Como hormigas por el campo

Cada gran urbe que puebla la tierra, lleva impresa una marca de sangre en los ladrillos más viejos de sus calles. Los mancharon guerras, traiciones y cruentas revoluciones. Y cuanto más vetusta es la urbe, más sangre la empapa. Esta regla se cumple en especial en Samarcanda, donde las refulgentes grandes madres de bóvedas azules apenas logran esconder el tinte colorado que las sostuvo vivas. Por esta urbe llena de mitos cabalgó victorioso Alejandro Magno, fue acá donde asesinó a lo largo de una noche de festejos a su amigo y general Clito el Negro. Gengis Kan la asoló a lo largo de sus campañas en Asia central y los romanos lucharon ensañadamente para hacerse con ella. Incluso las tropas soviéticas la tomaron y defendieron con violencia de los soldados uzbekos que amagaron con recobrarla, sin éxito, hasta la caída terminante de la URSS.Tantas luchas y desgracias por supervisar la urbe encuentran una explicación relativa en que Samarcanda fue por muchos siglos un punto clave de control en la Senda de la Seda, algo como un enorme matorral que deben atravesar todas y cada una de las hormigas para llevar su comestible al hormiguero. Este matorral es un pequeño reposo en el largo camino de vuelta al hormiguero, acá hay rocas frescas donde reposar unos minutos y brotes verdes que comer. Aun alguna despierta que desea ahorrarse el camino recoge acá sus brotes. De ahí que es esencial para la fila de hormigas ser las dueñas del matorral, no deben dejar que ninguna araña o bien conjunto de langostas lo tomen. Si tomamos este matorral y lo hacemos arder, las hormigas van a deber interrumpir su fila. Si cobramos impuestos, las hormigas no van a tener más antídoto que entregarnos la mitad de sus espigas para continuarse su camino. En el en caso de que arranquemos el matorral, se van a ver obligadas a mudar su caminito y pasar por otro matorral que asimismo tengamos y nos merezca más la pena.

El arquitecto técnico de Bibi Khanum

Los regueros de sangre en Samarcanda llegan a filtrarse hasta sus cimientos. Cuenta la historia de leyenda que el arquitecto técnico de la mezquita Bibi Khanum se enamoró de la esposa de Tamerlán, el conquistador turco-mongol que llevó a la urbe a su temporada de mayor esplendor, mientras que dirigía la construcción de la conocida mezquita. Era un amor salvaje y peligroso, de aquellos que cuanto más imposibles son, más lúcidos nos sostienen por las noches, tramando ideas alocadas en pos de nuestros deseos. El prometedor arquitecto técnico perseguía a la reina en los tiempos libres de su obra, le rechazaba, insistía aprovechando que el temible Tamerlán estaba fuera de la urbe en una de sus campañas militares. Por último la reina le dejó un solo beso en la mejilla, a ver si de este modo se saciaba y le dejaba sosegada. El arquitecto técnico engallado la besó de forma fuerte, mucha fuerza, tanta que dejó una marca indeleble en la mejilla de su amada y no importó cuanto frotó esta, fue imposible borrarla. Cuando Tamerlán retornó de su conquista y vio la marca en su esposa, de forma inmediata la lanzó desde lo alto de la mezquita Bibi Khanum y dictaminó dar caza al bobo arquitecto técnico. Mas llegaba tarde. Aterrado por el castigo ineludible que recibiría a manos de su señor, se había quitado la vida poquitos días ya antes de su vuelta.

La embajada de Ruy González de Clavijo

Tanta violencia hace prácticamente impensable que absolutamente nadie haya podido dejar huella en Samarcanda sin haber pagado anteriormente el coste de sangre que requiere. Y es ahora cuando entra la figura del noble castellano Ruy González de Clavijo, embajador del rey Enrique III de Castilla y León a lo largo de los primeros años del siglo XV. Él sí logró dejar una huella de España en la urbe sin verter una sola gota. Seguramente llegó a la corte de Tamerlán temiendo por su vida, era común al fin y al cabo que en 1404 no siempre y en todo momento hubiera buena relación entre los estados cristianos y también islámicos. Puedo imaginarlo preocupado, si bien siempre y en todo momento sereno y erguido, cuando fue recibido en audiencia por el poderoso conquistador. Las primeras reverencias le impidieron fijarse en él con atención, mas una vez se sentaron al banquete y sirvieron los manjares, melones, carneros cocidos, muslos de caballo crepitantes al paladar, uvas y leche agria servidas en fuentes de plata, descubrió que Tamerlán ya era un anciano. Poco quedaba del robusto conquistador cuyos párpados comenzaban a desplomarse por la edad, y no tuvo que pasar siquiera un año antes que la Parca se lo llevase.Es tal la riqueza y la exuberancia de esta gran capital que contemplarlas es una maravilla.Palabras de Ruy González Clavijo al describir SamarcandaPero más increíble le resultó la deliciosa cultura que rodeaba al rey en todo momento. Aunque militar fiero de profesión, Tamerlán era amante de la pintura y la poesía, y en su corte se codeaban los mejores artistas del imperio, siempre y en todo momento prestos a recrearlo con un poema. En aquella sabrosa cena, Tamerlán no conminó con rodar la cabeza del mandado de España, ni la de cualquier otro. Más bien se deshizo en loas cara las tierras hispanas y Enrique III, sumamente interesado por nuestra cultura, siempre y en todo momento preguntando y escuchando atentamente las explicaciones de Clavijo. Los próximos días mostró Samarcanda al castellano y los asombros de este se acentuaron. Presenció atónito de qué manera el monarca ordenaba derribar una parte de la mezquita levantada en honor a su esposa – que afirman subsistió al empujón de Tamerlán años ya antes, merced a que los pliegues de sus ropas redujeron la caída – para volverla a reconstruir en el espacio de diez días. Ojiplático fue testigo de de qué manera cien elefantes traían en sus lomos bloques de mármol blanco proveniente de la India. De esta manera lo plasmó por escrito en su libro Embajada de Tamerlán, donde contó sus aventuras en Samarcanda a lo largo del año 1404.

Madrid, el distrito de España de Samarcanda

Los meses que Clavijo pasó en Samarcanda le llevaron a intimar escuetamente con Tamerlán, los dos acabaron por ser geniales amigos, y ningún otro embajador europeo logró nunca sostener una relación estable con el poderoso conquistador. Así, los españoles logramos aportar nuestro grano de arena en la historia de la urbe, sin precisar molestas guerras y avaricias desmesuradas: lo hicimos por medio de la amistad, la mejor arma que tenemos, tomando buen vino y gozando copiosos banquetes.Fue tal la admiración que profesó Tamerlán por nuestro héroe, que decidió renombrar un distrito de Samarcanda en honor a la urbe que le había visto nacer. Ese fue nuestro toque en la compleja y colorida porcelana de Samarcanda, ese nombre tan bonito aun en sus horas más oscuras: Madrid. El único de Asia. Y precisamente 6 siglos después, en 2004, las autoridades de la urbe asimismo nombraron una de sus avenidas como el embajador de España que tantas maravillas charló de esta tierra enigmática para nuestros ancestros. la villa de Madrid y Clavijo, España y un de España, han empapado desde ese momento una pequeña una parte de la gloriosa urbe uzbeka, probando al planeta que sí, se pueden marcar las páginas de la Historia por medio de un ademán tan fácil como es la amistad. Sin precisar guerras ni de apetito.

Fuente: larazon.es

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