“La luna en el mar riela, en la tela gime el viento, y levanta en blando movimiento olas de plata y azul: y va el capitán pirata, cantando alegre en la popa, Asia a un lado, al otro Europa, y allí a su frente Estambul”. La metrópoli que entroncó los versos de Espronceda espera unos tesoros que todavía el día de hoy harían las exquisiteces de piratas en busca del imponente legado de la vieja Bizancio, la imperial Constantinopla y el resplandeciente sultanato otomano. Estambul es delirio. Es lo prohibido, lo lejano, lo diferente, lo exótico; la Europa que no es, la Asia imperfecta. Es la senda de la seda y las especias; el canto de los minaretes; el oro y otros metales raros; el fragancia a té y a intenso café.

Es esta mezcla la que transforma a la urbe más grande de Europa en uno de los destinos más visitados de la república fundada por Mustafa Kemal Atatürk, padre de los turcos. Con una codiciada situación estratégica sobre el mapa, su bandera corona muchas de las colinas que asoman entre el entramado de edificios construidos con aparente descontrol. Afirman que el intenso colorado ondea en honor a los soldados caídos, y que el reflejo de la luna y las estrellas en un charco de sangre dio origen al símbolo de la nación.

La Cisterna Basílica de la ciudad de Estambul
(Tolga TEZCAN / Getty Images/iStockphoto)

Del imperio bizantino quedó la Cisterna Basílica, una joya oculta del siglo VI que ha dejado de ser un secreto para los millones de turistas que visitan Estambul. Puede guardar 80 mil metros cúbicos de agua y para levantar sus 336 columnas se aprovecharon pilares de otros sitios. La vista ya se va a haber habituado a la sutil luz del sitio cuando alcance, al final del depósito, las 2 columnas que tienen como base una cabeza de Medusa. Son las más retratadas.
Asimismo del Bizancio resultó el que el día de hoy es el cuarto templo más grande del mundo: Santa Sofía. Fue erigido entre los años 532 y 537 d.C. y su nombre significa “sabiduría divina”. Durante la historia pasó de ser catedral ortodoxa a católica, a ortodoxa nuevamente y, para finalizar, a mezquita. A sus puertas, un friso de mármol con 12 ovejas en representación de los 12 acólitos da la bienvenida al visitante. El día de hoy ya absolutamente nadie reza bajo su imponente bóveda, prácticamente ingrávida por las 40 ventanas en las que se apoya, y son los turistas quienes desfilan frente al Cristo Pantocrátor protegido por 2 grandes placas circulares con elementos islámicos.

El interior del museo Santa Sofía, en el que se pueden ver elementos católicos, ortodoxos e islámicos

El interior del museo Santa Sofía, en el que se pueden ver elementos católicos, ortodoxos y también islámicos
(slovegrove / Getty Images)

Una cinta de seguridad aparta a los visitantes del mihrab, que señala la dirección cara La Meca, y de un gato que anda por el ábside a sus anchas. Sobre sus cabezas, innumerables lámparas relucen en grandes candelabros suspendidos del techo, y en las galerías laterales las solemnes columnas originarias del templo de Artemisa acaban en labrados capiteles que mantienen 5 arcos a cada lado. Una parte de ellos se oculta tras unos andamios instalados para la eterna rehabilitación de los frescos, que no impide su apertura al público y el pago de 60 liras turcas (ocho,74 euros al cambio actual) para cruzar sus puertas.
Al salir de Santa Sofía, el canto de llamada al rezo se cuela entre el bullicio de la gente. La armonía con tintes de lamento mana de los 6 alminares de la impresionante mezquita Azul, uno de los tesoros del imperio otomano. Su nombre responde al color de los azulejos que recubran su interior y fue el sultán Ahmet quien, a inicios del siglo XVII, ordenó edificarla ya antes de partir a La Meca. A lo largo del rezo no puede visitarse, con lo que el horario de acceso es más breve y las masificaciones de turistas se hacen todavía más evidentes. La larga cola a la entrada se retrasa toda vez que un visitante se inclina para retirar su calzado poder pisar de esta manera la colorida moqueta que cubre cada rincón del templo. Como en todas y cada una de las mezquitas, el velo en las mujeres es obligatorio y todos, hombres incluidos, deben llevar hombros y rodillas cubiertos.

