Pudo haber sido notario conforme la tradición familiar, mas se decantó por la arquitectura. Además de esto, fue editor y comisario de exposiciones, para terminar siendo un especialista y premiado agente inmobiliario. «Llegué por casualidad –explica– abocado por la crisis de la construcción y de las industrias culturales en las que trabajaba y por una oferta de estas que llegan por un portal de busca de trabajo». Jacobo Armero termina de publicar «Historias de un agente inmobiliario» (Lumen), un libro con mucho humor que define «de autoficción» donde, mediante su experiencia personal revela, no solamente lo bastante difícil que resulta adquirir y vender casas, sino «este no es un negocio de cosas, sino más bien de personas». –¿A este oficio se llega de rebote? –Nadie estudia para ser agente inmobiliario, es una profesión de gente que se ha reciclado, de ahí que la media de edad anda torno a los 50 años. –¿Derrochó su capacitación como arquitecto técnico? –No, lo aprendido siempre y en todo momento lo llevas, quizás sea una sensación de descalabro generacional en la medida en que se formaron muchos técnicos, gente con carreras fabulosas muchas de ellas pagadas con dinero público, que terminan desaprovechadas, mas no tengo ningún lamento. –¿Le fue bastante difícil dar ese paso? –Me costó mucho dejar atrás años de trabajo y dedicación a un oficio y a un negocio que estaba en marcha para transformarse en otra cosa que, supuestamente, tenía menos glamur. –Dice que el planeta del agente inmobiliario es la jungla. –En España no está regulado y esto es algo fundamental que aprovecho para poner encima de la mesa. En otros países hay regulaciones muy estrictas, los agentes precisan titulaciones, unas certificaciones. Las familias españolas asentamos nuestro patrimonio sobre el inmueble, sobre la casa y queda mucho que prosperar en lo que se refiere a la regulación de las agencias. –En cualquier caso es un trabajo muy de calle. –Mucho, de charlar y estar en contacto progresivo con la gente, de habilidades sociales y relaciones humanas. –¿Es simple vender casas? –Vivir de esto no es nada simple, hay que dedicarse y trabajar mucho. –¿Qué artes requiere? –Aunque parezca lo opuesto, no es tanto un negocio de vender casas como de personas, lo que se ha de hacer es darles confianza, atenderlas y también informarlas bien. Lo más bastante difícil y también esencial es solucionar sus necesidades. –¿Elementos indispensables? –Perseverancia, humildad, seguimiento y una buena red de contactos, sobre todo en el distrito. –¿Y un tanto de sicología? –Y de empatía, la compra y venta muy frecuentemente se genera en situaciones límite, fallecimientos, divorcios, nacimientos, herencias… hay que conocer realmente bien las necesidades del usuario, exactamente en qué instante cariñoso o bien sensible está. –¡Huy, las herencias! –Esto genera muchas tensiones y es fundamental la mediación de alguien objetivo. Si logramos poner conforme a los herederos no hay mayor inconveniente, mas en ocasiones hay fuertes discrepancias y inconvenientes que complican la venta. Lo bastante difícil es poner a todos conforme. –¿Qué es más simple, asistir a adquirir o bien a vender? –A vender, de asistir a adquirir hay poquísima tradición en España y, además de esto, hay que andarse con pies de plomo, pueden darte gato por liebre de forma fácil. –¿Tras una compra y venta hay una historia familiar? –Sí, trabajamos en el planeta de las emociones, de las relaciones personales. Los inmuebles son los contenedores de la vida de las personas, la gente deja una etapa atrás en la que quedan sus recuerdos con sus alegrías y tristezas y eso no lo valora el comprador, que solo desea el mejor coste. Las casas marcan etapas de nuestra vida, venderlas quiere decir que cerramos un periodo vital y también comenzamos otro. –¿Conoce mejor al humano desde el momento en que está en esto? –Sí, por el hecho de que he conocido a mucha gente y de muchos tipos, de diferentes clases sociales, de distritos diferentes, de muchos lugares y en condiciones exigentes de cambio. Es bien interesante por el hecho de que terminas teniendo un retrato de la sociedad de España. –¿la capital española es una urbe bonita o bien hay «feísmo»? –Para mí es una urbe fantástica, mas desde el punto de vista urbanístico es parcialmente poco afortunada, hay cierto «feísmo» en conforme qué zonas, es desorganizada, no se cuida el moblaje urbano…Pero eso le da una parte de su personalidad y le ayuda a ser una urbe afable. –¿Qué es lo más ameno que le ha pasado vendiendo? –Ocurren muchas anécdotas. En ocasiones cuando enseño un piso me afirman que tiene los techos bajísimos, mas no es por él, es que soy un tanto grande. Con uno que no se vendía probamos que lo enseñara mi madre, que es baja, y lo vendió a la primera.

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