Que las agencias de rating califiquen de «bono basura» los títulos de Telecom Italia no impidió al operador producir este año 1.000 millones de euros a un género de interés inferior al costo medio de su deuda. El fabricante británico Aston Martin, de cuyos bonos cuelga una «CCC+» que implica peligro de impago, captó 170 millones. Decenas y decenas de compañías están emitiendo deuda de alto peligro con sobredemanda y rentabilidades a la baja al calor de la política monetaria del Banco Central Europeo (BCE). Conforme datos de la plataforma de mercados Dealogic, en lo que va de 2019 se han puesto en Europa bonos corporativos con alta rentabilidad por ser de empresas con bajo «rating» por 73.050 millones de euros.

El exceso de liquidez introducido por el BCE en el sistema con su política de géneros de interés negativos y compras masivas de activos ha hecho que la rentabilidad de la deuda soberana de países soluciones como Alemania y España haya caído a mínimos históricos, situándose en tasas próximas a cero e inclusive negativas. Esto es, ciertos inversores deben abonar por adquirir letras del Erario público. Los bonos de las compañías con mejor calificación crediticia asimismo han dejado de ofrecer retornos atractivos.

Más de una tercera parte de la deuda europea con grado de inversión tiene un desempeño negativo. Esto ha forzado a los inversores a tener que aceptar más peligros para conseguir rendimientos más elevados, invirtiendo para esto en títulos más especulativos como la deuda corporativa calificada como «bono basura». Desde el principio de la restauración económica en 2013, las colocaciones de esta clase de deuda empresarial solo en la Unión Europea superan los 50.000 millones de euros por año.

Política monetaria
Pese al bajo nivel de «rating», muchos de esos bonos se ponen garantizando a los inversores rentabilidades anormalmente bajas. De esta forma lo comprueba Estándar & Poor’s: las firmas que emiten bonos de alto peligro cierran esas subastas de deuda con rendimientos bajos récord merced a la resolución del BCE de regresar a introducir estímulos monetarios. Por servirnos de un ejemplo, el cinco% de los bonos de esta clase se han emitido con un retorno inferior al 1%, y el 47% a géneros de entre el 1% y el tres%.

La bola de deuda corporativa generada es tal que ha hecho saltar las alarmas en los primordiales organismos internacionales. La pasada primavera la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos ya advirtió de que la deuda emitida por empresa en el mundo entero había alcanzado en 2018 los 11,7 billones de euros, cifra récord, y que entre 2008 y 2018 el volumen de nuevas emisiones de bonos corporativos se ubico en una media de uno con cinco billones por año, el doble que ya antes de la crisis.

Frente a la incesante prolongación del escenario de tipos bajos han empezado a surgir las voces que alertan de los efectos perjudiciales del exceso de liquidez. Esa bola de deuda prosigue engordando y amenaza con colapsar si el desarrollo deja de darle impulso. «Cada vez son más los críticos que apuntan que esta situación lleva a una zombificación del ambiente empresarial, singularmente en el área euro. Esto se genera por el hecho de que existen empresas que subsisten consecuencia de una política monetaria muy acomodadiza y que en un ambiente diferente seguramente desaparecerían. De forma adicional, asimismo influye un contexto de rentabilidad reducida de la banca, en el cuál las entidades prefieren prolongar plazos en compañías que tienen contrariedades para refinanciar sus pasivos, en frente de brotar las pérdidas», desvela un reciente informe de Afi. La quiebra de Thomas Cook es un caso.

Las autoridades, alarma
La enorme preocupación entre las autoridades macroprudenciales es que la desaceleración económica se agrave y derive en impagos a los acreedores de toda esa deuda, lo que amenzaría la estabilidad financiera. El pasado octubre, el FMI (Fondo Monetario Internacional) puso cifras a este riesgo: en el caso de un frenazo económico solo la mitad de intenso que el sufrido a lo largo de la crisis de 2008, la deuda empresarial bajo riesgo de impago aumentaría a 17 billones de euros, prácticamente el 40% de la deuda corporativa de las primordiales economías y un porcentaje superior al registrado a lo largo de la crisis.

