Lo había sobre aviso Greta Thunberg un par de días ya antes en Washington. «El grueso del alegato debe corresponder a los expertos», afirmó a los miembros del Congreso al paso que exhibía el Informe Singular del Conjunto Intergubernamental de Especialistas sobre el Cambio Climático (IPCC). «No deseo que me escuchen. Deseo que escuchen a los científicos y deseo que se unan a la ciencia. Y después deseo que tomen medidas reales», agregó. Sus palabras, igual que desde hace unos meses sus ademanes de queja, retumbaban fuertemente en EE UU, y singularmente entre los pequeños y los jóvenes, que la consideran una heroína verde. Miles de ellos, congregados en el bajo Manhattan, callejuelas del Lower East Side, enfilaban cara la plaza Foley, cerca de Chinatown, lugar desde el que estaba previsto que la manifestación cruzara una parte de la isla. Imposible determinar cuántos estudiantes se sumaron a la huelga, mas a juzgar por el movimiento en las calles, y por los datos que ofrecían los medios, parecía un día grande para la causa. Al fin y al cabo el departamento de Educación del municipio que encabeza el regidor Bill de Blasio, que termina de anunciar que abandona la carrera a las primarias demócratas, dio el día de asueto a los chavales. Siempre y en todo momento, eso sí, que contaran con el permiso de sus progenitores para hacer novillos. Nada menos que un millón largo. Y la llamada no prendió solo en Nueva York: durante todo EE UU, desde las 2 costas hasta los pueblos del interior, el viernes verde, el viernes de la huelga contra el cambio climático, ganaba fuerza. Al tiempo, a propósito, que California, y otros 13 Estados, demandaban al presidente Donald Trump por anular su autoridad para establecer los límites permisibles para las emisiones de gases contaminantes en los vehículos. Una batalla que, alén del sentido que pueda tener y como todo cuanto huele a 2020 y la carrera por la Casa Blanca, convierte la batalla por la urgencia climática, la discusión por los efectos de las emisiones de dióxido de carbono, en un campo abonado para la pendencia electoral y la división en banderías partidistas y partisanas discusiones de los respectivos seguidores. Naturalmente, cuando menos en el instante de redactar estas líneas, el presidente no se había referido al particular, interesado como estaba, en cambio, en discutir vía Twitter los pormenores de su última pelea con la prensa. Scott Martelle, columnista de «Los Angeles Times», escribía una llamada a las armas en la que advierte de que «estamos alén del punto de no retorno del cambio climático, que ha sido un factor para obligar a millones de personas a emigrar, incrementando la extinción de especies y nutriendo tormentas más intensas y también inundaciones». Acción radical Mas no todos comparten el entusiasmo de políticos como De Blasio. Por servirnos de un ejemplo, en un editorial, el «New York Post» ya ha protestado con lo que comprende el patrocinio total y acrítico del Gobierno a un punto de vista particular, defendiendo «no solo que la actividad humana contribuye significativamente a los cambios climáticos, sino es una amenaza a nivel de extinción que justifica una acción radical concreta. Y el adoctrinamiento es implacable». «A este paso», abundaba, «los verdaderos rebeldes adolescentes van a estar muy tentados de presentarse a la manifestación para abrasar carbón». EE UU alcanza de esta forma las vísperas de la Cima por el Cambio Climático en Naciones Unidas. Un encuentro que conforme ha descrito el secretario general de la Organización de la Naciones Unidas, António Guterres, debe servir como llamamiento a los mandatarios políticos y económicos para presentar «planes específicos y realistas» y «soluciones a nivel nacional para 2020, on-line con la intención de reducir las emisiones en un 45% a lo largo de la próxima década, y a cero emisiones netas para 2050». «Quiero saber de qué forma vamos a detener el incremento de las emisiones para 2020», comentó, «y de qué forma reduciremos drásticamente las emisiones para lograr unas emisiones netas cero a mediados de siglo». Entre los anhelos de los activistas y los científicos está concretar una agenda realista que deje movilizar fuentes de financiación públicas y privadas a fin de «impulsar la descarbonización de los campos prioritarios» y avanzar en la transición energética, la reducción de emisiones, tanto a nivel global como local, «con un enfoque en nuevos compromisos sobre edificios de bajas emisiones, transporte masivo y también infraestructura urbana; y resiliencia para los pobres urbanos». N. York, Filadelfia, Washington… todas las grandes ciudades de la Costa Este alcanzaron el mediodía de el día de ayer con los estudiantes en las calles repitiendo las consignas que se vieron en otros lugares del planeta. Rara vez en la historia reciente del país la ciudadanía estadounidense ha adoptado la armonía de una convocatoria realmente global.

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