En las primeras sesiones del juicio por el crimen de Gabriel Cruz solo se ha visto tomar algún apunte a 3 miembros del jurado. Una de las miembros del tribunal popular lo comentaba el día de ayer en un receso a una de sus compañeras: “Esto de el día de hoy ha sido todo muy sentimental, mas lo esencial va a ser lo que se cuente desde mañana. Entonces sí que debemos estar bien atentos y tomar notas”.
Y de este modo es. La sesión de el día de ayer en la Audiencia de Almería, segunda del juicio contra Ana Julia Quezada
, estuvo cargada de emociones con la declaración primero de la acusada que insistió en su inocencia y en calificar los hechos de aquel 25 de febrero del año pasado como un desdichado accidente con final trágico que después no supo como administrar. Mas el instante más intenso de la jornada se generó por la tarde, a puerta cerrada por expreso deseo de los padres de Gabriel
.

Duro momento

La madre de Gabriel solicitó que retiraran los biombos para poder ver a la asesina de su hijo

La madre del pequeño Patricia Ramírez fue la primera de los 4 familiares en entrar en la sala a testificar por la tarde. La presidente del tribunal Alejandra Dodero había ordenado dejar los dos biombos que desde los testigos de la mañana aislaban a la acusada de la mirada de los declarantes que fueron desfilando frente al tribunal y que habían pedido no pasar por el mal trago de regresar a ver a Ana Julia.

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Con una camiseta azul con ilustraciones de peces nadando en un intenso mar azul, Patricia accedió a la sala totalmente vacía de público. Se identificó frente a la presidente, prometió decir la verdad y ya antes de comenzar con el interrogatorio pidió a la jueza que retiraran los biombos pues deseaba mirar a la cara a la asesina de su hijo. Isabel, la secretaria del juzgado, retiró las 2 mamparas y el pequeño cuerpo de Patricia se enderezó al paso que se empequeñecía el de la acusada.

Patricia Ramírez se dirigió a Ana Julia

Eres mala, malísima, condenadamente mala”

La madre de Gabriel viró la cabeza cara su derecha. Si hubiese querido, con extender el brazo y exender un tanto el cuerpo hasta la hubiese podido tocar. Miró fijamente a Ana Julia y con los ojos bien abiertos, empequeñecidos estos últimos días de tanto regresar a plañir, le afirmó levantando la voz: “Eres mala, malísima, condenadamente mala”. Después, recobró la postura inicial mirando nuevamente al frente, a la presidente del tribunal, y se dio comienzo a su declaración de cuarenta minutos.

Aquellos fueron unos pocos segundos que helaron a los 9 miembros del tribunal y que pusieron en alarma a los 4 policías nacionales que continúan sentados en la primera fila de los bancos de la sala para solucionar cualquier incidencia. No hizo falta que absolutamente nadie moviese un dedo. Ana Julia Quezada le soportó la mirada a la madre de Gabriel y recobró los lloros, gimoteos y gemidos que despilfarró a lo largo de su declaración.

Ana Julia Quezada declaró entre lloros, gimoteos y gemidos
(Rafael González / EP)

La jornada comenzó a la primera hora de la mañana con el interrogatorio de la acusada que sostuvo la camisa blanca, mas esta vez acompañada de un pantalón gris texano y de una chaqueta azul que se dejó puesta para resguardarse del frío glaciar que se padece en la sala por culpa del aire acondicionado.
La baja temperatura de la estancia no asistió a la acusada que en las 2 horas y media que duró su declaración sostuvo la tesis de su inocencia asegurando que era inútil de comprender qué le pasó aquel 25 de febrero que taponó con una mano la boca de Gabriel para que se callase, a fin de que dejase de insultarla y no para matarle como de este modo ocurrió. A pesar de sus lloros, no consiguió trasmitir pena.

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La mujer se presentó como una luchadora con una vida bastante difícil a sus espaldas que llegó a España con dieciocho años, dejando ya a una hija en la R. Dominicana. En Burgos su hermana Paula la estaba aguardando para meterla a trabajar en un prostíbulo donde solo duró un mes. Después se casó con un camionero con el que tuvo a Judith, consiguió traerse a España a su primera hija que murió a los 3 meses en un accidente y se separó. Conoció a Sergio, se trasladaron a vivir a Las Negras, en el Cabo de Gata, y estando todavía con él la Nochevieja del 2006 conoció a Ángel Cruz. En el mes de septiembre ya vivían juntos.
En los primeros instantes de su intervención Ana Julia contó que Gabriel era un pequeño “muy educado” al que atendía cuando estaba al cuidado de su padre. El día del crimen estaban los 3 en casa de la madre de Ángel, en las Hortichuelas. Un pueblo del Cabo de Gata al que al pequeño le encantaba estar pues allá vivía su prima Mabel con la que estaba unidísimo y veraneaba su amigo Martín al que unía su pasión por los peces.

Entre lloros

Ana Julia Quezada sostuvo que era inocente diciendo que no deseó matar al pequeño

Ángel madrugó aquel día para ir a trabajar y las 2 mujeres se quedaron en la casa cuando Gabriel se fue un rato a jugar a casa de sus primas. Ana Julia y la abuela Carmen se desplazaron aquella mañana a Campohermoso a hacer la adquisición y recogieron a Gabriel. La abuela les cocinó unos macarrones. Al concluir de comer, el pequeño solicitó permiso para regresar con su prima.
Ana Julia narró que tras el pequeño salió de la casa para ir a la residencia de Rodalquilar propiedad de la familia de su pareja, que esos días estaban arreglando para ponerla de alquiler.
Explicó que se halló a “Gabrielillo jugando” en el camino y que el pequeño admitió subirse al turismo para acompañarla a la finca. Entre lágrimas y gimoteos la acusada aseguró que estando ella en una de las habitaciones de la casa entró Gabriel con un hacha en la mano. Que le solicitó que la dejase pues se haría daño y que el pequeño comenzó a chillarla. “Me afirmó fea. Negra. No me mandes más. Vete a tú país. No deseo que estés con mi papá”. Mas no supo explicar, ni la fiscal le preguntó, por qué razón le afectaron tanto aquellas palabras de un pequeño que sin venir a cuento, y sin que hubiese sucedido nada, pudo actuar de aquella forma tan poco frecuente en él. “Quería que se callase. Que dejase de vocearme. Me aproximé, le tapé la boca con una mano. Y cuando la quité ya estaba fallecido. No deseaba matarlo. Solo deseaba que se callara”, afirmó entre gimoteos.