«Solo en Europa se calcula que la deuda corporativa de alto peligro supera los 400.000 millones de euros. Eso supone que el peligro de impago se eleva a 160.000 millones. En el caso de España, el volumen de emisiones que se puede ver perjudicado por impagos es de algo más de seis.000 millones», aseveró el asociado de Zurbarán Abogados Ángel Zamora en unas jornadas sobre deuda de alto peligro festejadas últimamente en el campus del IESE en la villa de Madrid.

Esta situación no ha pasado inadvertida para la Autoridad Europea de Mercados y Valores (ESMA), que en su último panel de peligros apunta de qué forma la emisión de nuevos bonos corporativos se concentra en los segmentos de menor calificación crediticia. Y alarma aun del elevado porcentaje de deuda con grado de inversión mas al filo del «bono basura» y el peligro creciente de que esos títulos padezcan recortes de «rating». En verdad, la Asociación para los Mercados Financieros en Europa (AFME) especifica en su último informe trimestral sobre deuda de alto peligro que, conforme S&P, el número de recortes de «rating» en Europa en el tercer trimestre del año ha sido de 38 casos, por encima ya de las subidas (16).

En esa línea, el Banco de España refleja en su última Central Trimestral de Cómputos que las compañías españolas con rentabilidad negativa aumentaron en 2019, hecho que no sucedía desde 2012, lo que ha contribuido, conforme el supervisor, a un aumento en el porcentaje de empresas frágiles, asimismo conocidas como empresas zombies o bien aquellas cuyos resultados no cubren los intereses de su deuda. «En este contexto, un ejercicio teorético revela que la proporción de empresas frágiles se elevaría de manera significativa frente a un hipotético deterioro del escenario macrofinanciero (caída de beneficios o bien subida de géneros de interés)», informa el organismo.

«La política monetaria acomodadiza en presencia de un ámbito financiero enclenque crea zombis y desinflación. Al eludir la entrada de empresas más eficaces que pueden sustituir a los zombis, esta clase de acomodación asimismo reduce la productividad de la economía, lo que asimismo derrota su objetivo secundario ( y probablemente asimismo obligatorio) de respaldar el crecimiento», explicaba en un reciente artículo el economista Viral Acharya, directivo del directivo del programa de economía financiera del Centro de Investigación en Economía y Política (CEPR).

Las consecuencias de este fenómeno empujan a la economía en una activa malvada y bastante difícil de romper. Pues las mayores comodidades financieras no repercuten en que estas compañías mejoren su situación y, no obstante, sí que tiene un costo de ocasión para el conjunto de la economía por el hecho de que quita cuota de mercado a empresas más sólidas y eficaces y complica la entrada de nuevos contendientes, lo que oprime la productividad.

¿Burbuja?
«El BCE ha querido que los bancos aumentaran el flujo del crédito a las compañías y ha penalizado a los bancos que no prestaban, esto es en suma el género de interés negativo. El riesgo es que los bancos, para eludir esa penalización, asistan a empresas que tienen peores proyectos o bien que están en situaciones peores. Sin embargo hay que tomar en consideración que ahora los bancos tienen un filtro más potente que en la crisis precedente, la regulación, que es considerablemente más rigurosa en este sentido», asegura el economista Antonio Monero, maestro de la capacitad de Económicas de la Universidad de Navarra. «La consecuencia directa de este exceso de liquidez es que al final se financian proyectos con rentabilidades aguardadas más bajas. Si las clases estuviesen en el cuatro%, financiar proyectos con una rentabilidad aguardada bajo ese nivel carecería de sentido, mas con las clases como están…», explica.

Como fuere, las propias autoridades niegan que haya una burbuja. Una de las razones, conforme explican fuentes financieras, es que en frente de excesos del pasado, la mayor deuda que están amontonando las compañías no es, generalmente, para financiar un desarrollo desaforado. «La situación que vivimos hoy en día es resultado de la guerra de oferta por el hecho de que hay mucha liquidez, mas asimismo se está actuando con más prudencia. Las compañías buscan prolongar los plazos de devolución y bajar el costo de su deuda», asegura Ángel Martín, asociado responsable de asesoramiento en transacciones en Europa, Oriente Medio y África y responsable global de restructuraciones financieras de KPMG. Mas advierte: «El inconveniente puede venir cuando llegue el instante de refinanciar la deuda. El peligro está en que las compañías se relajen y no se preparen. El ambiente ahora cambia muy velozmente, lo que reduce el tiempo de acomodación, y tener mucha deuda en un largo plazo resta capacidad de maniobra».

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