Aquellos, los Mundiales del 2017, terminaron siendo los Mundiales de Katinka Hosszú, la diosa húngara de la natación. En aquellos tiempos, todo Budapest, todo el deporte húngaro, viraba en torno a ella, en torno a Hosszú.
El marketing era enorme. Se formaban colas frente a los tenderetes de souvenirs que rodeaban el Duma Arena, la piscina de los Mundiales. Los húngaros corrían a buscar los productos de Iron Nation, la firma que vestía a Hosszú. Aquella era una parafernalia pseudomilitar formada por viseras, botellas de cristal, foulards y bolsas de lona. Había, aun, cómics.

Katinka Hosszú

La mejor bañista húngara de la historia aparecía en los cómics; era Iron Lady, la sensual heroína que salvaba a alguien, quién sabe de qué

Hosszú era Iron Lady. La dama de hierro. La sensual heroína que salvaba a alguien, quién sabe de qué.
En ocasiones, Shane Tusup la acompañaba en aquellas andaduras. Teníamos a Tusup en versión muñeco, con visera y barba. Un Clic de Playmobil. Tusup era su marido y su adiestrador. Ya no lo es. Ni el marido ni el adiestrador.

El Duma Arena se hallaba a un paso de Isla Margarita, la isla balneario en la que había ido a alojarme para cubrir las carreras. Dormía en el Danubius Health Spa Margitsziget. Realmente, aquel era el hotel que había elegido la mayor parte de bañistas del torneo. Entre otros muchos motivos, pues el camino hasta el Duma Arena era cómodo. Diez minutos a pie, cruzando el puente del norte, y listos. Ya estabas en el Duma Arena.

Un corredor trota durante Isla Margarita
(LVG)

Ya antes, hace varios siglos, llegar a la urbe era otra cosa. Isla Margarita vivía al lado de Buda y Pest. Había sido un islote verde aposentado sobre el Danubio, el jardín de reyes, nobles, frailes y princesas que iban de acá allí en sus navíos y también invertían el tiempo libre en apresar conejos. De este modo la llamaban en la edad media: la isla de los conejos.

Asimismo había sido la celda y el sepulcro de la princesa Margarita. ¡Qué mala suerte había tenido aquella pequeña!

Infortunio

La princesa Margarita tuvo mala suerte: su padre, el rey Bela IV derrotó a los mongoles, y entonces debió cumplir su promesa a los dioses: encerrar a su hija en la isla

La princesa Margarita vivió en el siglo XIII. Era la hija del rey Bela IV, un entusiasta cuya fe ciega haría de su cría una desgraciada. Los mongoles asolaban el Este de Europa mientras que Bela IV se confiaba a Dios.
Le prometía:
–Si derrotamos a los mongoles, te ofrezco a mi hija.
La princesa Margarita tuvo mala suerte pues Bela IV derrotó a los mongoles. La pequeña tenía 9 años cuando el padre la encerraba en el convento de San Miguel, el convento de la isla. La princesa Margarita no volvió a salir del sitio. Murió veinte años después, víctima de la tristeza, el tedio y la soledad.
El día de hoy, Isla Margarita es un sitio de ocio. Tiene una playa artificial con vistas al Danubio, fuentes termales, jardines nipones, piscinas públicas, campos de futbol y de tenis e inclusive un estadio de atletismo.

Una imagen del maratón de Budapest, en abril

Una imagen del maratón de Budapest, en el mes de abril
(Balazs Mohai / EFE)

Todos los domingos, el sitio hierve. Hace cierto tiempo, diseñaron una pista de tartán en el perímetro de la isla. El recorrido tiene 2 carriles, 5 quilómetros de distancia y está tabulado. Cada 500 metros te encuentras con una marca: de esta forma sabes qué distancia has alcanzado.
A lo largo de los días de los Mundiales de natación, dispuse allá mi laboratorio de adiestramientos. Madrugaba y salía a trotar. En ocasiones le daba 2 vueltas a la isla, el equivalente a diez quilómetros, y lo hacía a paso alegre, controlando los parciales de tiempo y distancia.
Otras, hacía series. Tiradas de 500 m. O bien de un quilómetro. A todo tren. La pista estaba en buen estado. Era un tartán acolchado y plano, muy afín al de una pista de atletismo.
Si bien había opciones alternativas. Si no deseaba proseguir rebotando en el tartán, podía pasar al asfalto que acompañaba a la línea de la pista. O bien a los caminos de tierra.

El escenario

El perímetro de Isla Margarita ofrece 2 carriles de tartán y un largo de 5 kilómetros: el trote es genial

Una mañana, con las primeras luces del día, trotaba a gran ritmo al lado de las ruinas del convento cuando advertí un estruendos entre la maleza. Era un gemido ahogado, como el sollozo de una pequeña. Me detuve y agucé el oído. El oído bueno, el izquierdo, pues el derecho me falla de origen. Desanduve unos pasos y me aproximé a unos matorrales. Interpretaba que el estruendos venía de allá. Conforme me aproximaba, el sollozo se hacía más perceptible. Se había detenido el alba. Se extendía el silencio, apenas roto por la corriente del Danubio, que proseguía su curso. Ahora no se oía nada, ni tan siquiera el sollozo de la criatura.

Algo atemorizado, asomé la cabeza entre los matorrales mas no pude distinguir nada. Entonces sentí algo a mis espaldas. Una sombra corría en la obscuridad para esconderse unos pasos más allí. Una gota de sudor frío me recorrió la espalda. Ahora aterrado, retomé la marcha. Me puse a correr muy deprisa, sin mirar atrás, distanciándome del convento ruinoso hasta lograr el hotel para ascender a grandes zancadas los escalones que me conducían al cuarto. Cerré con llave y me protegí al lado de la ventana, observando el exterior, la frondosidad que rodeaba el balneario.
Creí distinguir una silueta que se había detenido frente a la explanada primordial, allá abajo, y me contemplaba fijamente. Afilé los ojos para aguzar la vista. Era un conejo. Estuvimos contemplándonos a lo largo de un buen rato, y al final corrí la cortina y me afirmé, para tranquilizarme:
–La princesa desea jugar.

Isla Margarita

2 vueltas a la isla es el equivalente a diez quilómetros

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