En el hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares (Madrid), las opiniones se inclinan a favor de Beatriz López, de 38 años. “No puedo creer que ella, la Beatriz que trabaja con nosotros desde hace 15 años, haya hecho eso tan horrible. Es una buena chica, trabajadora, simpática, cumplidora…”, dice una compañera, también auxiliar de enfermería. Eso tan horrible de lo que habla es el asesinato de dos ancianas, una en el 2015 y otra en el 2017, cuando estaban ingresadas en el hospital. Al menos eso es lo que asegura la fiscalía, que pide para ella 40 años de prisión. Las acusaciones particulares quieren más: la prisión permanente revisable. El abogado de Beatriz López pide la absolución porque, asegura, su defendida no ha hecho nada. Alguien tuvo que matar a esas dos mujeres inyectándolas grandes cantidades de aire, pero “ella no fue”.

Beatriz López conoce bien el hospital Príncipe de Asturias. No en vano, Alcalá de Henares es la ciudad que la ha visto crecer casi al mismo tiempo que al centro hospitalario. Nacida en el seno de una familia trabajadora, López desde joven estuvo dispuesta a arrimar el hombro. De hecho, cuidaba a la hija de una vecina cuando estos estaban trabajando.
Creció, se enamoró y tuvo una niña, que ahora tiene 10 años. Del padre, poco se sabe en estos momentos, según fuentes próximas a la acusada. Eso sí, en esos tiempos de formar una familia suscribió una hipoteca para comprarse su vivienda familiar.

Esa hipoteca explica, según sus allegados, que ella trabajara mucho en el hospital, que doblara turnos, que hiciera más noches y que las que tenía libres, las ofreciera para cuidar a pacientes ingresados. “Muchas auxiliares lo hacemos. El salario es bajo y cuando necesitamos aumentarlo nos ofrecemos para cuidar a aquellos pacientes que se quedan solos y no pueden contar con un familiar porque trabajan”, indica una compañera de la acusada.
Durante las largas jornadas de trabajo, Beatriz dejaba a su pequeña en casa de sus padres, donde también vive su abuelo, de 90 años. Desde hace casi dos años, el tiempo que lleva la acusada en prisión preventiva, la niña ha hecho de esa casa su hogar. “Es la salvación de los padres, el clavo al que se agarran para seguir sobreviviendo. Porque esa familia está realmente muerta en vida”, explica una amiga.

Beatriz se sacó las oposiciones a auxiliar en el 2004, una fecha que no olvidan en su casa por lo que suponía de estabilidad y tranquilidad laboral en el futuro. Además, aseguran sus allegados, era un logro que le iba “como anillo al dedo” ya que siempre había mostrado dotes de cuidadora. “Además, era en el hospital de aquí, de su ciudad”, insisten.
Pero algo pasó en ese hospital el 29 de julio del 2015, en la habitación 532-2, situada en la planta quinta de medicina interna, asignada al control de enfermería B y ocupada por una paciente de 92 años que al día siguiente iba a ser dada de alta. La anciana, que tenía colocada una vía en el brazo, muere a causa de una embolia gaseosa masiva. Le habían inyectado en el sistema circulatorio “una gran cantidad de aire” y, a juicio del fiscal, quien lo hizo fue Beatriz López, la última en salir de aquella habitación. Pero de ese asesinato, nada se supo, al menos para la opinión pública, hasta dos años después.
El 2 de agosto del 2017 ocurrió algo similar, en esta ocasión en la habitación 528, ocupada por una mujer de 82 años. Eran poco más de las tres y media de la tarde cuando las alarmas saltaron. Parada cardiorrespiratoria motivada por una embolia gaseosa masiva. El 5 de agosto, Beatriz López era detenida e ingresaba en prisión provisional en la cárcel de mujeres Alcalá-Meco.

Los cargos contra ella se asientan fundamentalmente en las grabaciones que muestran que ella fue la última en entrar en ambas habitaciones, como señaló el fiscal este mismo martes, día en el que comenzó el juicio en la Sección Tercera de la Audiencia Provincial de Madrid. Dirigiéndose al jurado popular les espetó: “¿De qué se acusa a doña Beatriz? El fiscal le acusa de haber inyectado aire en las venas a dos personas que estaban enfermas, bastante mayores y haber ocasionado con ello la muerte”. Y siguió: “¿Hay alguna imagen viendo que se lo inyectara? No. ¿Hay algún testigo que le vio inyectarlo? No”. Y terminó: “Si actúan en conciencia, no se podrán equivocar”.
A la falta de evidencias “claras” se agarra la defensa de Beatriz López, que ni ve un móvil, ni pruebas consistentes. También quienes la conocen, su familia y sus amigos más cercanos. “Ella siempre ha negado cualquier implicación en esas muertes, desde el minuto uno. E insiste e insiste”, señalan. Así lo indicó en el juicio, en el que no pudo evitar llorar porque “me han destrozado la vida”. Una vida que depende ahora de las nueve personas que componen el jurado.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *