José Sacristán, Goya de Honor: «¿Retirarme? No, antes monja»


Mucho antes de que Totó descubriera la magia del cine escondido en la sala de máquinas del Cinema Paradiso,
José Sacristán (1937) rumiaba su vocación en ese Chinchón con querencia cinéfila. Allí abordó un día a Carmen Sevilla para pedirle una foto durante el rodaje de ‘La bella de Cádiz’. Allí soñó con vivir otras vidas y ser Tyrone Power.

Ese pícaro muchacho que en lugar de mirar por la rendija del cine emulaba a sus héroes y asaltaba a sus divas se convirtió en uno de los grandes de la industria, capaz de reunir a varias generaciones de cineastas en un currículum intachable. El actor, que ha trabajado con Mario Camus, José Luis Garci y Gonzalo Suárez pero también con una nueva camada de directores como Isaki Lacuesta o Carlos Vermut,
aprendió del «maestro» Fernando Fernán Gómez

que «la medida del éxito no son los premios, sino el trabajo».

Sobre esa máxima asentó una carrera en la que ha hecho de todo y, aun sin proponérselo, los galardones le persiguen. Al calor de esa voz profunda, siempre calmada y cálida que cobija a un actor con nervio incapaz de parar mientras alterna las pantallas con las tablas. «Es temerario vivir pendiente de que reconozcan si eres el mejor o no», dijo ayer el intérprete en la sede de la Academia, que le ha dado por
«unanimidad» un Goya de Honor que recogerá el 12 de febrero en Valencia.

Quiso el destino que dos de los grandes reconocimientos de la industria le llegaran el año en que se celebró el centenario del nacimiento del director de ‘El viaje a ninguna parte’, con quien trabajó, al que admiraba y todavía imita. Primero,
el premio Nacional de Cinematografía, que le concedió el Ministerio de Cultura el pasado julio. Y en noviembre el ‘cabezón’ honorífico, «por ser el rostro y la voz del cine español de las últimas seis décadas». Para seguir al pie del cañón, según él, «no hay trucos, solo la necesidad de seguir y que la gente te siga».

Un eterno juego de niños

Sacristán cerró ayer el círculo agradeciendo el reconocimiento en la sede de la institución de la que fue fundador, en parte, por las 5.000 pesetas y la firma que le pidió a Fernán Gómez. «Pobre de aquel que entienda que en este oficio ya lo sabe todo», dijo, humilde. Para él sigue siendo importante mirar atrás y reconocerse en el camino, en cada una de sus películas, aunque «algunas hay que verlas con cierta piedad». «Yo tengo mucha», bromeó, satisfecho por conservar esa magia que le hizo querer ser mosquetero, cowboy, indio, pirata; por confiar todavía en que ser otro es algo más que un juego de niños. «Para mí, lo primero sigue siendo que se crean que soy alguien que no soy y que les pase algo importante», aseguró.

A sus 84 años, aún es fiel al consejo de su maestro. Trabajo y más trabajo. Por eso no concibe la jubilación, «la nómina de desaparecidos es ya acojonante». «¿Retirarme? No, antes monja. Mientras aguante el tirón, con un mínimo de lucidez, seguiremos jugando», reconoció. A pesar de la edad, continúa siendo ese crío de Chinchón que aspiraba a ser Tyrone Power.


Fuente: ABC.es .

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