El interior de la mezquita Azul

El interior de la mezquita Azul
(Yarygin / Getty Images/iStockphoto)

A pesar de ser un templo, el estruendos reina en el interior. Múltiples conjuntos rodean al guía de turno, que no tiene reparo en levantar la voz a fin de que hasta el último de sus clientes del servicio se entere de la explicación y de que debe ir de forma cuidadosa con sus posesiones, zapatos incluidos. Y se lo recuerda cuando algún visitante se planta junto a ellos de forma sospechosa. Mientras, ciertos fieles rezan con las palmas tendidas cara el cielo o bien arrodillados frente al mihrab. Acá los andamios semejan haberse apropiado del interior, mas el acceso es gratis y no hay protesta que valga.
De su pasado otomano, Estambul exhibe orgullosa una de sus construcciones más majestuosas: el palacio de Dolmabahçe. La recargada puerta del Sultanato anuncia un viaje a esta temporada resplandeciente. Acá vivieron los 6 últimos sultanes del imperio y Mustafa Kemal Atatürk, quien murió entre sus paredes. Abrió sus puertas en 1856 tras 13 años de obras, y indudablemente su reliquia más exuberante es la lámpara de araña de la enorme sala de recepciones, de más de 4 toneladas. Se hizo cargo en 1852 y llegó a Estambul en 67 cajas. Su valor es inestimable.

Cada uno de ellos de los espacios del palacio refleja la temporada dorada del sultanato, mas si alguno de ellos deja al visitante con la boca abierta es la escalera central que conecta con el piso de arriba. Bajo una cúpula acristalada y una increíble lámpara de cristal, los pasamano zigzaguean con simetría al lado de un empleado que recuerda la prohibición de tomar fotografías. El camino concluye en unos extensos jardines con vistas al Bósforo en dirección Asia, en frente de una enorme puerta blanca de hierro.

La puerta señorial que da acceso al Palacio de Dolmabahçe, residencia de los seis últimos sultanes del Imperio Otomano

La puerta señorial que da acceso al Palacio de Dolmabahçe, vivienda de los 6 últimos sultanes del Imperio Otomano
(Aviator70 / Getty Images/iStockphoto)

De la república fundada por Atatürk quedó el camino a la europeización. Altos edificios contrastan con los afilados alminares que concretan el
skyline
de la metrópoli. Cuando cae el sol, luces de colores recorren las acristaladas testeras de los rascacielos y hacen sombra a las bajas construcciones, que se difuminan en la obscuridad. Contemplarlo con una buena copa de vino entre las manos es posible en el rooftop bistro bar del Hotel Barceló Istanbul. Próximo a la simbólica plaza Taksim, sus huéspedes asimismo pueden sentirse como un genuino sultán con una sesión de hamam o bien saborear los sabores de la gastronomía del país, como la tradicional çorba turca (sopa), los exquisitos meze (las homónimas tapas turcas), el crepitante lahmacun (pizza turca) o bien el baklava, un postre tan espeso como dulce en el que el pistacho es el protagonista.

¿De qué manera llegar?

La promesa de progresión de Atatürk se ha reafirmado con la inauguración del nuevo Aeropuerto Internacional de la ciudad de Estambul, cuya construcción ha costado más de 10.000 millones de euros. Todo apunta a que va a ser el de mayor tránsito en el planeta, con capacidad a fin de que transiten por él hasta 200 millones de pasajeros por año. En él aterrizan los 77 vuelos semanales directos de Turkish Airlines que parten de Barna, la villa de Madrid, Málaga, Valencia o bien Bilbao, con un coste aproximado de 180 euros.

Altos edificios contrastan con los afilados alminares que concretan el ‘skyline’ de la metrópoli

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