En el Titicaca, donde es simple observar las sorprendentes islas flotantes de tallo, los aymaras se resguardan de los malos espíritus que habitan en las alturas. Cada noche se cierran las ventanas de la casas por temor a ser el próximo. Por el hecho de que todos han oído o bien han conocido a alguien que ha sufrido el ataque del horrible Karishiri, un diablo con cuerpo de hombre que confundiéndose con las brumas de la madrugada, entra en las residencias y, tras adormir a sus habitantes con un soplo de su apestoso aliento, les extrae las grasas para venderlas después pues acá todos saben de sus supuestos beneficios. De ahí que, en las pocas casas que vemos en tierra y que se dispersan por planicies infinitas, es frecuente observar que en frente de exactamente las mismas están las tumbas de quienes ya han pasado a mejor vida. Asegura el historiador aymara José Pachacuti Santacruz que «nuestra creencia es que si pones a nuestros finados delante de la casa, te estás resguardando del Karishiri, pues el diablo nunca pisa o bien profana una tierra consagrada».

Cae la tarde y se enciende un fuego. Un viejo chamán sopla la concha y un grave sonido sale de exactamente la misma. Levanta las manos a los cielos, y conforme va cayendo el Sol entona cantos viejos de protección. «Esta es la hora del Karishiri. Se cuela por la línea que aparta las luces de las sombras y empieza a hacer el mal. Hace unos años lo tenía más simple pues entraba a nuestro planeta mediante la puerta Aramu Muru. Mas fue sellada con rituales mágicos y de ahí que debe buscar otra entrada. Afirman que a la noche se oye muy cerca de Aramu Muru una extraña música que si se mete en tu cabeza te transporta del otro lado. Y entonces estás perdido», asegura Santacruz. Así, sabiendo la localización de dicha puerta, ¿qué nos impide llegar hasta ella?

Aramu Muru se halla muy cerca del ayuntamiento de Juliaca, prácticamente a riberas del Titicaca. De ahí que no es bastante difícil acceder hasta su localización. En la actualidad es una piedra de un tamaño exorbitante, con una enorme puerta tallada en exactamente la misma. Mas está sellada. Fuere como fuere nos sentamos al lado de exactamente la misma. José vuelve a romper el silencio: «Esta zona es muy mágica. Muy cerca de acá está el cerro Kapía. Si lo ves desde los cielos te percatarás de que se semeja a un león con la boca abierta. En este cerro se han encontrado decenas y decenas de cadáveres de personas que han sido sacrificadas. Hay quien afirma que son víctimas del Karishiri; otros que los traficantes de droga y armas que navegan el lago, como son muy supersticiosos, para no perder su poder y eludir ser capturados hacen esos pagos de sangre en la montaña sagrada. Yo creo que verdaderamente esos pagos son a fin de que el Karishiri les deje sosegados, pues están en sus dominios y saben que allá no sube absolutamente nadie. Ni tan siquiera los agentes de la policía…», acaba, dejando en medio de la noche una aseveración que repiquetea como un cañonazo. Está claro que este sitio es mágico; mas la magia que acá se mueve es más obscura que el cielo de madrugada. Más todavía, si como percibimos en ese momento, se comienza a escuchar una sutil melodía… Ha llegado el instante de marchar.

Fuente: larazon.es

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