libro en el que al lado de Hidalgo escriben Juan Luis Álvarez, Víctor Matellano, Alejandro Melero y Joaquín Vallet. Era una película demasiado primaria para tenerla en consideración, mas había sido calificada como «el más soberbio espectáculo cinematográfico nunca producido en América».Sin embargo, la primera gran película del texto de Wallace sería «Ben-Hur» (1925), de Fred Niblo. Los cuatro millones de dólares estadounidenses de inversión de la Metro Goldwyn Mayer (MGM) se retribuyeron en taquilla con otros 10. Suficiente bagaje para que en 1952 la productora pensase en cotas más altas efectuadas a «imagen y semejanza», apunta Vallet Rodrigo, de la versión del 25. Mas, ¿qué le hizo meditar a la Metro en modernizar el tradicional? La situación: «En 1949 las epopeyas cristianas empezaban a copar una gran parte de las superproducciones llevadas a cabo por las «majors», hasta el punto de erigirse en genuinos seguros de cara a un inmejorable resultado comercial», como probaron «Sansón y Dalila», «Quo Vadis» y «La túnica sagrada». Y solo 3 años después, en el 52, Hollywood se hallaba en arduos problemas –la asistencia a los cines había bajado un 20%– y supuestamente en la MGM es donde más afectaba el bache. Por aquellos años el estudio solo se salvó por «Quo Vadis» (1951), «la única cinta de la Metro entre las 20 más taquilleras desde 1940», recuerda Fidalgo: «Mervin LeRoy la había grabado en la ciudad de Roma aprovechando los ingresos de las películas de MGM que el gobierno italiano tenía bloqueados como medida de protección, y Mayer había autorizado el empleo de fondos auxiliares para acabar de reconstruir los estudios de Cinecittà y levantar un enorme circo, el palacio de Nerón, una villa romana y parte de la vieja metrópolis –continúa–. Todo ello, al lado de miles y miles de trajes, cortinas, alfombras, vajillas de cristal y 10 carruajes, prosigue estando a predisposición de MGM, que no puede sacarlo de Italia». Con lo que tenía sentido que otra película se favoreciese. Circunstancia que hace que, en el último mes del año de 1952, se autorice la puesta en marcha de una nueva versión de «Ben-Hur», cuyos derechos todavía están en posesión del estudio. Para entonces, conforme Hidalgo, «la versión de 1925 es solo una referencia en los libros de Historia y absolutamente nadie ha vuelto a verla desde 1933». Mas en el entorno quedaba su apabullante triunfo y el hecho de que había servido para poner a la inexperta MGM en el pelotón de cabeza. «Además, una parte de los ingresos de “Quo Vadis?” están del mismo modo bloqueados en el país trasalpino y si la jugada ha funcionado una vez, no hay motivo para meditar que no pueda hacerlo nuevamente. En el mes de junio de 1953, el nuevo «Ben-Hur» es una realidad y, para octubre, MGM anuncia que la película será rodada por año siguiente», agrega Hidalgo.

«Valores bíblicos»

