Isfahan nesfe Jahan” ( Isfahán, la mitad del mundo ). Con este juego con las palabras los isfahaníes glosan la belleza de su urbe desde tiempos del sha Abás (1588-1629), indudablemente, el primordial autor de una de las ciudades más cautivadoras del planeta. Alén de la evidente exageración del proverbio persa, la verdad es que merodear por Isfahán y contemplar sus joyas arquitectónicas ya vale por si acaso mismo el viaje a Irán. Y más específicamente, la plaza del Imán ubicada en el centro de la urbe con sus primordiales monumentos encastados como piedras bellas de forma prácticamente simétrica en todos y cada lado de este enorme espacio cuadrangular (160×500 m), solo superado en sus dimensiones por la plaza de Tiananmen, en la ciudad de Pekín.

Declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1979, la plaza consiste en una fila continua y uniforme de galerías porticadas de 2 pisos que cobijan guardes, oficinas y comercios, solo interrumpidas por alguna calle que desemboca en exactamente la misma y por las 4 gemas que la decoran: la mezquita del Imán, al sur; la mezquita del jeque Lotfollah, al este; el palacio de Ali Qapu, al oeste, y la puerta de Qeysarie, que da acceso al gran bazar, ubicado al norte.
En el centro, jardines, fuentes y estanques que reflejan los diferentes monumentos embellecen el conjunto al unísono que equilibran sus enormes dimensiones haciendo que el sitio sea idóneo para caminar, reunirse, reposar y contemplar. En los calurosos días de verano, cuando cae la tarde, la plaza se llena de gente, locales y turistas atraídos por este oasis de paz y color que contrasta con el duro ambiente semidesértico de la urbe. El crepúsculo es las mejor hora para recrearse con el juego de brillos y colores de los azulejos de las bóvedas de los templos que van mudando conforme el sol se marcha escondiendo.

El crepúsculo es la mejor hora para recrearse con el juego de colores de los azulejos de las bóvedas

La plaza, tal y como la conocemos en nuestros días, fue pensada para dar gloria al reinado del sha Abás el Grande, el más ilustre emperador de la dinastía safávida, quien heredó el trono de su padre tras recluirle y deponerle aduciendo el consecutivo debilitamiento del imperio. El nuevo rey no escatimó sacrificios para estabilizar las fronteras, dotarse de un ejército permanente y trasladar la capital de la nórdica Qazvin a la más persa Isfahán en 1592. La urbe, que había vivido una primera temporada dorada medio milenio ya antes con Avicena escribiendo en sus murallas su insigne Cánon de Medicina, volvió a despegar y las artes florecieron nuevamente. Se edificaron numerosas mezquitas, madrasas (escuelas coránicas), palacios, jardines y abundantes puentes que cruzan el río Zayandeh, sobre la que se levantó. Exactamente 4 de estos bellos puentes que aún se preservan forman otra atracción inevitable. El Si-o bien-se Pol (puente de los 33 arcos) cruza el río, que no siempre y en todo momento lleva agua, como continuación de la avenida primordial de la urbe y está construido a 2 niveles. Si históricamente era la manera de entrar en la urbe desde el sur ahora es un punto de encuentro de familias, amigos y amantes, donde se habla, se cuentan cuentos y se canta bajo una sutil iluminación que nos lleva a Las mil y una noches.

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