Tarragona nació en un inicio de un viejo asentamiento ibérico, si bien el desembarco del general romano Cornelio Escipión fue lo que transformó este emplazamiento en la base militar más esencial de la Hispania Citerior. Cuando el Imperio romano entró en crisis, asimismo terminó alcanzando a la hermosa urbe. Sin embargo, su legado sigue siendo uno de los mejor preservados del mundo. Y, lejos de ser solo una urbe museo, Tarragona ha sabido integrar pasado y presente de forma simbiótica, lo que ha transformado cada uno de ellos de sus rincones históricos en lugares llenos de vida.

Rompecabezas histórico

Habiendo aterrizado en el Campo de Marte, un bonito y conocido parque donde se festejan multiplicidad de actividades a lo largo del año, y resiguiendo la muralla hasta el llamado portal del Roser, vamos a llegar a la plaza del Pallol. El suelo de piedra natural, las casas bajas y los balcones evocan otras temporadas. Para caminar por esta fantástica urbe es imprescindible llevar un mapa virtual de la antigua Tarraco en nuestra psique. Para facilitarnos ese trabajo, podemos visitar la maqueta de la Tarragona del s. II en la construcción de la Vieja Audiencia.

Allá vamos a poder ver de qué forma era la urbe en su instante de mayor grandeza. Como vamos a ver sobre relieve, el casco viejo se monumentalizó con 3 terrazas escalonadas. En la terraza superior se edificó el templo de Augusto. En la terraza media, la plaza del Foro de discusión Provincial. Y en la terraza más baja, el circo. Entonces sí, ya ubicados, vamos a poder emprender nuestro camino visitando estos 3 puntos cardinales.

Foro de discusión romano de Tarragona.
(Alex Guevara / Getty Images)

Vía romana alternativa

Saliendo de nuevo a la calle y volviendo a cruzar el portal del Roser, hallamos el camino arqueológico (un solo billete bajo el nombre de MHT, que podemos adquirir en la entrada, nos dejará el acceso a los diferentes circuitos históricos). Desde acá, dando un bonito camino paralelo a la muralla romana, caminando entre jardines y estatuas, vamos a poder ver la torre del Arzobispo, la estatua de César Augusto, el monumento de la loba capitolina y la torre de Minerva.
Acabamos el recorrido en el paseo de Sant Antoni, donde está la construcción de la Diputación, y hay un bonito balcón con vistas a la urbe del que nace una bella estructura con arcos y bancos de piedra. Dando la espalda al mar entramos por el portal, engarzado en la muralla, al casco viejo (conocido por los lugareños como “parte alta”), y todo a nuestro alrededor cambia; las calles angostas y empedradas nos sorprenden, dividiéndose en abundantes laberintos.

Muralla de la Tarraco romana

Muralla de la Tarraco romana
(Nigel Marsh / Getty Images)

En busca del templo

Callejeando llegamos a la plaza del Fòrum. Salimos a la calle Merceria y paseamos por los bellos soportales góticos que cobijaban la zona comercial de la edad media, y pronto nos hallamos con las empinadas escalinatas que conducen al Pla de la Seu. Vamos ascendiendo hasta llegar a la enorme portalada y el gran rosetón de uno de las construcciones más esenciales de la urbe. Y ahí, levantando nuestra mirada, nos quedamos sin aliento al ver la catedral, una maravilla inconclusa construida entre el siglo XII y el XIV en el punto más alto de la urbe. Con base románica y acabados góticos, fue edificada en un emplazamiento lleno de historia. En este sitio hubo una mezquita del siglo X, una basílica cristiana de temporada visigótica y asimismo el templo dedicado a Augusto. Entre sus principales elementos se hallan su espléndido claustro y el Museo Diocesano. Ya antes de desamparar el sitio sería interesante rodear la catedral y admirar las preciosas callejuelas a su alrededor.

Catedral de Tarragona

Catedral de Tarragona
(curtoicurto / Getty Images/iStockphoto)

Una urbe subterránea

Tras visitar la catedral, bajando por la calle Major, nos adentramos de nuevo por los callejones del casco viejo hasta llegar a la plaza del Rei. La plaza cobija el Museo Nacional Arqueológico y 2 iglesias, la de Natzaret y la de la Trinitat. En el museo se pueden hallar múltiples curiosidades: el busto de Marco Aurelio, cuadros de la muralla romana, los mosaicos de los Peces y la Medusa, etc. La mayor parte de los restos arqueológicos y piezas encontrados en los últimos 200 años, tanto en la urbe como en sus aledaños, se hallan allá.
La plaza de aspecto cuadrado y extenso está encabezada por el Pretorio. Esta espléndida torre, de visita obligada, disfruta de una segunda maqueta que nos descubre la urbe medieval, y ofrece, desde lo más alto, una de las mejores vistas de la ciudad. Además de esto, da acceso a la cabecera oriental del circo y a los 90 metros de cúpulas que mantenían sus gradas. Con una capacidad de 30.000 espectadores y con una vida útil de prácticamente trescientos años, se considera uno de los circos de carreras de caballos y carros mejor preservados de Occidente.

