Alberto (nombre falso) tenía 14 años cuando entró en el centro de medidas judiciales El Lauro. Le mandó allá un juez, tras una demanda de su madre, a la que había maltratado. Arrastraba un historial familiar muy complicado. Mas era un pequeño. Solamente que un pequeño. Allá recibió atención profesional: sicólogos, trabajadores sociales, educadores … aprendió a comprenderse y a relacionarse. Ahora, con 16, vuelve a vivir en familia. Estudia; desea ser sicólogo y asistir a otros. Y lo tiene claro: «Lo de liarla y tratar mal a mi madre, no lo vuelvo a repetir».

Que los hijos maltraten y hasta agredan a sus progenitores es una de esas realidades que rechinan. Algo falla, es evidente. Con lo que cuentan los especialistas, son muchas cosas al unísono las que no marchan en estos casos: tienen inconvenientes en los estudios, de estabilidad familiar, y en demasiadas ocasiones, se crían en situaciones de maltrato y violencia física, padecen abusos sexuales –mayoritariamente los chicos–, se autolesionan, tienen antecedentes de enfermedad siquiátrica en la familia y consumen drogas.

A lo largo del año 2018, la memoria de la Fiscalía General del Estado apuntó en la capital de España cuatro.833 casos relacionados con la violencia filio-parental. De ellos, un 10 por ciento en la capital de España eran menores de 14 años. Remontándose a años atrás, el «salto» en las cantidades se da desde 2007: de dos.683 casos se pasó a cinco.201 en 2009: el doble.

«Se les ha hecho daño»
El maltrato de hijos a progenitores es el segundo delito con más incidencia en menores, con 2018 casos en la Agencia para la Reeducación y Reinserción del Menor Infractor (ARRMI) en el año 2018. De ellos, 50 acabaron con medidas judiciales de internamiento. El directivo del centro El Lauro, Juan Nebreda, recuerda que el del menor maltratador «es un perfil de un pequeño al que se ha hecho mucho daño». Y que se lo autoinfligen: entre otras muchas cosas, «pegan a las mujeres que más quieren».

La tarea del centro es la reeducación de estos menores –un 32 por ciento son chicas, el doble que en el resto de delitos en este colectivo. Y para esto, aparte del trabajo profesional dentro, «es esencial la cooperación de los padres», mas esta ha de ser voluntaria: «Ellos no son juzgados, no los podemos obligar», recuerda.

Alberto y su hermano mellizo coincidieron en un hogar donde se dio la violencia sicológica. El diferente carácter de los 2 hermanos hizo que manifestaran de diferente forma su inconveniente común. La madre asegura que «terminé denunciando a ambos»; al otro le pusieron en libertad observada, y Alberto terminó en El Lauro. «No comprendía a mi madre; me daba la sensación de que lo hacía todo para fastidiarme. Además de esto, estaba triste siempre». El maltrato le llevó a cumplir medidas judiciales en este centro, «y entonces se me cayó el planeta encima», afirmó. Tardó un par de meses en decir una palabra, confiesa la sicóloga, Benita Moya. «Es que iba obligado», justifica .

«Aprendí a estar en peleas todo el día; no sabía de qué manera relacionarme. Asimismo consumía, y se me iba la cabeza»

Mas poquito a poco, comenzó a comprender que lo que se le tendía era un asidero para salir del orificio en el que estaba, con apenas 14 años. «Me sirvió para saber de qué manera relacionarme; ya antes me daban igual las cosas, y ahora estoy más centrado, más tranquilo», reconoce. A su sicóloga se le alumbra la cara cuando explica que ahora Alberto estudia Bachillerato, «por Ciencias, por el hecho de que desea hacerse psicólogo». «Es que eso me efectúa como persona; lo prefiero a estar metido en una oficina».

Su madre, a su lado, acepta la mejora experimentada. Por todos: de denunciar a sus 2 hijos, y ver a uno de ellos recluido, ahora vuelven a vivir los 3 en exactamente el mismo hogar. «Yo le noto bien; está mejor», aprecia. Y justifica el pasado: «Se confundió, estaba muy bloqueado y muy perdido; no era , por el hecho de que de verdad tiene un corazón de oro».

Consumos
El perfil del menor maltratador es el de un muchacho de unos 16 años, con desfase curricular y absentismo escolar, que en un 28 por ciento han sufrido acoso escolar, y cuya conducta «explota» en los primeros cursos de la ESO. La entrada de los chavales en los institutos a los 12 años –al empezar la Secundaria– resulta muchas veces prematura.

Muchos de estos pequeños atacantes consumen tóxicos; a veces, sus efectos se mezclan con los de medicación para tratamientos siquiátricos anteriores –4 de cada 10 los han recibido–; un 18 por ciento son diagnosticados de TADH; el 34 por ciento se autolesionan, un 56 ha sufrido o bien ha sido víctima de violencia en el hogar, y uno de cada diez –en singular los chicos– ha sufrido abusos sexuales. Son, mayoritariamente, españoles, salvo aquellos que proceden de una adopción internacional. En un caso así, se advierten casos donde un inconveniente de alcoholismo fetal ha podido ser el desencadenante de un comportamiento siguiente.

El consejero de Justicia, Interior y Víctimas, Enrique López, alaba la labor de la Agencia de Reinserción, cuyos profesionales dan a estos chavales y a sus familias herramientas para desterrar actitudes violentas» y asisten a los menores a «ganarse el derecho a tener una segunda oportunidad».

Radiografía

571 casos de maltrato de hijos a progenitores han sido atendidos en la capital de España desde 2007. Y 50 en 2019.

86% repetidores y un 28 por ciento han sufrido acoso escolar.

18% bandas Un 18% están en conjuntos organizados violentos.

40% al siquiatra y siete de cada 10 fueron al sicólogo.

34% autolesiones Y un 10% padecen abusos sexuales (sobre todo, chicos).

Fuente: ABC.es

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