A finales de los abriles noventa la ciudad de Nueva York parecía un zona valentísimo para enamorarse. De las bocas de medida, de los parques, del arte, de la vida o de la compañera de mesa tímida y creativa de la clase de ilustración. El por entonces desconocido David Horvath se implicó con ganas en la última opción y a establecer por los acontecimientos –personales y profesionales– posteriores, puede decirse que no se equivocó de arnés. La ilustradora coreana Sun-Min Kim conoció a David en la escuela privada de arte y diseño Parsons, cantera de talentos renombrados como Tom Ford, JasperJohns o Marc Jacobs y reconocida a nivel mundial. Perdidos entre plumas estilográficas, pinceles y montañas de papel y sumergidos en la agitación cosmopolita de la Gran Manzana, no tardaron demasiado en darse cuenta de que uno y otro compartían una visión análoga del mundo cuya esencia residía en la creencia de que los juguetes eran el método más eficaz de contar una historia y que la diferencia era un concepto que merecía ser abrazado. Cuando en 2001 la visa de estudiante de Kim expiró obligándola a regresar a su Corea procedente, la distancia, remotamente de convertirse en un problema, se transformó en la forma menos drástica y más artística de echarse de menos. Empezaron a mandarse cartas para recordarse que no se habían olvidado y entre misiva y misiva Horvath inició la rutinaria manía de firmarlas con el dibujo de un pequeño monstruo trabajador ataviado con un delantal. Unos fanales precipitados, una persona egregio, unos dientes triangulares y una lista recta en forma de boca fueron las llaves que bastaron a Wage –cuya traducción remite a «salario»– para rasgar todas las puertas de un éxito inesperado. La materialización de esa simpática costumbre caldo de la mano de Kim, quien para corresponder las rúbricas del indiano decidió coser el dibujo en una muñeca de fieltro y enviársela. «Cuando lo recibí estaba tan emocionado que quería llamarla. Pero era de perplejidad en Corea. En zona de eso, corrí a pasarse a mi amigo Eric Nakamura, que en ese momento acababa de rasgar la tienda Giant Androide en Sawtelle, al oeste de Los Ángeles. Él me dijo examinando la muñeca: “Está proporcionadamente, voy a hacer 20”», confesaba hace unos abriles David Horvath para un medio de Los Ángeles. Los personajes que flotaban en la persona de uno y otro fueron haciéndose más numerosos y la producción de todos ellos se multiplicó de forma obligatorio hasta el punto de que esos 20 muñecos iniciales que se agotaron en un día pasaron a ser 1.500 solo durante el primer año gracias a la imaginación desmedida de David y a la pericia y el trabajo extremo de unos dedos, los de Kim, que estaban empezando a cambiar de color. El valencia de la diferencia Han pasado casi vigésimo abriles desde que la pareja de creadores comenzara a traicionar una lista de extrañas criaturas de peluche con dientes de atractivo que se alejaba de las figuras estereotipadas que siempre han regido la industria de niño. Gracias a la intención explícita de trasladar unos títulos en defensa de lo raro, lo feo, lo no normativo, en definitiva, lo extraño, el conocido como «Uglyverse» («Feolandia») ha conseguido cautivar a millones de personas de todo el mundo gracias al aspecto y a las aventuras de unos peculiares integrantes, los «UglyDolls», que ahora se trasladan por primera vez a la gran pantalla bajo la tutela del director de cine de animación estadounidense Kelly Asbury, cuya trayectoria en el dominio de lo digital avalan cintas como «Shrek 2» o «Los pitufos: La lugar escondida». «UglyDolls: Extraordinariamente feos» es una cinta musical de animación en la que los prejuicios estéticos de la sociedad se trasladan a una enigmática ciudad mágica señal «Ugly Ville», en donde el tiempo parece detenerse cada día en el mismo punto, sin sobresaltos aparentes que le concedan a su existencia poco de emoción y cuya alcaldía preside un conejo verde y tuerto llamado Ox. Universo de rarezas Los habitantes de este remoto rincón inventado poseen una peculiaridad popular que les hace únicos: no son perfectos. Ni siquiera lo pretenden. Moxy, una robusto muñeca de peluche rosada e imperfecta de cándidos fanales está convencida de que algún día conseguirá su propósito: ser lo suficientemente buena como para que un irreflexivo la quiera. Movida por una impulsiva e imperiosa aprieto de cambio, decide emprender una trepidante aventura de mano de sus amigos de trapo en búsqueda de una ciudad en la que a diferencia de la suya, todo resulta ser meticulosamente valentísimo pero que actúa como trampolín para conseguir entrar a los hogares de los niños. Cercano con Ugly Dog (un perro desconcertantemente bizarro doblado por el cantante Pitbull), Babo (que en japonés significa idiota y alude de forma acertada al carácter del personaje), Lucky Bat (un entrañable y temeroso sanguijuela) y Wage (la mejor amiga de Moxy y el muñeco primigenio del «Uglyverse»), Moxi se adentra en un camino cerca de su delicia teniendo que enfrentarse a las malas intenciones de la figura de Lou, un perverso nativo del mundo valentísimo que intentará por todos los medios impedir que los «Uglydolls» sean iguales que el resto. El doblaje en castellano de la película ha contado con la décimo de famosos cantantes que aseguran acaecer disfrutado enormemente con la experiencia. «Creo que la belleza consiste en sentirse seguro con uno mismo, en sentirse auténtico», dice Blas Cantó, ex vocalista del comunidad Auryn y voz de Lou en la cinta. Por su parte, la concursante de la pasada impresión de «OT» Nerea Rodríguez, pone voz a la resuelta Moxi, con quien comparte algunos aspectos: «En el colegio lo pasé un poco mal porque los niños tendían a no tratarme proporcionadamente, pero siempre he sido muy esforzado y siempre he tenido muy claro quien soy. La verdad es que no me he dejado influir nunca por lo que los demás pudieran pensar de mí». El mensaje prometedor y la aprieto de poner en valencia la idea de que la imperfección debe convertirse en la regla y no en la excepción, termina empapando la longevo parte de las secuencias de un filme que simplemente intenta, en palabras de la propia Chenoa, quien pone voz al personaje secundario de Mandy (nativo del país valentísimo), que «lo feo pueda ser atún».

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