La torre del Pretorio de Tarragona por la noche

La torre del Pretorio de Tarragona de noche
(JackF / Getty Images/iStockphoto)

Ocio en la tercera terraza

Bajando desde la plaza del Rei por la calle Santa Ana, nos desviamos cara nuestra derecha hasta llegar a la plaza de la Font. Esta plaza rectangular de grandes dimensiones es el centro de la parte alta, y ocupa un cuarto de la arena del viejo circo romano. Como curiosidad, si miramos atentamente, vamos a poder ver que sus edificios guardan una equidistancia que se corresponde con los antiguos arcos del circo. Cabe decir que su urbanización fue fruto de una lenta ocupación; por esta razón hallamos una exquisita diversidad en las soluciones ornamentales de las testeras. Encabezada por el Ayuntamiento de la urbe, con una espectacular testera neoclásica, está rebosante de terrazas y buen entorno.
Para los que decidan hacer un alto en el camino para comer, este es el sitio perfecto. Hay un restaurante, entre muchos, llamado Txantxangorri que ofrece comida tradicional, vasca y mediterránea, con productos frescos de la zona. Verdaderamente, tiene unas tapas inusuales que van a ser el deleite de los paladares más exigentes.

Plaza de la Font, con el Ayuntamiento al fondo

Plaza de la Font, con el Municipio en el fondo
(nito100 / Getty Images)

La arena de los campeones

Dar la vuelta a un rincón y encontrarse de pronto con los restos de este fantástico edificio hace de esta visita una experiencia. Es una de las estampas más preciosas de la urbe. Construido en las afueras de la vieja Tarraco, el anfiteatro llegó a tener una estructura capaz de cobijar a unas catorce mil personas para presenciar los combates entre gladiadores, las luchas contra fieras y las ejecuciones públicas. Meditar que pisamos exactamente la misma arena de hace siglos logra que se nos ponga la piel de gallina. Al salir, merece la pena relajarse en los jardines del Miracle, un enorme espacio verde que destaca la belleza del edificio y que, para nuestro disfrute, recrea un genuino jardín romano lleno de plantas autóctonas del Mediterráneo.
Reiniciamos de nuevo nuestro recorrido por el paseo de las Palmeras, el que nos lleva de manera directa al balcón del Mediterráneo. Desde este mirador, a unos 40 metros sobre el nivel del mar y con una visión privilegiada del Mare Nostrum, conseguiremos una panorámica magnífica del anfiteatro, de la playa del Miracle y asimismo del puerto. Este es un sitio muy querido por los tarraconenses, y todos los que pasean por acá tocarán el hierro de la barandilla, mientras que los rayos del sol dibujan nuestro perfil en el suelo (diríase que trae suerte tocar ese hierro). Sería inexcusable visitar Tarragona y no asomarse a esta característica barandilla para gozar del azul intenso y refulgente del mar. Es el instante de parar y apreciar la brisa del mar en cada uno de ellos de los poros de la piel.

Detalle del anfiteatro de Tarragona

Detalle del anfiteatro de Tarragona
(cwrgutierrez / Getty Images/iStockphoto)

Nunca hay que decir adiós

Tarragona es una fuente inacabable de lugares que visitar y sitios donde ir. El anfiteatro y el balcón del Mediterráneo cierran nuestra visita a la Tarraco romana, mas abren la puerta a una nueva ciudad más moderna y comercial. Dejando atrás el balcón y paseando debajo de los árboles, podríamos proseguir nuestra visita por la que el día de hoy es la auténtica arteria de la urbe, la Rambla Nova, gozando por el camino de un extenso abanico de tiendas y servicios. O bien podríamos ir a alguna de sus playas, otro de los grandes atractivos de esta urbe. Estas se identifican por una arena finísima y dorada que ha dado nombre a costa suya. O bien, si quisiéramos una experiencia considerablemente más marinera, asimismo podríamos ir a caminar por el Serrallo, el distrito de los pescadores.
Jamás veríamos el instante de marcharnos…, mas todos y cada uno de los viajes, como este escrito, deben tener un final. Así es como nos despedimos de esta urbe tan querida, romana, comercial y multifacética, agradeciendo todos y cada uno de los fantásticos recuerdos que nos ha dado, y aguardando poder retornar pronto a fin de que nos regale un día o bien una experiencia más, mas, eso sí, siempre y en toda circunstancia con un murmullo de risas, bajo un sol intenso y cerca del mar.

Playa del Miracle

Playa del Miracle
(nito100 / Getty Images)

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