El guion de 350 páginas que comienza a trazar Karl Tunberg es leal al original de Wallace, salvo en 3 modificaciones esenciales incluidas en la versión de 1925: el trasladar la aparición de Simonides y Esther al principio de la trama, la muerte de Messala en la carrera y la conclusión de la película con la escena de la Crucifixión. Va a ser solo el comienzo de un proyecto que tardaría años en arrancar entre cancelaciones, cambios y demás. Hasta el momento en que a mediados de la década, como recuerda Hidalgo, «la situación da un vuelco. La Guerra Fría y el incremento de las pruebas nucleares soviéticas conminan con una nueva y más asoladora guerra, y el ciudadano medio estadounidense asiste en masa a iglesias y asambleas religiosas en pos de consuelo espiritual. Hollywood es siendo consciente de ello y, tras el éxito de «La túnica sagrada», de Henry Koster, todos y cada uno de los estudios ponen en marcha producciones «diseñadas para enfatizar los valores bíblicos» que no solo deben valer para progresar los resultados en taquilla en frente de la amenaza de la creciente TV, sino más bien asimismo para congraciar a la industria del cine con el Comité de Actividades Antiamericanas y su poderosa repercusión en la sociedad».Tras múltiples cambios en la directiva de la Metro, el proyecto sobre el que el estudio desea basar su renacer prosigue siendo «Ben-Hur», y, en el mes de febrero de 1957, el productor Sam Zimbalist da con su directivo ideal: William Wyler, «el único que puede entregar al filme de aquello que debe hacerlo diferente al resto», se comenta en el libro: «Alma y humani-dad». Wyler se interesa mucho en la escena de la carrera, mas es Zimbalist el que le recuerda que no está en la película para eso, sino más bien para proveer al largo de algo «íntimo y bueno. La amedrentad es el corazón de la historia y, proporcionalmente, el espectáculo es tal vez la décima una parte de toda la película». El directivo admite condicionando la resolución a localizar un protagonista ideal, si bien es una compañía que asimismo le agrada, alén del salario –el más grande hasta la fecha–, por poder ser afirmativo con algo que hasta ese momento apenas ha tocado en sus películas: el judaísmo (Wyler es hijo de judíos centroeuropeos). Con los nombres de Burt Lancaster, Paul Newman y Rock Hudson, entre otros muchos, descartados, es en el primer mes del año del 58 cuando se confirmaría a Charlton Heston como cabeza de cartel en el papel de Judah Ben-Hur, un hombre con una carrera como pocos, puntualiza Melero: «Plagada de éxitos indelebles y mantenida durante décadas». Incluso pasarían meses hasta el momento en que se cerraran todos y cada uno de los detalles de una grabación que no escatimaría en recursos en unos platós de Cinecittà, en la ciudad de Roma, hechos a la medida durante siete meses: 1.000 obreros, 400 quilómetros de cilindro metálico, 300 de madera, 450.000 kilogramos de yeso, 40.000 toneladas de arena blanca de playas próximas… Lo que hiciese falta para levantar una producción histórica que arrancó en la primavera de 1958 y que, merced a Weyler, sacó lo mejor de Heston: «Chuck, necesito que mejores en este papel», solicitaba el directivo.–Ok. ¿Qué precisas que no te esté dando? –contestaba el actor––No lo sé –de nuevo Wyler–. Si lo supiese, sería simple. Te lo afirmaría y lo harías, mas no sé lo que es. Sé que no es de mucha ayuda, mas debía decírtelo.Y vaya si lo dio.

¿Se amaron Ben Hur y Massala?

¿Qué une con tanta pasión a Judah Ben-Hur (Charlton Heston) y Messala (Stephen Boyd)?, se preguntan los historiadores y seguidores de cine gay. Y es que «Ben-Hur» ha estado asociado a la cultura homosexual desde el instante en que su versión muda de 1925 se viese como un genuino escándalo, como recogía Vito Russo en «El celuloide oculto» (1981). Le intrigaba un plano en el que se torturaba a un esclavo absolutamente desnudo y en el que, lejos de parecer un mártir, se le plasmaba como un objeto de deseo. Una tónica frecuente en el cine de romanos, en el que se aviva la fantasía de un planeta lleno de hombres sudorosos que no precisan otras mujeres. Con respecto a la versión del 59, Gore Vidal, uno de los 5 argumentistas charló en 1995 de su trabajo para la introducción de un subtexto homosexual. Mas más locuaz fue el propio Heston en 1977, en un tstimonio que recoge Jeff Rovin en «The Largometrajes of Charlton Heston»: «(… )No es la historia de Ben-Hur y Esther. Es una hisoria de amor entre Ben-Hur y Messala, y de la destrucción de ese amor se transforma en odio y venganza». Juzguen .

Fuente: larazon.es

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