El padre de Gabriel, Ángel Cruz, a su salida de la Audiencia de Almería

El padre de Gabriel, Ángel Cruz, a su salida de la Audiencia de Almería
(Rafael González / EP)

Desde ese instante, Ana Julia no supo salir del bucle de no rememorar precisamente qué más pasó en esa habitación de aquella casa. Ni supo precisar qué hizo con la mano izquierda, mientras que la derecha taponaba la nariz y la boca del pequeño sin darle opción a respirar. No recordaba si Gabriel pataleó, se revolvió o bien trató de pelear para recobrar la respiración. “No me acuerdo”, repitió una y otra vez.
Sí recobró la memoria para explicar que al revisar que el pequeño estaba fallecido fumó un cigarro tras otro, pintó una puerta y puso una lavadora. Después se dirigió a la alberca y con una zapa que, según ella, siempre y en todo momento estuvo en la finca, cavo un hoyo para enterrar al pequeño. Asimismo reconoció el hacha con la que le partió un brazo a fin de que el cuerpo cupiese en el hoyo.

Ana Julia Quezada

Reconoció el hacha con la que le partió un brazo a fin de que cupiese el cuerpo en el hoyo

Recobrando la serenidad tras una nueva tanda de gimoteos, la acusada se reconoció en la pantalla de la T.V. de la sala, en una de las imágenes que le hizo la Guarda Civil cargando en volandas el cuerpo de Gabriel cuando, 12 días después, asistió a la finca a desenterrarlo. Ana Julia Quezada sostuvo el relato que en su instante dio a la Guarda Civil y a la juez de instrucción, tras su detención. Mas el día de ayer aportó 2 novedades poco determinantes para las valoraciones que en su instante deban hacer los miembros del jurado.
La acusada reconoció haber puesto y hacer opinar que había encontrado una de las camisetas que llevaba Gabriel aquel día. Mas no para implicar a su pareja precedente, sino más bien a fin de que sospecharan de ella. En un relato complicado de opinar, Ana Julia aseguró al tribunal que precisaba ser descubierta, que ya no podía aguantar más el secreto que la torturaba por dentro y que muchas de las acciones que hizo los once días que duró la busca estaban dirigidas a que la Guarda Civil sospechara de ella y la detuviesen. Realmente eso tenía poco que ver con lo que los testigos que declararon después fueron contando del comportamiento de Ana Julia aquellos días.

Patricia Ramírez a la llegada a la Audiencia acompañada de su psicólogo, que también declaró como testigo

Patricia Ramírez a la llegada a la Audiencia acompañada de su sicólogo, que asimismo declaró como testigo
(Rafael González / EP)

La pareja precedente a Ángel, Sergio, un vecino de Las Negras, al que Ana Julia trató de implicar en la desaparición malquistando en el círculo familiar y dejando la camiseta del pequeño cerca de su casa, aseguró al tribunal que su exmujer era una “gran mentirosa”.
Y Ana Julia engañó al tribunal. Negó a preguntas de la fiscal haber hablado mal de la madre de Gabriel con un familiar de la R. Dominicana. No sabía la mujer que para entonces sus comunicaciones ya estaban intervenidas.
En lo más mínimo silencio y a solicitud de la fiscal, el jurado escuchó la charla que Ana Julia terminaba de negar. En ella, la mujer le explica con serenidad a su familiar la sofocación que están sufriendo por la ausencia de Gabriel. Han pasado muchos días, le afirma. No le hablaba a un medio, se lo contaba al marido de una de sus hermanas. “No sabemos dónde puede estar. Son ya muchos días. Estamos preocupadísimos. Es un pequeño muy bueno”. Después el hombre le preguntaba por la investigación y Ana Julia le afirmó endureciendo el tono: “La madre es una hija puta, una mala persona. Le debe mucho dinero a la gente y la están investigando”. Tras escucharse a sí, la acusada rompió a plañir con una enorme intensidad. Hasta el momento en que la fiscal le preguntó: “¿Se reconoce?” Y asintiendo con la cabeza contestó: “Sí soy , mas no recuerdo haber dicho eso. Lo siento. Lo siento. Solicito perdón a Ángel, a mi hija, a mi familia”.
El próximo cambio de guion del relato que había hecho hasta ese instante se generó cuando Ana Julia aseguró que desenterró el cadáver del pequeño con la idea de dejarlo en el maletero de su turismo, en el aparcamiento de la casa en la que vivía con Ángel, en Vícar, a fin de que lo encontrasen. “Quería redactar una carta a Ángel y otra a mi hija pidiéndoles perdón. Dejar rebosante comida y agua a mi perra y después tomarme muchos fármacos y echarme en el sofá y aliviar mi conciencia”. Y a voces ahogados en sofocos y lágrimas repitió mirando a la cámara que graba la declaración en la sala: “Perdóname hija mía, perdóname Ángel. Mas fue un accidente”.

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