«En el teatro, con cuatrocientos espectadores eres un héroe»


Para Imanol Arias, hay vida más allá de San Genaro. El actor, que tras una larga etapa lejos de los escenarios, ha retomado su idilio con el teatro, cambia estos días el barrio donde vive su alter ego, Antonio Alcántara, para viajar al Nueva York en el que Arthur Miller creó a Willy Loman, el protagonista de ‘Muerte de un viajante’, uno de los grandes textos del teatro del siglo XX. La adaptación la firma Natalio Grueso, y el espectáculo lo dirige Rubén Szuchmacher. Completan el reparto Jon Arias -el hijo del actor-, Jorge Basanta, Fran Calvo, Cristina de Inza, Virginia Flores y Carlos Serrano-Clark.

 se le ha aparecido.

El otro día, alguien muy cercano a mí desde hace muchos años me dijo: «¡Por fin vas a interpretar a Willy Loman!» Me sorprendí y me recordó que siendo muy joven ya le hablé de ‘Muerte de un viajante’ porque la había visto por televisión. Años más tarde también le hablé a alguien de esta obra y me hizo una foto y un cuadro pequeñito, que tengo en casa; un Willy Loman de 40 años. Pero la necesidad de hacer la obra me ha llegado recientemente. Como actor, no siento la responsabilidad de un médico, no operamos a corazón abierto, y nuestras decisiones no son tan valientes como necesarias… Yo estoy cerca de la edad de jubilación; no quiero jubilarme, pero voy a aprovechar para trabajar menos y vivir de otra manera, para hacer cosas en las que yo no saque otro rédito que el personal. Voy a estar en el teatro. Y haré funciones donde lo importante sea la pieza. Y ‘Muerte de un viajante’ es una gran pieza, que exige un gran nivel interpretativo, que me mantiene en forma. Me ha costado; nunca me ha costado tanto una obra de teatro. Hemos tenido que retrasar, me han tenido que decir que durmiera y descansara. La obra me avisó, me dijo que no me atragantara. Mi necesidad ahora es el teatro.

Y con obras como ‘Muerte de un viajante’ merece la pena subirse a un escenario.

Además hay una tendencia que hace posible llevarla a escena. Antes estas obras eran costosas de ver porque se planteaban montajes caros, repartos muy grandes, y solo podían hacerlas los teatros nacionales. El nuevo teatro desmiembra y desnaturaliza los espacios, y le da a la palabra y la acción tanta importancia como al decorado de cartón; la nueva iluminación crea espacios dramáticos… Todo eso hace que en un pequeño teatro del centro de Madrid se represente una versión completa de ‘Muerte de un viajante’. Lo que prevalece es lo que debería prevalecer. Los que escribís os peleáis con cada palabra. Y supongo que los grandes escritores no se pelean; sueñan, malviven con cada palabra que se les entrecruza. Y cuando alguien llega tan alto con estas miles de palabras juntas como hace Miller, todo se concentra en ellas. El teatro, además, tiene algo maravilloso: con cuatrocientos espectadores eres un héroe. No tienes que difamar ni desalmarte. Solo son cuatrocientas almas al día en una ciudad de cinco millones.

Y su respuesta es inmediata…

¡Totalmente! En otros medios tienes que esperar, incluso calcular la respuesta, porque es muy masiva. Hay que valorar muchas cosas. En el teatro puedo reconocer que me ha costado mucho llegar a este personaje, que lo he pasado mal… A día de hoy, yo no estrenaría bien, me quedan tres días más.

¿Willy Loman es como se lo había imaginado?

Es peor. En la primera lectura confraternizas con él, te da un poco de lástima, porque es un mentiroso brillante. Cuando empiezas a respirarlo… Hay una disciplina con Loman que me ha sorprendido; no puedes contarlo, tienes que hablarlo exactamente con lo que dice, la traducción tiene que ser exacta, aunque resulte curiosa y haya errores en, por ejemplo, el manejo de los tiempos. ‘Iba conduciendo y de repente estoy soñando’. Transitando el texto es como descubres toda la mecánica de la trampa. Cómo se humilla sin decirlo, cómo sigue presionando a sus hijos, cómo no reconoce la realidad; y, cuando la reconoce, es de una clarividencia tal que muestra lo mentiroso que es. Eso le convierte no en un personaje trágico, sino en un antihéroe, a la altura de Galileo Galilei, de Madre Coraje… de estos empecinados que pueden causar mucho dolor, pero que llevan un dolor dentro de sí.

Pero miente para ser feliz…

En los cambios de época, el pasado no termina de marcharse y el futuro no termina de llegar; es la época de los monstruos. La obra está situada en ese momento, que curiosamente se repite cada cierto tiempo. Ahora estamos en este impasse. Y esta falta de escenario conocido hace que caiga en la mayor trampa. También pasa ahora. Es una obra muy moderna en la necesidad de tener una imagen; no importa lo que digas ni lo que hagas, importa a quién conoces… Los contactos. El mayor negocio del mundo, ahora, es tener contactos. Y busca la aprobación, busca los likes. Él no tiene filtros para poder cambiarse los labios como hacen los chicos ahora, pero si los tuviera los emplearía.

¿Es un perdedor o un superviviente?

Un perdedor. Sobrevive porque es muy empecinado y porque es un antihéroe. Casi, casi, siente a cada paso cómo va clavando sus alfileres en sus hijos, a los que va creando un futuro devastador; su propio futuro. Pero tiene algo de generoso; toda la vida pensando que era él quién importaba y ahora resulta que lo que importa es que él no esté. Uno llega a valer más muerto que vivo.


Fuente: ABC.es .

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