A él se le atribuye la conocida oración de «la derechita cobarde», en referencia al Partido Popular. Afirman que ha heredado de su padre, Carlos Espinosa de los Monteros –IV Marqués de Valtierra, título creado por el Rey Alfonso XIII– su carácter soberbio, orgulloso, distante y en ocasiones seco. «Era un borde», afirman viejos compañeros de Icade dónde cursó sus estudios de Económicas y Empresariales, bajo la batuta de los jesuitas. La verdad es que ahora, Iván, es un «halcón» de la política y ha tomado el mando absoluto de Vox. Los miembros del Congreso de los Diputados de su conjunto parlamentario le temen y los miembros de la dirección de Vox murmuran en silencio sus maniobras. «Ha eclipsado a Santi», asevera uno de los intelectuales que estuvo en los alrededores del partido derechista, con relación al actual papel a la sombra de su creador, Santiago Abascal. Absolutamente nadie sabe si por dejación del propio Abascal, o bien por el látigo fustigador de Espinosa de los Monteros, todos coinciden en llamarle «Iván el terrible». Un poderoso jefe que, como el zar de todas y cada una de las Rusias, no deja títere con cabeza a quien se le ponga por delante. Hijo de una familia aristocrática y acomodada, Iván Espinosa de los Monteros fue siempre y en todo momento un ojo derecho de sus padres: Carlos, empresario vip por antonomasia, consejero de grandes empresas del IBEX y comisario de la Marca España, le introdujo en los círculos económicos. Su madre, María Eugenia de Simón, en los campos del arte, especialmente la pintura. Mas fue su padre quien forjó sus coaliciones políticas y personales por medio de la Fundación Denaes y colectivos cubanos en la villa de Madrid. Por la primera, simbólica en la defensa de España, conoció a Santiago Abascal. Y por los segundos, a su esposa, la arquitecto Rocío Monasterio, descendiente de una dinastía de asilados cubanos tras la caída del régimen de Batista. Su activismo contra Fidel Castro fue el comienzo de su carrera política y, conforme ciertos creadores, el germen ideológico del presente partido de Vox. «Se ha hecho con todo», aseguran estas fuentes. Iván ha sido el autor de las ideas políticas del partido y, al lado de su mujer Rocío, la enorme musa en la villa de Madrid, ha dejado en un segundo plano a Santiago Abascal y al propio secretario general, Javier Ortega Smith. «Se los han merendado», aseveran miembros del Congreso de los Diputados madrileños sobre esta pareja de «zares» en toda regla. Abascal dio a Iván un enorme poder mediático al nombrarle portavoz en el Congreso, cargo que ha asumido con gusto. En su despacho de la Cámara Baja figuran sus sellos personales: algún cuadro de su pinacoteca privada, fotografías de Rocío y sus 4 hijos y una Biblia vieja de gran valor histórico. Iván se confiesa padre y esposo amantísimo, heterosexual declarado, católico, taurino, melómano y senderista. La defensa de la familia es su leimotiv y agredir a quienes vulneren sus cimientos, su batalla. Para sus contrincantes es un extremista, una suerte de Atila que asuela con todo lo que le molesta, y en opinión de sus fieles, un hombre caústico, de verbo acerado, «un leal legionario» de los valores morales y la fe. En toda esta crisis de torneo que desangra al centroderecha ha llevado el mando absoluto. Bastante desaparecido Abascal, conforme ciertos por temas familiares, Iván ha dirigido el escándalo de Murcia y lidera el futuro de la villa de Madrid con su señora. Fue quien ordenó el voto en el Parlamento murciano y quien diseña la estrategia contra Ciudadanos, partido al que profesa una profunda inquina. Ciertos líderes de Vox consideran que su objetivo es derogar al Partido Popular, liquidarlo como la vieja UCD y erigirse en líder absoluto de la derecha. «Actúa como un caudillo», lamentan voces críticas en privado, entendidos de que si charlan públicamente van a ser marginados. «Es una pareja de guillotina», advierten creadores de Vox ahora retirados sobre el matrimonio Espinosa-Monasterio. Auguran que su ambición no tiene límites y tampoco comprenden la retirada, sin disculpa aparente, de la ciudad de Santiago Abascal. «Santi llenaba los mítines y ahora semeja un cartujo», agregan estas fuentes. La historia de Vox y Santiago Abascal Conde no puede escribirse sin su vinculación a Euskadi y a una familia con fuerza conminada por ETA. Su padre, Santiago Abascal Escuza, fue un histórico miembro de Coalición Popular en Álava a lo largo de más de treinta años, concejal de Amurrio, dónde su abuelo, don Santi, de qué manera los vecinos le llamaban y a quienes recibía todas y cada una de las tardes, aun a horas intempestivas, desplegó una gran agenda política frente al nacionalismo. Las amenazas de ETA eran incesantes, mas Santi deseó hace carrera política y se inscribió asimismo al Partido Popular, con solo solo dieciocho años. Después trabajó de la mano de Jaime Mayor Oreja y, sobre todo, de sus 2 grandes amigos personales, María San Gil y Carlos Iturgaiz. Tras el Congreso del Partido Popular en Valencia, y muy oponente con la línea oficial de Mariano Rajoy, abandonó el partido y creó Denaes, la Fundación para la Defensa de la Nación De España, al lado de otras víctimas de ETA como José Antonio Ortega Lara, y viejos líderes del Partido Popular en el País Vasco. Fue entonces cuando conoció a Iván y a su mujer Rocío, al lado de un conjunto de intelectuales y ciertos cronistas que diseñaron el partido. Como persona, Iván es un líder trasgresor. A quienes le acusan de ser un radical de extrema derecha, les lanza su biografía de economista liberal. Casado con la hispano-cubana Rocío Monasterio, lleva la bandera de España y algún distintivo religioso en su atuendo personal. «Cuatro hijos a cada quien más maravilloso», afirma el líder de Vox de su familia. Se define como un «cristiano hasta las cachas», y en frente de quienes le tildan de fascista y derechoso les espeta una frase: «Me importa un bledo, mi conducta me avala». Absolutamente nadie hace unos meses, hubiese dado un duro por él, y ahora es el genuino «capo» del partido. «Frente a bandidos, vejaciones ni una», le espetó al líder de Vox en Murcia criticando el «cordón sanitario» que les profesa Ciudadanos, partido al que detesta con sus fuerzas y a quien acusa de la crisis en el centroderecha. «Somos el partido de Ortega Lara y no el de Otegi», insiste. Es un apasionado del senderismo y de las motocicletas, y intenta bañarse en verano en las aguas de Marbella, dónde sostiene muchos amigos. Unos le acusan de producir un partido de extrema-derecha antisistema, una suerte de Podemos en las antípodas, y otros le prosiguen con leal admiración hartos de las vejaciones de Ciudadanos. Para muchos es el «tonto útil» de la izquierda, por último la enorme favorecida de esta crisis. Mas todos coinciden en que, hoy día, es el jefe, el genuino zar de Vox, rocoso frente a las críticas. Como les afirmó a un conjunto de cronistas en el Congreso. «Yo ya vengo llorado de casa».

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